La Palabra en la Eucaristía dominical: Epifanía del Señor

Is 60,1-6: La gloria del Señor amanece sobre ti. Sal 71,1-2.7-8.10-11.12-13: Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra. Ef 3,2-6: Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa. Mt 2,1-12: Venimos de Oriente a adorar al Rey.
José Antonio Ciordia pastoral | 03 ene 2019 | José Antonio Ciordia, New Jersey

Dios se manifiesta, y, al manifestarse, se comunica, y, al comunicarse, impacta poderosa y bondadosamente a quien lo recibe en comunión. La manifestación de Dios no es una mera y superficial exhibición de su poder y gracia; implica, de una manera u otra, una entrega de sí mismo. Entrega, que constituye al receptor en una novedad que lo acerca a él de forma salvadora. Dios se manifestó en Jesús, día de Navidad, como Salvador. Y la manifestación, percibida, equivale a gloria. Lo cantaron los ángeles: “Gloria a Dios en el cielo y a los hombres paz …” La intervención de Dios en estas sus manifestaciones incita a una respuesta, exige una aceptación vital de lo comunicado. En Navidad la manifestación se concentró, por decirlo así, en el pueblo de su propiedad, representado por los pastorcillos. En este día, solemne celebración de la Epifanía, la manifestación-comunicación salvadora de Dios se abre a los “gentiles”. Algo dibujó Dios en el firmamento, que percibieron unos llamados “magos”, allá en oriente, e intuyeron que algo grande de sentido divino había sucedido en Israel. No se contentaron con tomar nota de ello, sino que, sintiéndose interpelados, se pusieron en camino para personalmente ofrecer pleitesía al enviado de Dios, al “Rey de los Judíos”. Celebramos en este día, por decirlo así, la vocación, en la fe, del pueblo gentil. Ahí nos encontramos nosotros, oriundo del pueblo gentil. Celebrémoslo debidamente, con gozo y satisfacción religiosa.

El detalle concreto de que sean oro, incienso y mirra, los dones presentados por los “magos”, puede dar pie a ciertas consideraciones piadosas. Así, por ejemplo, el oro puede hacernos pensar en el tema “poder”. El deseo y ejercicio del “poder” es uno de los atractivos más comunes y más difícil de resistir con que puede enfrentarse el ser humano. Emparentado con esa realidad, el don con que Dios nos ha enriquecido es la libertad de elección y de ejecución. ¿No podríamos ofrecer a nuestro Redentor el don precioso de la libertad? No para hacernos indebidamente esclavos sin nobleza y valor, sino como entrega consciente y decidida de nosotros mismos a las exigencias del Reino que viene a fundar nuestro Rey. Sería nuestro “oro”. Y ¿qué pensar del incienso? Esa combustión, ese aroma, ese humo que asciende a los cielos … Pensemos en nuestra vida interior que podríamos denominar como “oración”: sentimiento, afectos, resoluciones … delante del Señor y para el Señor. La mirra, evocando su papel en el embalsamiento del cuerpo de Jesús, podría orientarnos hacia una entrega de todo aquello que recuerda y nos mueve en el ámbito del sufrimiento, muerte y dolor: nuestros padecimientos como seres humanos y seguidores de Cristo. Coloquémoslos en el Cristo “paciente” y obtendrán de él un valor redentor. Vaya, pues, unido a la entrega toral y libre de toda muestra persona el anuncio y celebración de esta admirable epifanía-manifestación.

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