Domingo I de Adviento: No hacen falta dados

«Vivir en adviento no es fácil, porque hoy no es fácil la esperanza. Nosotros somos lo que esperamos. Somos aquello que queremos conquistar. Nos definimos más por lo que deseamos con fuerza que por lo que tenemos. Sin embargo, para tener esperanza es preciso tener fe, tener confianza y viceversa».
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 02 dic 2018

El juego del parchís supone fiar nuestro destino, el éxito o el fracaso, al capricho del dado. Podemos llenar nuestra mesa de amuletos o estampitas, pero del azar depende el cinco para empezar a jugar o el raquítico uno que nos puede dar el triunfo.

Sin embargo, no todo depende de la suerte ni del azar. Hoy comienza el tiempo del Adviento y nos toca esperar sin dado ni cubilete a que un año más nazca Dios, se haga uno de los nuestros para que podamos acariciarlo y acunarlo. El Adviento es un tiempo de deseo, de nostalgia, de nervios, de espera. No es ni mucho menos el aburrido volver a empezar en el tiovivo de la vida. El Adviento es un tiempo fuerte para darle a Dios el derecho de hablar. El Adviento es un tiempo precioso para prepararnos a re-encontrar a Dios en nuestra vida y en la vida de todos aquellos que nos rodean. Es un tiempo para dejar que Dios nazca en nosotros y encuentre un lugar para quedarse. Es Adviento y no hay que dormirse en los laureles pero, sobre todo, no hay que mirar para otro lado: Alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación, acabamos de escuchar en el evangelio. No es un grito rancio y caduco, sino una continua invitación a levantarnos, a estar despiertos porque algo muy importante va a suceder.

Vivir con la cabeza alta y la esperanza despierta, mantener el corazón expectante y las manos abiertas no resulta fácil. Tampoco resultaba fácil a los discípulos de Jesús, pero, sin embargo, Jesús les anima a no permanecer cabizbajos, a no desanimarse. Sabemos que la espera que empuja a permanecer en un sitio donde se presume que va a ocurrir algo bueno e importante es dura y difícil. Obliga a vivir en vilo, amando al día y echando de menos, extrañando. Pero ofrece la posibilidad de curtirse en el amor verdadero. Con una certeza: lo esperado, cuando llega, sobrepasa siempre con creces lo que se espera.

Vivir en adviento no es fácil, porque hoy no es fácil la esperanza. Nosotros somos lo que esperamos. Somos aquello que queremos conquistar. Nos definimos más por lo que deseamos con fuerza que por lo que tenemos. Sin embargo, para tener esperanza es preciso tener fe, tener confianza y viceversa.

Sabemos bien que cuando el corazón se ensancha por la alegría del que llega, los pies corren ligeros hacia delante, buscando el encuentro. No confiemos todo en la suerte del dado. Dejemos la rutina del cubilete y preparémonos para el encuentro con este Dios que quiere venir, con una noticia nueva cargada de alegría. Un acontecimiento sin igual que se repite cada año revestido de novedad. Alzad la cabeza, no os perdáis ni un detalle: Dios quiere decirnos algo a cada uno, que nos llene de alegría para todo el año. Piensa qué te dice a ti.

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