La Palabra en la Eucaristía dominical: Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Gn 3,9-15.20: Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer. Sal 97,1.2-3ab.3c-4: Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Ef 1,3-6.11-12: Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo. Lc 1,26-38: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
pastoral | 07 dic 2018 | José Antonio Ciordia, New Jersey

Ya es tradición popular cristiana católica dedicar el mes de mayo a la Virgen María, con el título de “mes de la flores”. También lo es en la dedicación que se le hace del mes de octubre, con el título de Nuestra Señora del Rosario. Menos popular, de nombre, al menos, pero quizás con más intensidad, resuena su nombre glorioso durante todo el tiempo de Adviento. No es que este tiempo sea dedicado especialmente a María; pero su figura ocupa un lugar verdaderamente notable en su celebración: Solemnidad de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre, fiestas de Ntra. Señora de Guadalupe, 12 del mismo mes, y, más discretamente, la Virgen de la Buena Esperanza (la Virgen de la O), día 18, en la octava de preparación para la Navidad, Nacimiento de Jesús. Elijo para la reflexión la primera de ellas, la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, porque, además de ser una insigne celebración, parece ofrecer a los fieles cierta dificultad para ser debidamente entendida.

El proceso en la reflexión es sencillo. Comencemos por la primera palabra: Inmaculada. El término “Inmaculada” lo podemos seccionar en dos: “in” y “maculada”. El prefijo “in” denota, como en otras palabras, una negación. Como, por ejemplo: “imposible” es negación de “posible”, “indecente” es negación de “decente”, “inverosímil” de “verosímil”, “inacabado” de “acabado”, así sucesivamente. “Inmaculada”, por tanto, significa “no maculada”; “maculada”, a su vez, de “mácula”, mancha, significa “manchada”. Puesta el “in” por delante, inmaculada significa “no manchada”, “sin mancha alguna”. Ahora bien, “mancha” en este contexto viene a significar “pecado”. Convenientemente, pues, “inmaculada” significa “sin pecado”. Nuestra Señora, la Virgen, fue concebida “sin pecado”.

¿Y qué es pecado? La ausencia, total o parcial, de comunión con Dios y con los hermanos; ausencia de amor. Si pues, la Virgen María fue privada de todo pecado, implica, de forma positiva, que desde el principio de su ser entró en comunión con Dios y con los hombres. Dicho de otra manera, la Virgen María fue introducida plenamente en el amor a Dios y, en él, en el amor a los hombres. Plenitud de amor. Empleando otros términos, bíblicos por lo demás, María es la “llena de gracia”. Dios se vuelca en ella, y ella, en vistas a ser madre de Dios, lo acoge sin restricción alguna: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y, al pie de la cruz: “Mujer, he ahí a tu hijo; he ahí a tu Madre …” Dejando a un lado a Jesús, Dios y hombre verdadero, la Virgen María resulta ser el ser humano más perfecto en relación con Dios y en relación con los hombres. El amor derramado en ella se desborda a los demás. Sin pecado alguno, “La Llena de Gracia”.

¿Qué celebramos? Por supuesto, una gratuita y graciosa y salvadora intervención de Dios. Una gratuita y graciosa intervención de Dios en María, en preparación y perspectiva de ser la Madre de Jesús, Dios y hombre verdadero. ¿Por qué celebrarlo? Porque es un acontecimiento que nos toca de lleno a nosotros. La intervención de Dios en María, por la que es concebida sin pecado alguno, manifiesta la voluntad de Dios de extender a todos, un día, la gracia de presentarlos ante sí llenos de su favor y privados de todo pecado, inmaculados y santos. Lo que fue María desde su concepción, será destino de todos los que encuentren en Cristo la salvación. María lo fue ya desde esta vida, los hijos de Dios lo serán en plenitud, cuando participen plenamente de su resurrección. La obra ya ha comenzado con el perdón de los pecados y la gracia de ser hijos de Dios, “madres y hermanos del Señor”. El presente de María anuncia el futuro de la Iglesia entera. Por eso, colocados ya nosotros en ese contexto de salvación en Jesús, Hijo de María, Madre de Dios y Madre nuestra, hemos de sentirnos interpelados y animados a celebrarlo con regocijo, devoción y agradecimiento.

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