La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 6 del tiempo ordinario

Jr 17,5-8: Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor. Sal 1,1-2.3.4.6: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. 1Co 15,12.16-20: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido. Lc 6,17.20-26: Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!
pastoral | 13 feb 2019 | José Antonio Ciordia, New Jersey

El estribillo del salmo responsorial reza:

“Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”.

Hay, pues, un Señor, un Señor que es nuestro, a quien pertenecemos y nos pertenece, que se ha dignado compartir con nosotros su existencia; en este mundo y en el otro. Merece confianza. La segunda lectura, tema, para mí central en esta celebración, nos trae a la mente sus promesas, nuestro destino, el contenido glorioso de nuestra comunión con él: “Cristo ha resucitado”, ¡resucitaremos con Él!

Al ser una sola cosa con él, lógico, y lógico divinamente, resucitado él, resucitaremos también nosotros. Y es divina esta lógica, porque nuestra participación en ello, nuestra glorificación real, está incluida en la suya como elemento esencial.

¿No es la santa misa celebración del Memorial de la Muerte de Cristo, Memorial de su Resurrección y Memorial de su Venida gloriosa? ¿Cómo podremos celebrar en verdad tales realidades sin reconocernos como ya presentes en ellas?

Morimos con Cristo –como expresión de obediencia suprema al Padre y supremo amor a los hermano; resucitamos con Cristo –suprema garantía, el don del espíritu Santo; aclamamos festivamente su Venida gloriosa– reinaremos con él.

Con la virtud de la fe: creemos en ello; con la virtud de la esperanza: caminamos hacia él; y con la caridad, deseamos ardientemente el encuentro con él y nos preparamos solícitamente para ello. Aprovechemos la celebración eucarística para insistir en movernos en esa dirección.

Las palabras de Jesús, lectura evangélica, nos señalan drásticamente el camino que conduce a la bendición y, como contrapunto, los que nos encaminan hacia la perdición.

El contraste es tajante, de estilo profético, con un “Dichoso aquel que …” y un “Ay de aquel que …”

A esta guisa se mueve el profeta Jeremías, lectura primera, con un “Maldito …”, primero y un “Bendito…”, después. ¿Con quién quieres, hermano, identificarte?

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