Cuestión de ir sumando. La nueva llamada de la animación de las vocaciones: “Lo que más cuenta es lo que no se ve…” (6/10)

Los animadores vocacionales son agricultores que preparan el terreno para la siembra, esto es, labran la tierra del corazón humano. Es decir, en una cultura tan diversa y plural en la cual se rompen todos los esquemas de un modelo de sociedad cristiana, la pastoral de animación de la vocación trabaja sobre las “actitudes vocacionales de fondo” que crean las condiciones de posibilidad para la escucha de la llamada divina.
Fabián Martín Gómez pastoral | 13 dic 2018

Las películas en blanco y negro prácticamente están desapareciendo… Para quienes estamos ya acostumbrados al estilo del cine actual, una película a blanco y negro nos resulta arcaica y de la prehistoria; pensemos, por ejemplo, en cualquier película de los años sesenta o setenta. No obstante, de cuando en cuando procuramos ver alguna película de aquellas que están valoradas como un clásico del cine, ya sea porque alguien nos la sugiere o porque la escuchamos citada por alguna razón. Y tengo para mí que sucede algo parecido también con obras de la literatura, la música, el teatro, etc. Siempre hay algo del pasado de lo que, por lo que sea, guardamos en la conciencia colectiva un recuerdo grato o algo digno de mencionar.

Me gustaría citar una obra del ingenio humano que podemos definir como un clásico de la literatura, la cual muchas personas procurar leer en el tiempo actual; me refiero a “El arte de amar” de Erich Fromm. Este psicólogo y sociólogo humanista publicó esta obra sobre el amor en el año 1956. La primera traducción al español apareció en 1959. Actualmente cualquier biblioteca que se precie de tal, custodia en su acervo un ejemplar de esta bella obra. Estamos hablando de un tratado sobre el amor, cuestión central de le vida humana de todos los tiempos y, por lo que parece, también del nuestro.

Erich Fromm plantea que el amor es un arte, así como es un arte el vivir. Y para llegar al dominio de cualquier arte es imprescindible que se adquieran un conjunto de habilidades y técnicas, además de poseer conocimientos y una buena teoría. Para el autor, el amor es un arte particular que requiere cuidado, responsabilidad, respeto y conocimientos. Como analogía pensemos, por ejemplo, en el arte de interpretar la pieza musical para guitarra de “La Alhambra”. Antes de llegar a ese momento sublime del concierto, sepamos que detrás hay, además de un don especial para la música, aprendizajes, disciplina, sacrificios, constancia, tiempos largos de ensayo, desarrollo de habilidades, etc.

Las personas admiramos y disfrutamos el momento especial en el que un modo de manifestación artística, como lo puede ser un concierto de música clásica, estimula gratamente nuestro espíritu y nos hace experimentar algo sublime y maravilloso. Y cuando indagamos en el hecho puntual, caemos pronto en la cuenta del trasfondo del momento: lo que no se ve pero está, y sin lo cual no sería posible lo que contemplamos como un agradable espectáculo: dedicación, esfuerzo, disciplina, tiempo, ensayo tras ensayo...

Pues bien, la pastoral vocacional entiende que la animación de las vocaciones en la Iglesia es también un arte. Ciertamente, es maravilloso acompañar el momento puntual de la celebración de una boda; o asistir a una profesión religiosa en la que una persona hace voto de castidad, pobreza y obediencia para toda la vida; o participar en una ordenación sacerdotal por la que un cristiano se ciñe a la cintura la toalla para servir al Pueblo de Dios. Pero, la pregunta es, ¿y qué hay detrás de este momento? Detrás de todo momento especial hay vida, lucha, sacrificios, dedicación, cuidado, constancia y un amor que ha ido creciendo poco a poco.

La pastoral vocacional es el arte que está, muchas veces, detrás de la belleza y sublimidad de las vocaciones en la Iglesia. Y es un arte porque es una intervención discreta y modesta por parte de los animadores vocacionales por la que se acompañan aspectos necesarios en la búsqueda del sentido y de la propia misión en la vida. Así como Erich Fromm refiere en “El arte de amar” que son necesarios el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento para llegar a vivir el amor verdadero, así también son necesarias algunas actitudes para llegar a descubrir y vivir la propia vocación. San Juan Pablo II las llamó “actitudes vocacionales de fondo”, es decir, aquellas actitudes propias de una vida humana de calidad, que está detrás y hace posible la vocación.

La pastoral de las vocaciones, a través de los animadores vocacionales, se especializa en el arte de escuchar y acompañar a quienes lo desean, y procura que reciban una ayuda y orientación precisas en la búsqueda de su vocación. Al arte de cuidar las actitudes que son necesarias para desencadenar en las personas un planteamiento vocacional fuerte, le llamamos “preparar la tierra” en el “argot” vocacional. La siembra vocacional es importantísima, pero para que ésta se realice con sentido, es necesario antes preparar la tierra, es decir, el corazón humano.

Desde hace ya varios años, la pastoral vocacional se ha especializado en procurar y cuidar esas “actitudes vocacionales de fondo” que crean las condiciones de posibilidad para la escucha de la llamada divina.

Se trata pues, de preparar el corazón de la persona de modo que, en la cultura de nuestro momento, pueda contar con la ayuda y orientación necesarias para comprender que todos tenemos vocación, incluso más, que somos vocación. Y digo en la “cultura de nuestro tiempo” porque se comprende cada vez mejor, gracias a Dios, que en el estilo de vida de nuestras comunidades cristianas actuales ni se puede ni se deben dar por supuestas estas actitudes vocacionales de fondo. Y atención, no es que estemos peor que antes o que estemos mejor, sino que los cauces culturales “tradicionales” para transmitir el valor y el sentido de la vida como vocación, han sufrido grandes transformaciones. Piénsese, por ejemplo, en la familia, en la educación y en el sentido de pertenencia a la comunidad cristiana.

Así pues, para llevar adelante esta iniciativa tan importante en la Iglesia, los animadores vocacionales trabajan sobre aquellas actitudes que hace posible la conciencia vocacional. San Juan Pablo II nos dejó una lista muy concreta y lúcida de estas actitudes vocaciones de fondo: la formación de las conciencias, la sensibilidad ante los valores espirituales y morales, la promoción y defensa de los ideales de la fraternidad humana, del carácter sagrado de la vida humana, de la solidaridad social y del orden civil. Se trata de lograr una cultura que permita al hombre moderno volverse a encontrar a sí mismo, recuperando los valores superiores de amor, amistad, oración y contemplación.

 

Fabián Martín Gómez, agustino recoleto

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