“Nuestros mártires japoneses murieron con 31, 29 y 24 años. Ojalá los jóvenes actuales puedan verse reflejados en ellos”

Pablo Panedas (Valladolid, España, 1953) es agustino recoleto, doctor en Teología Espiritual, y acaba de presentar “Letras de fuego”, el epistolario de los mártires agustinos recoletos en Japón. Después de tres años buceando en los archivos, el libro ofrece algunos datos que nos eran desconocidos que nos devuelven a una gran gesta misionera y a personas concretas que tienen mucho para enseñarnos. Le hemos entrevistado.
noticias | 05 dic 2018

Pablo, ¿por qué te diste a la tarea de volver al Japón del siglo XVII y desempolvar la historia de los misioneros Agustinos Recoletos en el país del Sol Naciente?

No se trata de nada casual. Es más bien algo preparado a lo largo de toda una vida. En el lejano 1976, cuando fui ordenado sacerdote, me destinaron a Roma a estudiar Teología Espiritual con el objeto de dar clases en Marcilla (Navarra, España), la comunidad donde se preparaban al sacerdocio los jóvenes agustinos recoletos de la Provincia de San Nicolás de Tolentino. En aquel Centro fui profesor durante casi 25 años, hasta 2003.

La dedicación a la Teología Espiritual condicionó, así, toda mi vida. Esa rama de la teología no juega tanto con conceptos ni elabora doctrinas, sino que se ocupa de la persona y su vitalidad cristiana.

El acercamiento a la historia martirial de los Agustinos Recoletos en Japón ha sido una dedicación escondida durante toda mi vida

Por eso, desde el primer momento, me interesé por los personajes de nuestra historia agustino-recoleta, los religiosos y religiosas que mejor habían encarnado nuestro modo de vida. Y por aquellos que, en sus escritos, lo habían expresado con mayor fortuna.

Me di cuenta enseguida de que este tipo de testimonios no abundaba, al menos en lo referente a los tiempos antiguos. Pero sí había algunos. Y, entre todos, resaltaba el epistolario de los mártires del Japón.

Lo había publicado en 1961 el benemérito agustino recoleto Jenaro Fernández: 25 cartas que formaban un bloque de más de 70 páginas del segundo volumen de su Bullarium.

Era una riqueza enorme. Pero riqueza en bruto, porque el editor no había modernizado la ortografía ni la puntuación. Riqueza, además, enterrada en una obra muy técnica que, para colmo, estaba redactada en latín. Desde el primer momento, vi la conveniencia de acomodar aquellos viejos textos a los usos actuales, de forma que fueran digeribles para el lector moderno.

Cosa bien distinta era llevar a efecto la empresa. La intenté acometer varias veces, pero al final debía postergarla porque me salían al paso urgencias nuevas. En resumen, que aquel epistolario del Bullarium lo he llevado siempre conmigo, primero fotocopiado, luego escaneado, pero no le había podido hincar el diente hasta hace cinco años.

Creía que iba a ser tarea sencilla, de poco tiempo. Se trataba, simplemente, de actualizar la ortografía, acomodar la puntuación, anotar algún término ya en desuso, añadir de vez en cuando una nota explicativa, con alguna introducción breve…

Lo que creía sería una tarea sencilla me dio toda una sorpresa y me acabó llevando tres años de estudio para preparar un volumen de 400 páginas y 600 notas explicativas

Pero me llevé una sorpresa y una decepción, hasta el punto de tener que cambiar el plan y meterme en un trabajo de mucho mayor calado del previsto.

Así, cuando ya tenía hecha casi del todo la edición proyectada, descubrí que existían cartas con las que el bendito padre Jenaro no había contado. Y no eran pocas: 14. Lo extraño del caso es que no era un material disperso por lugares lejanos. Al contrario, se encontraba en la Curia General de la Orden de Agustinos Recoletos en Roma, donde Jenaro había residido toda su vida; en el Archivo General, que él conocía tan bien. Para colmo, estaban insertas en causas de canonización, de las que él se había ocupado varios años.

Este descubrimiento echó por tierra todo lo que había elaborado y me obligó a redimensionar completamente el proyecto. Una vez minada mi confianza en el padre Jenaro, me puse a la tarea delicada y tediosa de cotejar su texto con los documentos originales, a los que sumé los nuevos.

Lo que iba a ser un libro de lectura con alguna explicación añadida, se convirtió en un volumen de casi 400 páginas con más de 600 notas y varias secciones de apoyo. Y lo que me iba a costar unos meses de trabajo, me ha supuesto no menos de tres años de dedicación.

 

Visto así, parece más bien una obra donde prima la edición crítica, las notas a pie de página, lo técnico. ¿Estamos ante una obra científica y académica?

De ninguna manera. Todo ese material está en función de los documentos redactados por los mártires. He tenido que examinarlos detenidamente tratando de comprender el sentido y los matices de lo que los beatos quieren transmitir; la realidad que ellos vivieron y sus circunstancias vitales, que en muchos casos vienen a la luz.

Francisco y Vicente no redactan sus cartas en la tranquilidad de un convento, sino a escondidas en una cárcel. Y no lo hacen para predicar, dar recetas morales o solucionar problemas de conciencia. Ellos cuentan lo que hacen, lo que les hacen o lo que sucede a su alrededor; quieren hacer llegar a sus superiores religiosos, a los poderes políticos, a la Santa Sede, al mundo donde no hay peligros por vivir la fe, la noticia de la persecución y de la cosecha de mártires que se recoge en aquellas tierras.

Pero, al trasluz de su relato y abiertamente muchas veces, se manifiestan las ansias espirituales de los propios beatos, sus aspiraciones al martirio, el orgullo por sus compañeros mártires, la acción de gracias a Dios por verse en una situación que consideran sinceramente de privilegio.

Son cartas escritas no desde la tranquilidad de un convento, sino desde una cárcel con fuerte vigilancia, a escondidas

Al contar su vida, transmiten también el ideal que persiguen: anunciar el evangelio a los japoneses, consolar a sus fieles y animarles a perseverar en la fe; y conseguir –si esa es la voluntad de Dios– el don sublime del martirio, la entrega definitiva del cristiano e imitación más profunda de la vida del propio Cristo Jesús.

Sobre el trasfondo de un relato que en ocasiones puede parecer monótono y doméstico, se perfila así la talla gigante de unos miembros de la Familia Agustino-Recoleta totalmente entregados a su misión y deseosos de entregar su vida al Evangelio hasta el fin.

Es lo que he querido expresar en el título de la obra, Letras de fuego, que juega con el tipo de martirio que les aplicaron –la hoguera– y con el ardor espiritual y apostólico que estos héroes contagian.

 

Gracias a tus tres años de estudio e indagación, la Familia Agustino-Recoleta puede hoy saber cosas antes desconocidas sobre la gesta misionera de Japón. ¿Nos cuentas a grandes rasgos algunas de estas novedades?

Novedades concretas hay muchas: de localización de un determinado lugar o paraje, identificación de un personaje o interpretación de un término, por ejemplo.

Pero yo destacaría como importantes otras novedades que afectan al conjunto de la obra. En primer lugar, la valorización que se hace del contexto. Durante siglos y hasta nuestros días, se dirigía el foco sólo sobre los misioneros europeos; todo lo demás a su alrededor quedaba en tinieblas. En mi caso, he puesto especial empeño de arrojar luz sobre los lugares, personas o acontecimientos que aparecen –aunque sea sólo mencionados‑ en las cartas de los mártires.

Y, a fuerza de alumbrar –poco o mucho, lo que en cada caso se ha podido‑ los personajes, hechos o lugares mencionados, ha ido viniendo a la luz un paisaje maravilloso en el que el relato de los mártires adquiere vida.

Hemos sacado el foco de los mártires europeos para descubrir cientos de personas, los cristianos secretos, que les dieron apoyo y sufrieron el mismo nivel de crueldad y persecución

Cobra vida la figura de sus catequistas japoneses, sus amigos y colaboradores portugueses, los miembros de las cofradías y de la Fraternidad Seglar, las largas listas de mártires. Y viene así a primer plano un entretejido de santidad que realza aún más la figura de los mártires religiosos sobre los que antes pesaba casi únicamente el foco de la observación.

Por destacar algunos de estos personajes, hago mención sólo de un amplio grupo de militares, marinos o mercaderes portugueses, como Duarte Correa, Simón Vaz de Paiva o Domingo Franco, que de modo permanente ponen en riesgo vida y hacienda por apoyar a los religiosos presos.

Son personas de gran talla espiritual, que terminarán muriendo mártires también ellos, años después.

En fin, una novedad que no puedo dejar de mencionar es haber descubierto que los religiosos agustinos recoletos, mártires de Japón, que beatificó Pío IX en 1867 no fueron dos, sino cinco. En la lista de 205 nombres enumerados en la bula pontificia, hay tres japoneses que figuran como terciarios de la Orden, cuando en realidad son religiosos profesos.

 

Eso es tanto como afirmar que la Santa Sede se equivocó. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo es que nadie ha hecho notar hasta ahora la verdadera identidad como religiosos agustinos recoletos de esos tres mártires japoneses?

Es un asunto complejo, en el que hay que tener en cuenta aspectos muy diversos: desde las dificultades que ofrecen los nombres japoneses hasta las complicaciones laberínticas de procesos de beatificación que se alargan durante siglos, y quizá también una cierta improvisación de la beatificación de 1867. Por lo demás, tampoco hay que escandalizarse por encontrar un error histórico de importancia menor en un documento pontificio.

Creo que el mal de raíz está en el limitado conocimiento de las cartas de los misioneros. En nuestro caso, es clara y repetida la afirmación de Francisco de Jesús, que era el superior y al que correspondía dar la profesión: Pedro Kuhyoe, Mancio Ichizaemon y Lorenzo Hachizo son en realidad Pedro de la Madre de Dios, Agustín de Jesús María y Lorenzo de San Nicolás, agustinos recoletos; él les ha dado el hábito y la profesión religiosa en vísperas de su martirio. Esto mismo sabemos que se hizo también en otras órdenes y congregaciones misioneras.

El caso es que, por desgracia, en los últimos 150 años, la afirmación de la bula pontificia ha pesado mucho. Su efecto sólo se podía contrarrestar redescubriendo y revalorizando el testimonio original. Es lo que hemos querido hacer con nuestro trabajo.

Pedro, Agustín y Lorenzo son sus nombres: agustinos recoletos profesos mártires. Ahora los conocemos y les homenajeamos

 

A los tres mártires agustinos recoletos japoneses ahora redescubiertos para la Familia Agustino-Recoleta les has dedicado también una pequeña biografía. ¿Cuál es la relación y las diferencias entre ambas obras?

Este librito ha aparecido en una nueva colección dedicada a los santos y beatos agustinos. Se llama Testigos del Reino, y el título del libro que abre dicha colección es: Pedro, Agustín, Lorenzo. Beatos, recoletos, japoneses.

Curiosamente, también Letras de fuego inaugura colección, que lleva el título genérico de Historia y espiritualidad. Quiero pensar que esta coincidencia tiene todo un valor simbólico, como si la Orden quisiera volver a sus inicios, personificados en los mártires japoneses.

Este trabajo fue un encargo que me vino a última hora del Instituto de Espiritualidad e Historia de la Orden. Yo lo acepté de muy buen grado porque me parece el modo mejor de dar a conocer a estos beatos ignorados. Para mí, es como un desagravio que la Orden les debe.

Presentar su vida no era empresa fácil, porque de estos beatos no existían biografías de una mínima consistencia. Sí había, sin embargo, un proceso de canonización suyo que había pasado desapercibido.

Se abrió en Manila cuatro meses después del martirio, al llegar allí la noticia en carta de Francisco. La carta la portaban bien oculta nueve portugueses testigos presenciales del martirio, que no tienen empacho en declarar ante el tribunal eclesiástico.

No es posible hacer una biografía exacta y completa de los tres mártires recoletos japoneses. Pero publicamos todo lo que se sabe

He procurado entresacar los detalles que aporta cada una de estas fuentes y concertarlos de forma que compongan un relato lo más expresivo posible. No he quedado insatisfecho; creo que el conjunto es coherente al tiempo que emocionante. Hoy por hoy, es lo que se puede decir.

 

Hemos descubierto con tu obra, por escrito, a los tres religiosos japoneses beatos. Pero además nos hemos llevado la grata sorpresa de que también has querido presentar una imagen de ellos, en estos tiempos de cultura audiovisual.

La idea me la dio el beato Vicente de San Antonio que, en carta a un amigo, le dice de qué modo tiene que pintar a los mártires, caso de que piense hacerlo. Y, efectivamente, nos consta que uno de los portugueses más eminentes de la colonia de Nagasaki había encargado un cuadro.

Yo hice mía la idea y se la presenté a Santiago Bellido Blanco, un artista muy ligado a la Familia Agustino-Recoleta, que ya ha retratado a muchos de nuestros personajes insignes. Él la aceptó con gusto.

En el cuadro, los mártires adoptan tres actitudes diferentes: el primero, de ensimismamiento y serenidad; el segundo, de Fe esperanzada; y el tercero, de cierto temor en la aceptación. (Santiago Bellido, autor)

El resultado final es un óleo de 200 x 100 centímetros en el que aparecen PedroAgustín y Lorenzo vestidos con el hábito agustino recoleto y envueltos en un halo flameante.

En torno a ellos, el artista ha plasmado una variopinta galería de personajes que representan las distintas reacciones del pueblo japonés ante el anuncio del evangelio.

Este espléndido cuadro de Bellido sirve de leitmotiv gráfico y además se presenta hoy 5 de diciembre en Madrid, junto con las dos obras literarias.

 

¿Qué pasa en la mente y el corazón del investigador ante vidas tan sorprendentes? ¿Tú, personalmente, cómo has vivido esta experiencia? ¿Cómo te han afectado estos descubrimientos y estar tres años buceando en la vida de los mártires?

No ha sido ésta mi primera investigación, sí la más fatigosa. Primero, por las peripecias que he mencionado. Pero es que, aparte de no haberlo previsto, en su materialidad este trabajo era especialmente arduo, además de muy delicado.

Había que hilar muy fino, primero para que nada se escapara del texto original; y luego para interpretarlo a fondo, apurando hasta el último matiz.

Durante meses he estado viviendo en mi interior las escenas más crudas de la película "Silencio" de Martin Scorsese, pero también el lado luminoso de esta historia

Son relatos, además, en los que uno no siempre se mueve a gusto. Pueden herir la sensibilidad, al describir situaciones extremas, escenas truculentas. Mucha gente ha quedado conmocionada viendo la película Silencio, de Martin Scorsese. Yo he estado durante meses viviendo la película, aunque no de manera tan intensa, obviamente.

Claro que también he vivido el lado luminoso de la historia. Durante meses me he encontrado como en maceración, absorbiendo la energía positiva que emana de todos aquellos mártires: no sólo los misioneros religiosos o los cristianos ordinarios que ofrendaron literalmente su vida; también la de tantos fieles anónimos que, en sus aldeas y por los montes, vivían con sencillez y en profundidad su fe, a pesar de tener una catana suspendida sobre la cabeza.

 

¿Este acercamiento a las primeras décadas del siglo XVII, tiene sentido en nuestro mundo actual?

No sólo tiene sentido; podría decirse, incluso, que está de actualidad. Claramente se ve en el caso de la película de Scorsese que lo puso de moda el año pasado. Esta película, y la novela de Shusaku Endo en que se basa, retratan muy bien aquel mundo vivieron los mártires.

Los cristianos escondidos de Japón nos recuerdan que las tareas de fomentar la vida de la Iglesia y la de la evangelización requieren la participación plena y activa de los fieles laicos (Papa Francisco)

Con nuestros mártires tuvo trato, incluso, alguno de los personajes del filme. Es el caso de Cristóbal Ferreira, el jesuita apóstata encarnado en la película por Liam Neeson que van a buscar los protagonistas de la película, interpretados a su vez por Andrew Garfield y Adam Driver.

El Ferreira histórico mantenía correspondencia con uno de los beatos recoletos, si no con los dos. Él hace la crónica de sus tormentos para los superiores jesuitas de Roma. En Letras de Fuego hemos recogido esos escritos de Ferreira. Más aún, otra de sus cartas a Roma nos ha sido imprescindible para la biografía que inaugura la nueva colección Testigos del Reino.

Y no es sólo el cine. En estos últimos años se han concatenado varios acontecimientos que han hecho actual el tema de la Iglesia mártir de Japón:

  • En 2015 se celebró solemnemente el 150 aniversario de la aparición de los “cristianos ocultos”; incluso intervino el papa Francisco.
  • Al año siguiente, 2016, se estrenaba Silencio.
  • En 2017 se cumplía también siglo y medio de la multitudinaria beatificación de 1867. En ese contexto, y a petición del episcopado japonés, fue beatificado en Osaka un personaje famoso, don Justo Takayama Ukon, conocido como “el samurái de Cristo”.
  • En 2018 son varios los países que celebran el 175 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas con Japón. Y, también este año 2018, la Unesco ha inscrito en su Lista del Patrimonio Mundial los lugares cristianos de la región de Nagasaki.

Por mi parte, con estos estudios intento aportar mi granito de arena.

 

¿Qué les queda hoy a los agustinos recoletos de este capítulo japonés de su historia?

Durante un tiempo, Japón fue para los recoletos la joya de la corona. Lo era cuando estaban allí los beatos Francisco y Vicente. Desde Filipinas intentaron varias veces enviar grupos de misioneros que reforzaran su presencia. Pero fue imposible, en parte por la oposición de las propias autoridades de Manila.

Sólo en el último momento, cuando los dos pioneros estaban a punto de ser sacrificados, pudieron llegarles los refuerzos deseados. Eran los beatos Melchor de San Agustín y Martín de San Nicolás, que enseguida fueron capturados y ajusticiados, el mismo año de 1632.

Desde esa fecha hasta 1636, la Orden intenta mandar más misioneros al menos en cinco ocasiones. Ninguna de ellas tuvo éxito. Se dan, incluso, varios casos de religiosos de otras órdenes que quieren hacerse agustinos recoletos para poder pasar a Japón.

Japón fue la joya de la Corona de la Recolección. Hasta hubo religiosos de otras órdenes que quisieron hacerse Recoletos para intentar misionar en el país del Sol Naciente

Pero, a partir de 1634, el país se cierra herméticamente y todo contacto con el exterior se hace imposible. La memoria de sus misiones sólo sigue presente en la Orden gracias a los varios procesos de canonización y a esporádicos escritos de carácter histórico. Y, en Manila y Madrid sobre todo, gracias a los restos de algunos mártires que Vicente y Francisco habían conseguido filtrar y eran venerados como reliquias en los conventos centrales de ambas capitales.

Pero los dos siglos y medio que duró el aislamiento de Japón hicieron que las gestas de los mártires fueran cayendo en el olvido; un olvido que ni siguiera la beatificación de 1867 pudo conjurar.

En los tiempos modernos, los Recoletos no han mirado nunca al país del Sol Naciente reconociéndolo como solar sagrado; y nunca han pensado en regresar allí.

Aun así, Japón será siempre territorio nuestro, porque allí tiene la Orden un rico patrimonio de mártires. Quiero creer que la coincidencia de los 150 años de la beatificación y esta modesta aportación de mis libros ayudarán a reavivar las cenizas.

Y, en fin, considero providencial que el redescubrimiento de la identidad religiosa de Pedro, Agustín y Lorenzo –nuestros tres hermanos– haya ocurrido en vísperas del Sínodo de los Jóvenes y de la Jornada Mundial de la Juventud, que se va a celebrar en 2019.

En el momento de su martirio, ellos eran jóvenes de 31, 29 y 24 años. Ojalá los jóvenes actuales, especialmente los jóvenes religiosos agustino-recoletos, puedan verse reflejados en ellos.

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