Domingo XXVII del tiempo ordinario: Fusión

«La familia está en peligro de extinción. Y no se trata de lamentarse o de elaborar listas interminables de causas. Busquemos la forma de cambiar la situación. La única manera es que volvamos a meter en casa a Dios, que le dejemos formar parte de nuestra familia, que en los momentos menos buenos le pidamos ayuda y en los momentos buenos le alabemos y le demos gracias».
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 07 oct 2018

En los últimos decenios la gastronomía se ha convertido en algo así como en una rama de la química. Los fogones parecen más laboratorios con matraces y pipetas que lugares llenos de ollas humeantes y sartenes chispeantes. Una de las palabras más de moda es “fusión”. Los sabores y las texturas se funden de forma indivisible y solamente se descifra la identidad de cada cual después de un saboreo “consciente”.

La fusión no es solo cosa de sabores o de fogones modernos. La fusión más mágica que existe es la del amor humano: Abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Es decir que ambos quedan unidos de tal forma que se convierten en uno solo con todo lo que esto implica. ¡Qué gran misterio! Además no es algo efímero, para una temporada, sino que se trata de algo indisoluble: Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Se produce entre ellos un deseo continuo de estar juntos. Todo se soporta y se acepta. En el lenguaje coloquial suele decirse que entre ellos hay “química”. Tampoco conocemos cuál es la fórmula de ese compuesto mágico, la receta de esa pócima maravillosa que anonada a los enamorados. Pero sí sabemos cuál es el efecto: convertirse en una sola carne.

Tenemos ante nosotros el fermento de cualquier sociedad: la familia. La mayoría de los problemas que azotan nuestras sociedades tienen su raíz en el deterioro de la vida familiar. La familia está en peligro de extinción. Y no se trata de lamentarse o de elaborar listas interminables de causas. Busquemos la forma de cambiar la situación. La única manera es que volvamos a meter en casa a Dios, que le dejemos formar parte de nuestra familia, que en los momentos menos buenos le pidamos ayuda y en los momentos buenos le alabemos y le demos gracias.

Muchos hoy al escuchar la Palabra de Dios recordaréis el día de vuestro matrimonio. Os invito a que lo hagáis y en un rápido viaje por vuestra memoria hagáis un pequeño cálculo: ¿cuánto queríais a vuestra pareja el día de la boda y cuánto le queréis ahora? Espero y deseo que el saldo de la operación sea positivo. Si no es así, pedid sinceramente a Dios que os ayude, recordad aquellos años de noviazgo y el día en que le disteis el sí a Dios y dejasteis de ser dos y os convertisteis en uno solo.

Por último: Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida, se pide en el salmo. Pues que así sea, ¿verdad? Ese es, creo, nuestro deseo continuo.

 

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