Domingo XXV del tiempo ordinario: Libres

«Este evangelio pone al trasluz nuestras aspiraciones humanas y nuestro deseo de libertad. La libertad es un patrimonio sagrado, un derecho fundamental pero sabemos que no consiste en hacer lo que queremos en cada momento. La libertad bien entendida no huye del compromiso sino que lo asume como necesario; no perdemos nuestra libertad cuando nos implicamos y complicamos con las cosas y las gentes. Porque la libertad está para ir dándola».
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 23 sep 2018

El nudo de una red estaba harto de vivir junto a sus compañeros. Quería ser libre, vivir a su aire y conocer mundo. Un buen día se despidió de ellos y empezó su aventura. Se sentía raro porque echaba de menos su antigua red, pero a la vez feliz porque era libre. Mientras descansaba en un parque se encontró con el eslabón de una cadena que había decidido también emprender su vida en solitario, pero él estaba pensando volver y encontrarse con sus antiguos compañeros porque la libertad de hacer lo que le daba la gana, de ir de aquí para allá sin contar con nadie, no era tan divertida como pensaba. Se había dado cuenta de que estaba hecho para vivir junto a otros y aportar sus cualidades en la cadena. Por este motivo había decidido regresar junto a los suyos. El nudo pensó lo que le dijo el eslabón y se dio cuenta de que llevaba razón, que un nudo solitario no vale para nada, que estaba hecho para vivir junto con otros; aunque su red no fuese perfecta, era la suya.

En el evangelio de hoy, Jesús anuncia a sus discípulos por segunda vez su pasión. Pero mientras habla de entrega y fidelidad, ellos están pensando en quién será el más importante. No creen en la igualdad y la fraternidad que busca Jesús. En realidad, lo que les mueve es la ambición y la vanidad: ser superiores a los demás, pues estaban convencidos de que él iba a ser una persona importantísima, un rey. No se habían enterado de que a la hora de seguir a Jesús no hay que mirar tanto a los que ocupan los primeros puestos y tienen nombre, títulos y honores. Importantes son los que, sin pensar mucho en su nombre, prestigio o tranquilidad personal, se dedican, sin ambiciones y con total libertad a servir, colaborar y contribuir al proyecto de Jesús. No lo hemos de olvidar: lo importante no es quedar bien sino hacer el bien. Respecto a la alusión a los niños: Jesús no sólo se refiere a su inocencia sino también a que en algunos contextos eran marginados, vendidos o explotados.

En ocasiones pensamos que la vida cristiana, que la Iglesia, es una especie de pasarela Cibeles donde tenemos que lucir el palmito espiritual. La vida cristiana no consiste en ser celebrities de la piedad sino verdaderos maestros en la caridad y en el servicio sencillo y desinteresado. Pero nos volvemos a equivocar como los discípulos si nos quedamos mirando al dedo cuando nos están señalando la luna. La vida cristiana no es para figurar, no consiste en acumular títulos, abonarse a los estrados y padecer tortícolis crónica de tanto mirarse el ombligo. El seguimiento de Jesús no consiste en ver los toros desde la barrera o desde el palco, mientras nos dejamos abanicar. El seguimiento de Jesús implica necesariamente que tenemos que saltar a la arena y ponernos a servir. La vida toda es servicio.

Este evangelio pone al trasluz nuestras aspiraciones humanas y nuestro deseo de libertad. La libertad es un patrimonio sagrado, un derecho fundamental pero sabemos que no consiste en hacer lo que queremos en cada momento. La libertad bien entendida no huye del compromiso sino que lo asume como necesario; no perdemos nuestra libertad cuando nos implicamos y complicamos con las cosas y las gentes. Porque la libertad está para ir dándola. La libertad se va entregando y compartiendo en pequeñas elecciones. La libertad tiene que saber elegir. Y así, uno se construye y se ata, se define y se da… como el nudo y el eslabón.

Por tanto, si tenemos demasiada preocupación por figurar o porque se nos tenga en cuenta, ya sabemos que ése no es el camino, sino el ser como niños, el tener la mirada clara y la mano siempre tendida porque no hay nada que esconder. Seamos libres, abandonemos el “qué dirán” y el chismorreo piadoso y demos rienda suelta a la caridad. Desfilemos por la pasarela del amor sin esperar que nos aplaudan, sino contentos como el nudo y el eslabón porque vivimos nuestra vida ayudando y sirviendo a los demás, contribuyendo a un proyecto común.

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