Domingo XXX del tiempo ordinario: Hora de mirar

«No nos engañemos, el milagro somos nosotros cuando amamos a otra persona sin exigir nada, sin querer que se convierta en nuestra marionete; cuando perdonamos, mucho más allá de la lógica o de una justicia contable».
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 28 oct 2018

Miedo, ira vergüenza, indignación, alegría, felicidad, duda, preocupación, confianza, cariño, calor, frío, asco, repugnancia, placer… El idioma de la mirada, el lenguaje de los ojos no necesita de palabras, no cae en un bla, bla, bla, monótono y aburrido. La mirada es penetrante, aguda, sincera. Entre dos que se aman las pupilas se intercambian mensajes imposibles de encajar en palabras, van directos al corazón. Los mismo sucede entre dos que se odian o se desprecian. La mirada es inequívoca. A través de las ventanas de nuestros ojos nos asomamos al mundo pero no siempre estamos dispuestos a mirar. En ocasiones nos dedicamos simplemente a ver. Como cristianos, seguidores de Jesús, no podemos eludir esta pregunta: ¿Qué vemos cuando miramos? ¿Cómo miramos a nuestro alrededor, a nuestro mundo? ¿Cómo miramos al diferente?¿Cómo miramos al que consideramos superior? ¿Y al que consideramos inferior?

Frente a los diferentes, hemos superado, se supone, nuestro espíritu troglodita y nos dedicamos a mirarlos con tolerancia. Ahora toca un segundo paso que es el mirarlos con respeto. Y ya el tercer paso, seria el caminar hacia la fraternidad universal. Para todo esto es necesario ver todo al trasluz del amor desinteresado. Quitar las cataratas de nuestro egoísmo y la miopía de nuestros prejuicios. El problema mayor es que esto conduce a la clausura del oído. Como si fuésemos serpientes encantadas, bailamos solo al son de una música, aunque sea canto gregoriano, sin que ni siquiera percibamos las demás. Por eso es necesario que de vez en cuando nos griten, nos despierten de nuestro letargo, nos bajen un poco de nuestro oasis dulzón y nos recuerden que por desgracia en nuestro mundo hay todavía muchos que gritan y no son oídos.

El evangelio de este domingo, muestra cómo los discípulos estaban tan contentos escuchando a Jesús y no querían que nadie los interrumpiese. Pero la reacción de Jesús es la contraria. No puede seguir su camino, ignorando el sufrimiento de aquel hombre. La razón es sencilla: el centro de la mirada y del corazón de Dios son los que sufren. Su vida es, antes que nada, para los maltratados por la vida o por las injusticias: los condenados a vivir sin esperanza por culpa de nuestro egoísmo. Al ver actuar a Jesús, los discípulos reciben una enseñanza fundamental: no hay seguimiento sin escuchar a los que sufren, sin mirarlos a los ojos e intentar hacer algo por ellos. ¿Qué quieres que haga por ti? Le pregunta Jesús a Bartimeo. A partir de ahí todos podemos hacer milagros, milagros de los de verdad que conducen a la curación sin grandes portentos, sin que tenga que salir el genio de la lámpara.

No nos engañemos, el milagro somos nosotros cuando amamos a otra persona sin exigir nada, sin querer que se convierta en nuestra marionete; cuando perdonamos, mucho más allá de la lógica o de una justicia contable. El milagro somos nosotros cuando, a pesar de nuestras limitaciones, sin embargo podemos proclamar a un Dios bueno, podemos abrir caminos por los que discurran sin dificultad los que están al borde del camino, o los que han perdido la esperanza. El milagro somos nosotros cuando, en las circunstancias más adversas somos capaces de sonreír y sembrar esperanza; cuando acariciamos la vida de otro aunque no sea más que con nuestra mirada y nuestro oído. Hoy es milagro compartir sin cálculo, sin medida. El milagro es mirar a los ojos al que sufre y decirle “cuenta conmigo, yo cuento contigo”. Ojalá que tomemos buena nota de esto y a lo largo de esta semana, cuando nos encontremos con nuestro Bartimeo particular, también seamos capaces de obrar en él un milagro. Suerte.

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