La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 2 de Cuaresma

Gn 15,5-12.17-18: Dios hace alianza con Abrahán, el creyente. Sal 26,1.7-8a.8b-9abc.13-14: El Señor es mi luz y mi salvación. Flp 3,17-4,1: Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso.
pastoral | 13 mar 2019 | José Antonio Ciordia, New Jersey

Las lecturas de hoy nos incitan a mirar a lo alto y al futuro. Porque nuestro futuro está en lo alto y lo alto es nuestro futuro. En concreto, Dios mismo en su verdad, bondad, ser y belleza. Y ello para siempre. ¿No hizo Dios mirar al cielo al patriarca Abrahán para otear su futuro? Enseguida le vino la promesa: “A tus descendientes les daré esta tierra …” Tomemos las palabras de Pablo, segunda lectura, como alargamiento del pensamiento y tema de nuestra reflexión: “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un salvador: el Señor Jesucristo”. Lo que, según el texto, es: “Una transformación de nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa …” Se nos insta a detenernos y reflexionar sobre el objeto de nuestra esperanza. Nos espera la indescriptible participación de la gloria de Cristo. ¿Cómo poder caminar, sin tener delante de los ojos tan magnífico destino?

El cuadro evangélico da acogida a tales reflexiones: Cristo Transfigurado; un trasunto indescriptible de su gloria trasluce lo que esperamos de él. Sin embargo, la voz de lo alto, eco de la que sonó en el bautismo de Jesús, nos impele a contemplar a Jesús en su obra de salvación: “Escuchadlo”. La conversación de Jesús con Elías y Moisés viene interpretada como que “Hablaban de su salida”. Ahí entran, en la mente de Lucas, la Muerte, la Resurrección y la Ascensión. La atención, pues, a Jesús nos ha de hacer nos detengamos en la contemplación de su Pasión, Muerte, Resurrección y su triunfo en la Ascensión. La transfiguración de Jesús anuncia ya la nuestra; su condición humana transfigurada declara como posesión futura la nuestra.

Si hemos de profundizar en la fe y derramarnos en la caridad, no menos hemos de erigir nuestro espíritu en la esperanza. Si la Cuaresma ha de conducirnos a la conversión, ésta no podrá tener lugar sino en una aceptación completa y gozosa de la realidad de Cristo Jesús. Cristo Jesús, soberano Señor, partícipe de la gloria del Padre y salvador ha de atraer hacia sí todas nuestras miradas, anhelos y actividad: fe, esperanza y caridad.

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