La Palabra en la Eucaristía dominical: Fiesta de la Sagrada Familia

1Sam 1, 20-22.24-28; segunda: 1Jn 3, 1-2.21-24; Evangelio: Lc 2, 41-52
pastoral | 26 dic 2018 | José Antonio Ciordia, New Jersey

La liturgia de este día adorna la fiesta con notable profusión de lecturas. Se nos ofrece dónde elegir y sobre qué meditar para que la realidad de la Sagrada Familia sea objeto de sincera y adecuada celebración. El tema es la familia. La familia como institución de Dios, como realidad humano-divina, donde Dios salvador actúa e inviste a sus miembros de valor para que sus miembros unos a otros puedan despertar su capacidad de amar, de amar creativamente. En el caso presente, la realidad familiar recibe una coloración y entraña extraordinariamente “divina”. Se trata de la Sagrada Familia, de la familia de Jesús. Si Dios-Amor irrumpe en el mundo, creando y sosteniendo relaciones divinamente amorosas con los hombres, éstos, a su vez, transidos del Espíritu de amor, son constituidos presencia divina amorosa en todas direcciones. Sobresale la institución divina que llamamos familia. Para entenderla y llenarla de sentido y vivirla en lo que a nosotros toca, se nos ofrece mirar e imitar a la familia en la que Dios hecho hombre derrama con su presencia el amor creativo del Padre, manifestado en el Hijo en la fuerza del Espíritu Santo.

Cada una de las personas que la integran, Jesús, María y José, irradia la presencia amorosa de Dios, en el modo y manera en que contribuyen a formar la familia, reflejo patente de la que, abusando un poco del término, podríamos llamar como familia a la Santísima Trinidad. Comunidad y comunión de amor, ejercido y expresado según el papel recibido por cada uno de ellos en esta institución. Jesús, por encima de todo, mira al Padre. Y, mirando al Padre, reconoce Jesús en José al “padre” que Dios le ha asignado en el desarrollo de su misión en este mundo; lo mismo respecto a María. A su vez, José y María, mirando al Padre, reconocen en Jesús la presencia excepcional de Dios en sus vidas, marcándolas indeleblemente con una relación a él como “padre” y como Madre.

Contemplemos a María en su misión de Madre de Dios y hagamos desfilar por nuestra mente la serie de escenas que las lecturas evangélicas nos ofrecen de ella, desde un “Alégrate, llena de gracia” hasta “Una espada atravesará tu alma”, desde las Bodas de Caná – “No tienen vino”- hasta “He ahí a tu hijo” en boca de Jesús desde la cruz; desde “Concebirás y darás a luz un Hijo” hasta “¿Por qué nos has hecho esto?”, en el templo de Jerusalén. Siempre madre, siempre Madre de Cristo el Señor.

Algo semejante podríamos observar en José: su obediencia, su docilidad, su fe, su entrega a la voluntad de Dios, su trabajo… La consideración de la familia “divina” nos abre las puertas a la comprensión y realización de la familia “humana”, teniendo en cuenta que, con la presencia de Dios-Amor en nosotros, la familia llamada “humana”, trasciende su “humanidad” para participar de la “divina”. Celebrémoslo con gratitud y esforcémonos por mantenerla viva según el querer de Dios. Dios anida en la familia y la familia anida a Dios.

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