La Palabra en la Eucaristía dominical: Primer domingo de Adviento

Lecturas: Jer. 33, 14-16: I Tes. 3, 12-4,2; Lc. 21, 25-28
pastoral | 29 nov 2018 | Jose Antonio Ciordia, New Jersey

Pensemos o no pensemos, queramos o no queramos, nos plazca o no nos plazca, ante nuestros ojos, y vamos de camino, se extiende, voluminoso e indefinido, el espacio temporal, que llamamos futuro, nuestro por estar nosotros dentro. En manos de Dios, sobre todo, y en las nuestras, en lo que a nosotros atañe. Somos del futuro y el futuro se nos ofrece como nuestro. Porque Dios es nuestro futuro. Para nosotros, adheridos a Cristo, el futuro tiene un rostro y un contenido. Su rostro, dominado por la figura de Cristo, es ya garantía y oferta de un contenido: Dios mismo en él y en nosotros. El Señor viene. Celebramos la Venida del Señor

Su venida – Adviento-, desata una apreciable variedad de destellos que han de iluminar nuestra mente, han de despertar nuestra atención y han de motivar nuestros pasos. Sin duda alguna que, bien apreciados y acogidos, han de forjar nuestra personalidad cristiana y nuestro destino para siempre.

El evangeliose detiene, mediante un especial tipo de literatura, apocalíptica la llaman, en recordar, como elemento insoslayable, la caducidad de la creación en que vivimos. Pero no en sentido nihilista, sino abocado el derrumbamiento de la antigua creación a una creación nueva, dominada por la espectacular manifestación en poder y gloria del Hijo del Hombre. La nube lo caracteriza como perteneciente a la esfera divina. Esfera divina que, dicho sea de paso, se nos ofrece abierta a los humanos: “Levantaos, alzad la cabeza …” como realidad suprema y definitiva. Dada la situación de conflicto existente entre el plan de Dios y los poderes llamados de este mundo, se hace imperiosa la exhortación a tomar las debidas cautelas y a seguir el camino que conduce indefectiblemente a Cristo Jesús, y, a través de él, a Dios nuestro Padre. Ante semejante panorama, no es para sentirnos lastimados por el derrumbamiento del actual orden de cosas, sino más bien, agradecidos, por vernos liberados de él. Esta cristiana perspectiva ha de motivar actitudes concretas en nuestras vidas particulares, si queremos “vivir el tiempo de Adviento”.

Lejos de nosotros, por tanto, todo aquello que desdiga de nuestra condición de pertenecientes al reino de Dios; mantener vivo y convincente el aprecio a lo que se nos ha prometido. Cosa que no podrá acontecer, si nuestra mente no se ocupa seriamente de ello, nuestra emotividad no se siente arrastrada por su verdad y belleza y nuestra voluntad no se decide a arrostrar todo obstáculo para alcanzar el triunfo. Sustancialmente requerido el ejercicio de las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad. De forma concreta, como lo señalan las lecturas: vigilancia, sobriedad, oración, obras de misericordia... “Las sendas del Señor son misericordia y lealtad”, nos asegura el salmo. El evangelio, en concreto, exhorta seriamente en que nos mantengamos en pie, pidiendo insistentemente fuerza de lo alto para conseguirlo. Esa misma insistencia viene puesta de relieve en las palabras de Pablo a los Tesalonicenses: “Que el Señor os haga rebosar de amor mutuo … y os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre”. El profeta, por su parte, nos anuncia desde antiguo la disposición de Dios: “…suscitaré a David un Vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra …” Buena tarea para el tiempo de Adviento.

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