Cuestión de ir sumando. La nueva llamada de la animación de las vocaciones: “La verdad sí importa y mucho…” (5/10)

La pastoral de animación de la vocación, en el ejercicio de su misión, se comprende a sí misma como un servicio de escucha y acompañamiento para que salga a la luz la verdad de la persona que se acompaña.
Fabián Martín Gómez pastoral | 06 dic 2018

En nuestro mundo ocurren cosas maravillosas. Y también entre las personas tienen lugar acontecimientos sorprendentes que nos refieren cuánto pueden llegar a crecer y superarse quienes cultivan motivaciones profundas. Contaré uno de estos casos. En los juegos olímpicos de 1996 en Jena, Turingia (Alemania), se batió un record que, hasta el presente, nadie ha superado. Se trata del lanzamiento de jabalina. El atleta Jan Zelezny de la República Checa, alcanzó una distancia de 98,48 metros de distancia. Los atletas que más se acercaron a esa distancia en esta área de competición, alcanzaron justo 92 metros.

El acontecimiento, por cierto, llamó mucho la atención de los periodistas. Aquellos que consiguieron entrevistar al ganador, le preguntaron cómo había hecho para batir el record. Los periodistas esperaban que diera cuenta de las interminables horas de entrenamiento, que hablara sobre la cantidad de sacrificios en todos los órdenes de la vida para mantener una condición física en forma o, incluso, que resaltara el papel del entrenador. Sin embargo, la mayoría quedaron desconcertados ante la respuesta que les dio.

Jan Zelezny reveló el secreto de su fuerza. Aludió que, además de entrenar duro, hacer varios sacrificios para cuidar una condición física saludable y vigorosa, y de tener un buen entrenador, la clave estaba en su fuerza interior. Compartió que, a la hora de disponerse a desarrollar el ejercicio del lanzamiento de jabalina dentro de la competición, su objetivo era el de darle con la jabalina al sol. Sí, el objetivo de su meta era un despropósito. Pero la convicción de poder lograrlo fue lo que hizo la diferencia respecto a los demás competidores.

La mayoría de las personas nos planteamos metas y nos ponemos objetivos, y esto nos ayuda a caminar, a crecer y a dar lo mejor de nosotros mismos. No obstante, hay quienes remarcan que cada vez se acentúa como una característica de las nuevas generaciones la tendencia al mínimo esfuerzo, a la comodidad y a la mediocridad. El problema del conformismo es que se corre el peligro de anular la fuerza interior que permite a una persona llegar a ser lo mejor de sí misma. Podríamos preguntarnos: ¿qué es lo que activa esta fuerza interior que tanto hace crecer y lleva a dar lo máximo a las personas?

Puede haber muchas realidades que dinamicen el mundo de las motivaciones, como pueden ser: la necesidad, el deseo, las aspiraciones, los gustos, desarrollar las propias capacidades, tener éxito, ser famoso, etc. Todas estas realidades y otras muchas más forman parte del mundo interior de las personas y de cómo se sitúan ente la vida y se disponen a hacer algo grande, digno y bello con su existencia. Una de las tereas que se dan cita en la vida del joven es aprender a gestionar todos estos recursos y, a través de éstos, abrirse paso ante sus mejores posibilidades. En este sentido, los animadores vocacionales aportamos nuestro granito de arena ayudando a desencadenar y orientar esta fuerza interior.

Así pues, la pastoral de animación de las vocaciones hace un servicio de acompañamiento a quienes comprenden que una pequeña ayuda, una orientación o el simple ejercicio de la escucha pueden ayudar mucho en el propio comino de búsqueda. Los animadores vocacionales son, por propia vocación, compañeros de camino sobre todo en los momentos más críticos, en los que no se ven las cosas muy claras, o cuesta trabajo tomar una decisión, o no se ha escuchado suficientemente el propio corazón y hay dudas y miedos, o cuando se dan desajustes entre lo que se quiere y lo que se puede o, simplemente, cuando se está madurando cómo darle sentido y orientación a la vida.

De entre las distintas realidades que forman parte del mundo de las motivaciones interiores y que movilizan a la persona para llegar a descubrir qué hacer de grande y maravilloso con la propia vida, los animadores vocacionales damos prioridad a una: “la verdad profunda de la persona”. Un acompañante vocacional sabe por experiencia propia que una identidad sólida se construye solo desde la verdad. Y no estamos hablando de una verdad abstracta, metafísica o centrada solo en la capacidad del conocimiento. Al contrario, se trata de la verdad que nos aporta la certeza interior de que estamos haciendo lo que es correcto, justo y bueno con nuestra vida.

Desafortunadamente los jóvenes pueden perder la fuerza interior que les lleve a proyectar su vida dando el máximo. ¿Cuál podría ser la amenaza que provoca una fuga de la fuerza interior? Vivir en la mentira, vivir cómodamente en la mentira. Hasta cierto punto puede dar miedo vivir en la verdad porque te obliga a asumir riesgos y a confiar, pero sin ella difícilmente vivimos en verdad. Aparentemente la mentira puede resolver o soluciona algún conflicto, pero lo único que hace es aplazarlo o hacer las cosas más difíciles.

La vocación tiene mucho que ver con el valor de vivir en la verdad, de dejar que la congruencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos refleje nuestras convicciones más profundas y personales. Si no lo hacemos así, terminamos traicionándonos a nosotros mismos y vendiéndonos a la aprobación de los demás por un poco de reconocimiento y aplausos. Pero, eso sí, insatisfechos y a disgusto con uno mismo. Hay algo con lo que las personas no podemos negociar porque, si lo hacemos, cruzamos un umbral de difícil retorno, esto es, ser fieles a nosotros mismos; sin esto, perdemos la paz interior.

La pastoral de animación de las vocaciones ha comprendido poco a poco, inspirada en el evangelio, que su misión es la de hacer un servicio a la verdad de la persona. Se escucha y acompaña el proceso por el cual el joven va encajando las distintas piezas de su mundo interior en el diseño de una imagen de sí, por la que llega a estar dispuesto a todo, incluso hasta dejarse la piel. La ayuda del animador vocacional es la de discernir, es decir, reconocer, comprender y elegir, el estilo de vida que le lleva a dar lo mejor de sí mismo, el máximo, según esta intuición irrenunciable de proyecto de sí mismo en Cristo.

Algunas veces se les ha reprochado a los promotores vocacionales el querer convencer a otros, según un perfil de persona, de ser esto o aquello, sobre todo si se trataba de “llevar el agua al propio molino”. No obstante, de acuerdo con la visión del nuevo estilo de animación de las vocaciones, el animador vocacional acompaña con mucho respeto y delicadeza el camino de búsqueda de aquellos a quienes acompaña. Lo importante es que el joven llega a comprender e interpretar aquello que Dios le está pidiendo para su vida y pueda tomar una decisión en libertar por un estilo de vida u otro, como respuesta a esa llamada divina.

Un discípulo y amigo de Jesucristo custodia en su corazón la certeza de que solo él puede revelarle toda la verdad de su vida. Jesús es la verdad y sus palabras nos ponen delante de la verdad de la propia vida y nos permite crecer en libertad, pues la verdad nos hace libre; Jesús nos hace libre y auténticos. Jesús nació y vino al mundo para ser testigo de la verdad. Y las palabras de Jesús nos hacen mucho bien porque nos recuerda qué tanto nos instalamos cómodamente en el reino de la mentira. Responder a la vocación, en este sentido, llega a ser un proceso de liberación en Jesús. Encontrarnos con Jesús y la verdad que él proyecta sobre nuestra vida nos hace experimentar alegría, pues nos aporta la fuerza interior que necesitamos para ser valientes y vivir en la verdad, para ser auténticos y sinceros; para dar lo máximo de nosotros mismos hagamos lo que hagamos y recorramos el camino que recorramos.

 

Fabián Martín Gómez, agustino recoleto

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