La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 5 del tiempo ordinario

Is 6,1-2a.3-8: Aquí estoy, mándame. Sal 137,1-2a.2bc-3.4-5.7c-8: Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor. 1Co 15,1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído. Lc 5,1-11: Dejándolo todo, lo siguieron.
pastoral | 06 feb 2019

El texto evangélico de hoy puede que nos traiga espontáneamente a la memoria el canto, tan popular y efusivo, de “Tú has venido a la orilla”. Ahí está el Señor, en la orilla. Cumpliendo su misión de enseñar al pueblo y de anunciar el reino. El anuncio del reino implica, en su fuerza expansiva, la vocación de los que llamamos “apóstoles”.

Es el comienzo de la formación del “grupo de los Doce”. A los elegidos les acompaña una especial “vivencia” del poder salvador de Jesús. En este caso, lo que llamamos la “pesca milagrosa”. Todos los detalles del relato pueden conducirnos a una mayor comprensión de la acción salvadora de Jesús.

Podemos notar cierto peso en el final del relato: “Y, dejándolo todo, le siguieron”. No aparece explícitamente la llamada de Jesús. Sin embargo, su maravilloso obrar arranca de los discípulos una corriente de admiración por el Maestro y una resuelta decisión de seguirlo.

Juan, en la bodas de Caná, rematará el relato con “Jesús manifestó su gloria y los discípulos creyeron en él”. Otra de las vivencias que impactó a los discípulos es aquella que nos relata el mismo Juan: “Hemos visto al Mesías” en boca de Andrés, después de haber pasado el día con Jesús. Jesús contagia, naturalmente si uno, en su transparencia, se deja contagiar. Detengámonos en ese terreno: vivencia de Jesús en su compañía.

La primera lectura nos traslada, como antecedente, a la vivencia de Isaías en la vocación que recibe de profeta. Vivencia extraordinaria y sobremanera impactante, que va de la visión, en sí aplastante, de la propia miseria y “pecado” a la resuelta y totalizante decisión de someterse y seguir el mandato de Dios: “Ay de mí que soy pecador…”, en Isaías, y “Apártate de mí que soy un pecador…”, en Pedro.

La vivencia de lo divino los trasforma en mensajeros de Dios. Así de poderosa es la palabra divina. También Pablo nos habla, en la segunda lectura, de modo más difuso, de su experiencia de Dios. La historia de estos hombres transparenta la eficacia y autenticidad de la llamada que reciben de lo alto.

Todo cristiano está abierto, por principio, a semejantes comunicaciones de Dios; serán más o menos impactantes, pero, dado que han recibido el Espíritu de Dios en el bautismo, llevan es sí la marca de una pertenencia a lo divino: sensibilidad cristiana.

Nos toca fomentarla. El camino ordinario de tales comunicaciones son la oración, obras de caridad y la práctica de los sacramentos. La comunión-comunicación con Dios nos lleva resueltos a “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

José Antonio Ciordia, OAR, New Jersey
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