La Palabra en la Eucaristía dominical: Cuarto domingo de Adviento

Miqueas 5,2-5; Hebreos 10,5-10; Lc. 1,39-45.
pastoral | 18 dic 2018 | José Antonio Ciordia, New Jersey

Las lecturas van acercándonos cada vez más al acontecimiento salvador para el que nos estamos preparando: el Nacimiento de Cristo Jesús, el Salvador. La cosa viene desde muy antiguo, nos asegura Miqueas; y nos hace retroceder a los casi olvidados tiempos de la historia de Israel. Pero Dios no duerme y no deja de herir los oídos de su pueblo por la voz de los profetas. Judá, quizás en un tiempo tentado por el atractivo cananeo, estuvo a punto de separarse de sus hermanos, pero Dios que mantiene firme sus planes, no solo lo hizo volver a sus orígenes, sino que lo eligió como tribu de la que nacería el salvador. Y es en este contexto donde aparece con nitidez y soltura el nombre de Belén, patria del “ungido” rey David; principio concreto de la tradición mesiánica, que atravesará como hilo conductor la historia del pueblo elegido hasta llegar a Jesús, hijo de José, de la casa de David. Miremos, pues, a Belén, y allí nos encontraremos con el cumplimiento de las promesas del Señor.

Y el que viene, viene de lo alto, de las esferas divinas, toma como propia nuestra condición humana y, en ella y con de ella, cubre la infinita distancia que separaba al hombre de Dios. Y, sin dejar de ser Dios, hecho hombre, y en esta particular condición, entra en este mundo de alejamiento y de pecado, en perfecta comunión con Dios: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados”. Rompe, pues, Cristo, la condena que pesaba sobre nosotros de ser “imagen de Dios” y de haberla borrado casi totalmente, con deterioro grave de nosotros mismos, de nuestra propia identidad humana, y nos lleva con él a una comunión con Dios tal que nos hace participar de su propia santidad, elevándonos a una condición que podremos llamar “divina”. Imprescindible, especialmente en estos días, acercarnos piadosa y reverentemente a la persona de Jesús. La realidad de su mesianismo, y de su reino, por tanto, ha de ser una maravillosa y completa comunión con la voluntad del Padre. Tal conducta erigirá al Mesías en Sumo Sacerdote.

La estampa evangélica de la “Visitación de María a Isabel” corona el mensaje de este día y lo impregna de gracia, de tierna frescura y de auténtica Buena Nueva. Dos madres, dos creaturas en camino de entrar en nuestra historia; dos mensajeros insignes, el primero subordinado al segundo, Juan y Jesús. Ya antes de nacer, en el vientre de sus respectivas adres, celebran un significativo encuentro, que preanuncia lo que va a venir, respecto al “Que Viene” y respecto al que lo anuncia por venir. La vivencia de una y otra de las madres, aun el salto del bebé en el seno de Isabelante la presencia del “Señor”, viene impregnada por la acción del Espíritu de Dios. De ahí que tanto las palabras de una como de otra arranquen y broten de la presencia en ellas del Espíritu Santo; palabras divinas en consecuencia. Y así hemos de tomarlas: como manifestación de la obra salvadora de Dios. La misma “visita” de María es una visita de Dios a Isabel; el encuentro de los niños es un encuentro salvador.

De rigor y de auténtica necesidad, para introducirnos en la escena, como participantes de ella, es rumiar devotamente tanto las palabras de Isabel - ¡son del Espíritu Santo! -, “¿De donde que venga a mí la madre de mi Señor?”, como las de María – “Proclama mi alma la grandeza del Señor…” Y, aunque todo el relato transparenta un interés cristológico – es la presencia de Jesús la que mueve toda la escena-, es menester ver, y en consecuencia apreciar, la eminente figura de Ntra. Señora, sostenida especialmente por “Bendita Tú …”, en boca de Isabel, y “…Dichosa me dirán todas las generaciones …”, en boca propia. La grandeza de Dios no se mide por el aparato espectacular que puede acompañarla, sino por la fuerza creativa que expande por sí misma. El elemento “fe” juega un papel decisivo en este encuentro con Dios en su Salvador Jesucristo, nacido de María Virgenpor obra del Espíritu Santo.

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