La Palabra en la Eucaristía festiva: Solemnidad de la Natividad del Señor

Is 52,7-10: Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios. Sal 97,1.2-3ab.3cd-4.5-6: Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Hb 1,1-6: Dios nos ha hablado por su Hijo. Jn 1,1-18: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.
pastoral | 23 dic 2018 | José Antonio Ciordia, New Jersey

La liturgia de la solemnidad de hoy se presenta radiante, como luminosas facetas de una misma piedra preciosa, en tres celebraciones concretas: Misa de Medianoche; Misa de la Aurora; Misa del Día. Tomemos como punto culminante y centro de atracción el texto de Lucas. Y, situados en él, fijemos nuestro ojos y mente en la sorprendente narración del acontecimiento. Sorprendente por la completa ausencia de color, de sonido y de espacio. ¿Pensamientos de José? ¿Emociones de María? ¿Palabras festivas y soñadoras de los profetas? Lo más trivial en lo más trivial del nacimiento de un niño. ¡Y era el Mesías! Nada de nada. Podríamos decir que Dios viene al mundo a través de la nada. Esto nos conduce al Todo en la nada y a la nada – poquedad e insignificancia -, en el Todo. ¿No participa de ello, a su modo, del todo y de la nada, la realidad del hombre, imagen del Altísimo y polvo de la tierra? En el Todo tiene sentido su “nada”, porque de su “nada” se ha revestido el Todo. No hay cosa alguna que pueda aplastar al hombre fundado enCristo Jesús; tan solo la nada, tan nada, de querer convertirse en el Todo. Lo llamamos pecado. En el Todo de Dios encontrará el hombre su “todo”, porque en la “nada” del hombre Dios se encontró con él.

He mencionado la palabra “historia”. El evangelista se muestra sensible a esta dimensión del ser humano; no en vano, consecuentemente, ensambla el nacimiento de Jesús en el cuadro de la historia universal. De ahí la mención material de los magnates y poderes políticos del momento. El nacimiento de Jesús es una intervención divina que va a convulsionar la historia entera. El acontecimiento tiene alcance universal: es historia y va a hacer historia; es humano y va a transformar a la humanidad. Y la luz de lo alto se derrama sobre los más simples y olvidados en aquel lugar: unos pastores, sin relieve alguno ni humana personalidad: “Os ha nacido un salvador”. ¿Quién nos iba a decir que unos innominados pastores iban a entrar, como destinatarios y misioneros, en la manifestación salvadora de Dios? Sus ojos casi cerrados por el sueño vieron la gloria de Dios. Abramos los nuestros para ver a nuestro Salvador.

Las lecturas, primera y segunda, que preceden a la proclamación evangélica, corean, a su vez, la Buena Noticia. Ya en el pasado, una intervención divina hizo tornar las tinieblas en luz, en libertad la opresión, en vida la muerte; centrada la acción de Dios en el nacimiento de un niño; de un niño providencial, vinculado a las promesas de Dios sobre la casa de David. El profetalo vislumbró de lejos; nosotros lo contemplamos de cerca. Pero la cercanía que a nosotros se nos ofrece es una participación de un futuro glorioso que no tendrá fin, “pues el celo de Dios lo realizará”. El salmo responsorialeleva a sonoro y vibrante canto, de amplitud universal, con el estribillo – “Nos ha nacido un salvador” – la proclamación del acontecimiento. Pablo, en la segunda lectura, nos arrastra a la consideración del poder trasformador de la venida de Cristo: una vida nueva con una visión de futuro nuevo; un cambio actual respecto a Dios para una plenitud de posesión de su gloria: “La aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”. El nacimiento de Jesús implica el renacimiento a lo divino del ser humano.

No hace falta insistir mucho más en las lecturas de las misas de la Aurora y del Día. El relato evangélico de la primera continúa el de la Misa de Medianoche: los pastores, avisados de lo alto, buscan y encuentran al Salvador. El impacto de la visión los trasciende y los convierte en misioneros del mensaje de Dios. El profeta, vidente de Dios, primera lectura, viene a corroborar ese movimiento: “Haz oír esto hasta el confín de la tierra”, “los llamarán Pueblo Santo, redimidos del Señor”. Podemos denominar el acontecimiento con Pablo, segunda lectura, “Bondad de Dios y su Amor a los hombres”. El Dios Bueno entra en nuestro ámbito para hacernos buenos; el Dios Amor nos abraza amorosamente para abrazarnos unos a otros en él. El nacimiento de Jesús inicia un nacimiento nuevo en nosotros con el don del Espíritu Santo, para constituirnos, ya desde ahora, herederos de la vida eterna. Notable, por último, en el relato evangélico la nota referente a la Virgen María, que, como Madre singular en el plan de Dios, “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Ejercicio maternal de suprema familiaridad y convivencia con Cristo. Nuestro nuevo nacimiento en él nos introduce en esa familiaridad “de dar vueltas en nuestro corazón” para que la convivencia con Jesús sea la norma de toda nuestra existencia.

Las lecturas de la Misa del Díanos conducen por otros derroteros, especialmente la lectura evangélica. Saltamos del tiempo y del espacio al pre-tiempo y al pre-espacio, por decirlo da alguna manera: al más allá del tiempo y al más allá del espacio. El llamado “prólogo” del evangelio según San Juan nos trasporta al “seno-corazón” de Dios, más allá de la existencia de este mundo, de su principio y su fin. Coloquémonos, pues, en la misma suprema realidad eterna de Dios antes del tiempo y después del tiempo, para vernos nosotros, tiempo y espacio, vinculados a él para siempre, en virtud del “Verbo que se hizo hombre y acampó entre nosotros”. Notemos el movimiento que lleva esta composición literaria que podemos llamar “himno”: movimiento “parabólico”, primero; movimiento “circular centrípeto”, segundo; y movimiento de “confrontación”, tercero.

El primero arranca del corazón de Dios, por así decirlo, derrama a su paso toda existencia real fuera de él entra en el ámbito humano y levanta el vuelo hacia las alturas para con él nosotros descansar en el “seno” del Padre: el Verbo-Palabra de Dios, Dios mismo, distinto del Padre. La consistencia y existencia de nuestra realidad viene definida por este movimiento; no podremos ni entendernos ni realizarnos al margen de él. En virtud del Verbo Encarnadovenimos de Dios y a Dios nos encaminamos en perspectiva de una plenitud de existencia divino-humana, destinada a no acabar nunca.

El segundo movimiento viene señalado por una referencia esencial de nuestras personas al Verbo Encarnado. Toda la creación lleva grabada su imagen, toda ella gira en torno a él; para ser, y ser lo que han de ser, todas las creaturas, en concreto el ser humano, han de estar en disposición de oírlo, seguirlo y entrar en comunión con él, con Cristo Jesús: “A los que creyeron en él se le dio el poder de ser “hijos de Dios”. Si fuimos creados a “imagen y semejanza de Dios” (Génesis), no podremos serlo sino en la Imagen de Dios invisible, el Verbo Encarnado. Es menester nos demos cuenta de ello, para no enturbiar y desfigurar nuestro ser y personalidad al distanciarnos de la Imagen personalizante del Verbo hecho hombre.

El tercer movimiento, que llamamos de confrontacióno enfrentamiento, viene señalado por la oposición, a veces sangrienta, que se le hace a Cristo Jesús: “Vino a este mundo, y los suyos no lo recibieron …”. Estos tres movimientos modelan nuestra realidad cristiana: venimos de Dios y Dios vamos; vivimos en Cristo Jesús; ello conlleva un enfrentamiento con los poderes, del diablo, de este mundo, que intentan deshacerse de él y de nosotros en él.

Muy a tono con el mensaje evangélico, la carta a los Hebreos, segunda lectura, nos abre las pertas a una contemplación de la realidad divino-humana de aquel cuyo nacimiento celebramos estos días. Es el Hijo de Dios, y, como tal, portador de Dios mismo a nuestras vidas; primero con una visión de lo que es “Reflejo de su gloria, Impronta de su ser, el que sostiene el universo con su palabra poderosa”, centro y sentido de todos los tiempos y edades, iniciador de una creación nueva y definitiva hacia la que caminaban, guiados por su mano, todos los siglos y existencias; a continuación, purificador de los pecados. Hagamos nuestro el canto de Isaías, primera lectura, y celebremos llenos de entusiasmo y profundamente agradecidos el Nacimiento de nuestro Salvador, sentado ahora a la derecha de Dios en las alturas. Es nuestro Jesús en la eucaristía.

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