Cuestión de ir sumando… La nueva llamada de la animación de las vocaciones: Fuera de la Iglesia no hay… (1/10)

Los animadores vocacionales somos servidores de un encuentro con Cristo y caminamos siempre en la Iglesia y con la Iglesia. Es, pues, urgente abrirnos a la conciencia de ser animadores de las vocaciones que sienten y caminan con toda la Iglesia, la comunidad de los con-vocados.
pastoral | 08 nov 2018

Existe una canción del grupo Kairoi que me marcó mucho en mi juventud y que se titula “Comenzar nunca es fácil”. Transcribo la estrofa del coro: “Comenzar nunca es fácil sabéis, lo importante es querer caminar y forjar día a día los sueños. Vuestra voz, nuestra voz se unirá; vuestra voz, nuestra voz se unirán”. Ahora tengo 37 años de edad, casi 15 de fraile y 10 de sacerdote, y sigo escuchando esta canción con mucho gusto. Por lo cual, me apoyaré en esta letra para ponerle música a una breve reflexión sobre la animación vocacional. Pero antes, pongámonos en contexto.

Cuando comencé a dar mis primeros pasos en la pastoral, para ser específicos, en la pastoral juvenil y vocacional, se me pidió que, ya que venía recientemente de la universidad y tenía frescos los conocimientos, hiciera una propuesta breve de por dónde creía yo que debía caminar la pastoral vocacional. En una tarde nublada de otoño del 2011 me senté delante de la computadora y comencé a darle forma a una propuesta a modo de decálogo que, desde mi punto de vista, podría suponer un relanzamiento de la pastoral vocacional.

El día de la reunión, tras haber planteado el plan de trabajo de la jornada y haber comentado algunos ajustes en la organización general, se me concedió la palabra. Era mi primera intervención en un equipo de trabajo después de haber salido de la casa de formación y de los estudios de especialización, por lo cual creía importante cuidar los detalles y abrir nuevos horizontes con propuestas novedosas. Entusiasmado, comencé a hablar. A la hora de retroalimentar mi propuesta buscando una reacción en las miradas de mis hermanos, comencé a experimentar en ellos desinterés y aburrimiento.

Una vez terminada la presentación, dos de los participantes comentaron con realismo, franqueza y cierta crueldad: “más de lo mismo”, “eso ya está dicho”, “no nos descubres el mundo…”. A mí me cayeron aquellas palabras como un balde de agua fría. A raíz de esa experiencia que para mí fue aparentemente negativa, me propuse leer todo lo que estuviera a mi alcance sobre pastoral vocacional. Sentía el reclamo interior de comprobar si era o no verdad lo que habían dicho mis hermanos y compañeros de trabajo que contaban ya con muchos años de experiencia de campo.

Lo primero que hice fue leer todos los documentos del caminar de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) hasta el momento presente. Aquellos días fueron muy fecundos, pues pude rastrear el camino progresivo de la Iglesia en la reflexión, la pedagogía y la praxis de la pastoral vocacional. A continuación me topé con libros, artículos, revistas…, y se fue ampliando mi comprensión y visión de las cosas. Cuanto más leía y tenía delante de mí lo que se había trabajado en torno a la animación de las vocaciones tanto más me quedaba maravillado y me decía a mí mismo: “cómo no habré conocido todo esto antes”.

Curiosamente en las sucesivas reuniones de trabajo aprendí que era un inexperto y un novato en el campo y que mi situación era de aprendiz, sobre todo de la experiencia de quienes ya llevaban muchos años bregando y dejándose la piel en el campo de las vocaciones. Únicamente descubrí un detalle sobre la pastoral vocacional que creía que se sabía muy bien en la teoría pero que en la práctica no se había hecho nada, al menos en el contexto donde yo me encontraba. Se trataba de la importancia de incorporarse a los equipos diocesanos de pastoral vocacional de las diócesis donde tenemos comunidades agustino-recoletas.

Por iniciativa propia llamé a las puertas de la Diócesis. Al principio me dieron largas…, hasta que al final el delegado de vocaciones de la Diócesis me concedió una entrevista. Una vez más fue para mí una sorpresa conocer el enorme trabajo que se hacía en aquella Diócesis por la animación de las vocaciones. Existía un equipo vocacional bien constituido, formado y organizado, compuesto por sacerdotes diocesanos, laicos comprometidos y muchas religiosas. Así es que la propuesta de contar con un religioso más fue bien acogida. Años aquellos de compartir, aprender, crecer juntos y hacer camino como Iglesia.

Hace un par de meses del presente año 2018, en una reunión de equipos de animación vocacional viví una experiencia que por dentro me hizo mucha gracia. La cuento brevemente. Recientemente se incorporaron nuevos hermanos religiosos al trabajo de la pastoral vocacional donde ahora me encuentro, venidos desde diferentes contextos y circunstancias. Mientras comentábamos asuntos varios, los había quienes con todo el entusiasmo del mundo proponían lo que debíamos hacer para sacar la animación de la vocaciones de su continua crisis. Me acordé mucho de aquella frase: “pero si eso ya está dicho”. Aunque en este caso solo lo pensé…

Ahora vuelvo a la canción del inicio. Dice el estribillo del coro: “comenzar nunca es fácil, sabéis…”. Estoy de acuerdo en que comenzar nunca es fácil. Pero lo terrible es creer que se comienza de cero. Y lo verdaderamente dramático es estar convencido de que te toca a ti, de entrada, hacer la diferencia sin conocer y comprender lo que se había venido haciendo. En el campo de la animación de la vocaciones “lo importante es querer caminar”. Se trata de un servicio a la evangelización delicado y maravilloso: “ayudar día a día a forjar los sueños”. Esto es, acompañar para que otros descubran dónde Dios los quiere y dónde Dios los sueña para que, dando lo mejor de sí mismos, sean plenos, lleguen a ser felices

Aunque lo digo claramente, para mí lo más importante es aquello de “vuestra voz, nuestra voz, se unirán; , vuestra voz, nuestra voz se unirán”. En la animación de las vocaciones hacemos camino con la Iglesia, como Iglesia y para servir a la Iglesia, Pueblo de Dios, comunidad de los bautizados. La voz de Dios puede y ha de ser escuchada a través de su Palabra. Y la Palabra de Dios se hace vida, se encarna, se traduce como estilo de vida en los acontecimientos y avatares de la historia, la cultura que la concreta y las personas que la viven y transmiten. Para mí esta es ahora una certeza irrenunciable: solo encontrándonos, escuchándonos y contándonos los diversos relatos de seguimiento de Jesucristo en las diversas formas y caminos de vida cristiana, lograremos dar con una respuesta al desafío de seguir animando las vocaciones en la comunidad cristiana.

Por lo tanto, termino diciendo que más que una necesidad, es una urgencia abrirnos a la conciencia de ser animadores vocacionales que siente y caminan con toda la Iglesia, la comunidad de los con-vocados a vivir y celebrar la fe. Sí, fuera de la Iglesia no hay una pastoral vocacional seria, a la altura de las exigencias del momento histórico y cultural, que sea capaz de responder al llamado del Espíritu de animar las vocaciones en la comunidad cristiana. Definitivamente: ¡con la Iglesia…!

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