“Su homilía dominical se escuchaba en todos los rincones del país; y también en los cuarteles; y en las mansiones de los mandamases”

Teodoro Baztán (Navarra, España, 1936) es agustino recoleto y el año 1980 visitó Managua, donde en aquel tiempo los Agustinos Recoletos tenían una comunidad perteneciente a la Provincia de Nuestra Señora de la Consolación y que estuvo activa entre 1959 y 1988. Tuvo la oportunidad de conocer a Óscar Romero, canonizado hace una semana por el Papa Francisco. Esta es su historia.
testimonios | 21 oct 2018

Tuve la suerte de conocer a Óscar Romero solo dos meses antes de caer abatido por las balas. Unas balas que no han sido capaces de acallar su voz ni de empequeñecer su figura. Y lo conocí precisamente ahí donde fue asesinado.

Fue en un hospital para cancerosos. Ellos, y las religiosas que los atendían, eran su familia, su hogar. El hospital, su casa. Allí oraba, estudiaba y preparaba sus homilías dominicales. Y en él recibía a todos los suyos: a los sencillos y a los pobres, a los perseguidos y a los que luchaban por una vida más humana y más justa. Me acompañó en la visita Fermín Moriones, agustino recoleto y párroco.

Nuestra entrevista duró más de una hora. Hablamos de la situación del país, de la lucha del pueblo, de la Iglesia salvadoreña, del trabajo pastoral de nuestra comunidad agustino-recoleta, del testimonio valiente de los cristianos, de los religiosos y sacerdotes comprometidos todos en una misma lucha por la justicia como camino de evangelización.

Hablamos mucho. Pero no eran únicamente palabras, palabras más o menos bonitas o llamativas que se pueden pronunciar al margen de unos hechos. Como Jesús, pasó por la vida diciendo y haciendo el bien.

Viví con él una jornada que, para mí, fue un verdadero testimonio. Fuimos juntos por caminos difíciles e interminables a un pueblo perdido entre montes para celebrar la fiesta patronal con los campesinos. Misa al aire libre con muchísima gente venida también de los alrededores. Primeras comuniones, una boda, confirmaciones...

Él se mantuvo sin un gesto de cansancio, sencillo como ellos, muy cercano a todos. Escuchaba y anotaba todo lo que oía. Luego, el domingo, lo proclamaría a los cuatro vientos de una manera firme y contundente. Vi a madres que se acercaban a él, llorando, para contarle su desventura y dolor por el hijo asesinado, torturado o desaparecido.

Porque su voz era la voz de los pobres, la voz de los que no tenían voz. La voz de la Iglesia, la voz del Padre, la voz del Profeta. La voz que, en la homilía de su misa dominical, se escuchaba en todos los rincones del país. Y también en los cuarteles. Y en las mansiones de los mandamases.

La catedral se llenaba hasta los topes para celebrar con él la Eucaristía y para escuchar su palabra. Si en el trato personal parecía tímido e introvertido, en el púlpito su figura se agigantaba y su palabra era clara, valiente, denunciadora y evangélica, con homilías todas de más de una hora; a veces, dos y aún más, si el momento, la problemática o el tema lo exigían.

Se le escuchaba con agrado, con interés. Pedía y exigía justicia. Pedía y exigía amor. Denunciaba las torturas, la explotación del pobre, la situación de hambre y de miseria, la marginación de la mayoría. Ponía en evidencia un sistema político que amparaba únicamente al poderoso, al más fuerte.

Y todo ello desde el Evangelio de Jesús, con la fuerza del Espíritu, con la verdad de los hechos y con la convicción de su fe cristiana vivida hasta la raíz. Y por eso lo mataron. Por ser la conciencia y la voz de todo un pueblo.

Lo mataron porque la Verdad no admite componendas, y a Ella la mataron primero. “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros”. Son palabras de Jesús. Lo mataron por subversivo. Y era cierto: es que no se podía esperar justicia de un sistema político injusto y opresor; lo asesinaron como a los Profetas y a Jesús, por identificarse con su pueblo, por fidelidad a Dios y al Evangelio.

Pero su palabra no ha muerto con él, ni tampoco la obra comenzada. La siembra ya está hecha. Un día fructificará, tiene que ser así porque la sangre de los mártires es semilla de fe, de amor y de justicia.

Este es su testimonio:

“He estado amenazado de muerte frecuentemente. He de decirles que como cristiano no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Lo digo sin ninguna jactancia, con gran humildad. Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por aquellos a quienes amo, que son todos los salvadoreños, incluso por aquellos que vayan a asesinarme.
Si llegasen a cumplirse las amenazas, desde ahora ofrezco a Dios mi sangre por la redención y por la resurrección de El Salvador. El martirio es una gracia de Dios, que no creo merecerlo. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza pronto será una realidad.
Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea para la liberación de mi pueblo y como un testimonio de esperanza en el futuro. Puede decir usted, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a aquellos que lo hagan. De esta manera se convencerán de que pierden su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, nunca perecerá”.
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