Domingo XXVIII del tiempo ordinario: Bajarse de la noria

«La vida cristiana, el seguimiento de Jesús podemos verlo también como un paseo por el parque de atracciones, montados en el tiovivo del cumplimiento de los mandamientos o en la montaña rusa sin movernos del sofá. Si somos medianamente consecuentes con el evangelio, seguro que a la tercera vuelta sentimos tal náusea que no tenemos más remedio que abandonar y pensar muy bien cómo queremos que sea nuestro compromiso cristiano».
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 14 oct 2018

En un parque de atracciones la diversión nos viene dada. Simplemente tenemos que subirnos a la atracción que más nos guste de acuerdo a nuestras preferencias. Aunque algunas nos den un poco de miedo, nos fiamos y nos sentimos seguros.

La vida cristiana, el seguimiento de Jesús podemos verlo también como un paseo por el parque de atracciones, montados en el tiovivo del cumplimiento de los mandamientos o en la montaña rusa sin movernos del sofá. Si somos medianamente consecuentes con el evangelio, seguro que a la tercera vuelta sentimos tal náusea que no tenemos más remedio que abandonar y pensar muy bien cómo queremos que sea nuestro compromiso cristiano. Si queremos ser meros monigotes anclados en la infancia espiritual y en la continua edad del pavo o, por el contrario, queremos ser cristianos maduros, dispuestos a luchar por un mundo más humano.

Al joven rico, que nos presenta el evangelio de este domingo, le pasa algo parecido. Desde pequeño ha cumplido todos los mandamientos, pero se siente insatisfecho, se da cuenta que le falta algo. Cuando recurre a Jesús, éste le invita a seguirle a él hasta el final: «Una cosa te falta: vende lo que tienes y da el dinero a los pobres... luego, ven y sígueme». El mensaje de Jesús es claro. No basta pensar en la propia salvación; hay que pensar en las necesidades de los pobres. No basta preocuparse de la vida futura; hay que preocuparse de los que sufren en la vida actual. No basta con no hacer daño a otros; hay que colaborar en el proyecto de un mundo más justo, tal como lo quiere Dios. No se esperaba este inquieto joven la respuesta de Jesús. Buscaba luz a su inquietud religiosa, y Jesús le habla de los pobres. Tal vez ésta es la postura más generalizada entre los cristianos: preferimos nuestro bienestar aunque sea a costa de los demás. Intentamos ser cristianos sin «seguir» a Cristo. Su planteamiento nos sobrepasa. Nos pone tristes porque, en el fondo, desenmascara nuestra mentira, nuestra mediocridad. Pero tenemos que salir del cascarón y ponernos manos a la obra; jamás anestesiar nuestra inquietud.

Otro aspecto muy importante es que nos encontramos con el segundo colectivo que no puede acceder al Reino de Dios, es decir que tanto los que no se hacen como niños (evangelio del domingo pasado), como los ricos, van a tener muy difícil encontrarse con Dios. Jesús le invita a no retener bienes que son indispensables para que otros puedan vivir dignamente. Jesús no quiere hacer del joven rico un asceta o un amante del olor a parafina, sino una persona solidaria que permita que los demás también puedan ser felices. La exagerada metáfora del camello nos permite hacernos idea de lo difícil que es encontrarnos con Dios desde la seguridad de la vida resuelta. Y no se trata de poner el camello a dieta espiritual sino de empequeñecernos a fuerza de solidaridad, a fuerza de dejar todas nuestras seguridades y echarnos en las manos invisibles pero seguras de Dios.

El reto de acabar con la injusticia clama cada vez con más fuerza. Como cristianos hemos de examinar muy bien nuestra conducta y ver si en nosotros hay un verdadero compromiso por la justicia o nos encanta seguir paseando por el parque de atracciones sin ni siquiera emocionarnos. Como dice el refrán, una cosa es hablar y otra dar trigo. Una cosa es anhelar que todos tengan paz, pan y techo, y otra estar dispuesto a salir a terreno descubierto, donde está quien carece de todo. Ojalá cada día le pidiésemos que nos dé el coraje de tomar, hoy y siempre, la dirección que nos acerque a su Reino. Y no nos conformemos con el monótono giro de la noria, los sustos medidos de la montaña rusa. El joven rico al menos intentó seguir a Jesús, se hizo preguntas, se bajó de la noria. El Reino exige riesgo y audacia. Como siempre, depende de nosotros.

 

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