Domingo III de Adviento: Alegres

«Nuestra alegría ha de permanecer, pues está enraizada en el Señor, que nos quiere y nos ama como a hijos suyos, que nos mira a los ojos y quiere vernos alegres. Sentir la presencia de Dios en la felicidad del día a día no es hoy una costumbre habitual entre los cristianos. Identificar a Dios con un garrote suele ser más habitual que imaginárnoslo con una sonrisa».
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 16 dic 2018

Las luces en las calles y comercios, las tarjetas de felicitación, las compras de regalos o de viandas, las cenas de empresa, los nacimientos más o menos hermosos que se van colocando en las casas nos anuncian que la Navidad está ya a la vuelta de la esquina. Todos parece que nos volvemos más solidarios y tolerantes, y repartimos a discreción deseos de paz y felicidad. El llamado “Espíritu de la Navidad” comienza a impregnar el ambiente. Parece que es el mismo ambiente el que nos obliga a ser felices. Y a partir del día 6 de enero, ¿qué pasa? Una vez que quitamos el envoltorio de luces, turrón, regalos y sonrisas que envuelve nuestro ambiente y el espíritu navideño, se esfuma hasta el próximo año, regresamos inmediatamente a la realidad, a la monotonía, a la prisa, a los cabreos… ¿Dónde quedó la alegría, la paz, la felicidad y los buenos deseos?

La liturgia nos invita hoy como nunca a estar alegres: Estad alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres, hemos leído en la Carta a los Filipenses. Las lecturas de hoy no pueden dejarnos indiferentes. Si lo hacen, deberíamos ir inmediatamente al dermatólogo para que nos recete una pomada contra la piel de elefante. Regocíjate, grita de júbilo, alégrate y gózate Jerusalén. Ni más ni menos que con cuatro imperativos invita el profeta Sofonías a alegrarse a Jerusalén, porque el Señor va a estar en medio de ellos. Fijaos lo que significa en el Antiguo Testamento el hecho de que Dios habite en medio de ellos. Pensemos ahora que Sofonías se dirige a nosotros, que nos pide de esta forma que estemos felices, porque Dios está con nosotros, nos ama, y se complace de estar con nosotros. Supongo que nuestros rostros cambiarían inmediatamente y empezaríamos a saltar y a dar gritos de alegría. ¿Por qué no lo hacemos? La alegría del Adviento y de la Navidad debe ser como la de Jerusalén y ésta debe prolongarse durante todo el año, pues la alegría es la mejor forma de hablar de Dios en las entrañas del mundo. Sin embargo, parece que nos hemos empeñado en mostrar a Dios solamente en las situaciones tristes y hemos puesto bajo sospecha todo lo que suene a gozo, a disfrute, a felicidad.

¿Os acordáis del evangelio de la semana pasada? Bueno, pues ahora estamos en la segunda parte. Después de que Juan Bautista exhortara a la conversión para recibir el bautismo, la gente le pregunta qué tiene que hacer. El Bautista no se anda con chiquitas; la conversión pasa por repartir con los más pobres, con los que no tienen, por ser justos, por no aprovecharnos de los más débiles. En una palabra, en amar al prójimo como a nosotros mismos. Juan lucha contra todo aquello que ofende a Dios, las relaciones humanas vendrán después. Esta es la gran diferencia entre el Bautista y Jesús. Desde esa perspectiva tenemos que entender el final del evangelio de hoy. Juan espera que el bautismo de Jesús purifique, limpie, el pecado.

Después de todo lo dicho, nuestra alegría, la alegría de los cristianos está mucho más allá del envoltorio de ilusiones y buenos deseos de estos días. Nuestra alegría ha de permanecer, pues está enraizada en el Señor, que nos quiere y nos ama como a hijos suyos, que nos mira a los ojos y quiere vernos alegres. Sentir la presencia de Dios en la felicidad del día a día no es hoy una costumbre habitual entre los cristianos. Identificar a Dios con un garrote suele ser más habitual que imaginárnoslo con una sonrisa. El evangelio que alienta nuestros pasos no es un sombrío código de penitencias a cumplir sino un arco iris de buenas noticias que debemos vivir para encontrarnos con Dios y llenarnos de él. A Dios le gusta más el celofán que el pañuelo, prefiere el vino a la tila y las sevillanas a la marcha fúnebre. Es un Dios alegre, que nos llama a no mirar para otro lado e inundar nuestro ambiente de alegría y felicidad, empezando como siempre por los que tenemos más cerca.

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