La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 4 del tiempo ordinario

Jr 1,4-5.17-19: Te nombré profeta de los gentiles. Sal 70,1-2.3-4a.5-6ab.15ab.17: Mi boca anunciará tu salvación. 1Cor 12,31-13,13: Quedan la fe, la esperanza, el amor; pero lo más grande es el amor. Lc 4,21-30: Jesús, como Elías y Elíseo, no es enviado sólo a los judíos.
pastoral | 30 ene 2019

Dios es un “Hoy” eterno. Dios es siempre “Hoy”. Dios se derrama en sus criaturas; también se derrama su “Hoy”. Y ese “hoy”, por ser participación del Dios vivo, llega a las criaturas en el tiempo y en el espacio. Todos tenemos un “hoy”, diminuto y pasajero, participación del “Hoy” de Dios. Jesús, Dios y hombre verdadero, partícipe del sustancial Hoy de Dios, recibe un “hoy” específico en su condición humana: “Hoy te he engendrado Yo” (salmo 109), Hijo de Dios, y “Hoy se cumple esta escritura” del evangelio de hoy, como Siervo, movido por el Espíritu de Dios a cumplir la misión de lo alto, quedando para siempre, superior al tiempo y al espacio: “Cristo es hoy, ayer y siempre” (Apocalipsis).

Jesús, pues, declara y proclama su misión, como actuación del amor de Dios a los hombres, en un momento dado, siguiendo el evangelio, en Nazaret; y así para siempre. Es el Salvador, haciendo eco del anuncio de los ángeles a los pastores, en la noche de Navidad. El hoy diminuto del hombre, caprichoso y altanero, se niega a recibirlo; rechaza impregnar su hoy miserable del Hoy eterno y salvador de Dios. Y así va a ser el paso de Jesús por este mundo: “Vino a los suyos y no lo recibieron”, comenta Juan en su evangelio. Sucedió entonces y sucederá también a través de la historia humana. Jesús aceptado, Jesús rechazado. La Iglesia, cuerpo de Cristo, arrastrará-llevará consigo esa vivencia, como expresión del Hoy de Dios en Cristo Jesús, dentro de su Iglesia.

El texto acentúa el carácter “servicial” de Jesús, haciendo hincapié en el aspecto “profético”, pero alargándolo en todas direcciones. Capital la mención, como elemento constitutivo, del Espíritu de Dios en ello. También aquí hay que subrayar el aspecto profético de la Iglesia, conducida por principio de ese mismo Espíritu: la misión de la Iglesia en este mundo es una alargada y salvadora presencia de Jesús, hombre del Espíritu. Y, en ella, todos nosotros. Momento éste para recordar y renovar vigorosamente nuestra condición de bautizados. La unción del santo Crisma nos caracteriza para esa misión: reyes, sacerdotes y profetas. No podemos dejar de la mano la “memoria” de nuestra pertenencia a Cristo, en virtud del don del Espíritu, con que se nos marcó en tan sagrado y tan poco celebrado sacramento del bautismo.

Respecto a tan excelso don, constitutivo de nuestra personalidad cristiana, el Espíritu Santo, la segunda lectura nos ofrece todo un atractivo y fascinante campo de contemplación. Ese es el Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo, el Espíritu de la Iglesia, muestro propio Espíritu ¿Cómo no tratar de dejarnos conducir por él, cuando su presencia en nosotros define vitalmente nuestra personalidad humana cristiana? No podemos permitir que pase de largo tal reflexión. Como ayuda para introducirnos en la personalidad de Cristo y, por ende, en la de la Iglesia y en la nuestra a través de ella, vienen las palabras de la primera lectura, vivencia personal intensa del profeta: vocación Jeremías, tan cerca de Jesús en algunos rasgos. Dios – Jesús – Iglesia – nosotros: bautismo en el poder de Jesús; consagración a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu y miembros vivos de la Iglesia.

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