“Trátense como extraños, para que no los deporten a todos”

El Centro de Acogida de solicitantes de asilo de Anthony (Nuevo México) ha sido el compromiso solidario y pastoral de la Parroquia local, en la que sirven los Agustinos Recoletos. Las difíciles historias y las crueldades vividas durante el camino se cambian aquí por un lugar de escucha, descanso, seguridad y hasta juego para los más pequeños.
noticias | 21 sep 2018

La parroquia de San Antonio de Padua de Anthony, Nuevo México, Estados Unidos, ha llevado a cabo una pastoral de procesos de evangelización desde sus comienzos. En las Eucaristías, por ejemplo, se nota la buena organización y una feligresía siempre participativa. Las pequeñas comunidades de evangelización y los demás ministerios parroquiales tienen a gente con buena formación en la fe. El siguiente paso ha sido armonizar y fortalecer la Pastoral Social.

Existía —y existe— el llamado “Pan de San Antonio”. Entre sus funciones principales estaba repartir despensas de comida y bienes de primera necesidad y la concesión de ayudas a personas para el pago de los servicios básicos como el gas, la electricidad y el agua. Sin embargo, se empezaron a realizar entrevistas de revisión socio-económicas y la mayor parte de la gente dejó de acudir porque, en realidad, no necesitaban esas ayudas.

La comunidad parroquial siguió, así, con la pregunta en pie: ¿quiénes son los pobres y necesitados de nuestra comunidad?

El obispo de la Diócesis de Las Cruces, Oscar Cantú, sabía que había sido designado el 11 de julio obispo auxiliar de San José (California), y que por tanto en breve iba a dejar la Diócesis para irse lejos a otro servicio pastoral; también sabía que los Agustinos Recoletos habían tenido en mayo Capítulo Provincial de la Provincia de San Nicolás de Tolentino, que sirve a la Parroquia de San Antonio desde 1993, y que habría cambios en la comunidad local, incluyendo al párroco.

Aun con estas circunstancias, Cantú eligió a la Parroquia de San Antonio para ser Centro de Acogida para los solicitantes del estatus de refugiado. A tan solo 36 kilómetros de Anthony está uno de los pasos fronterizos más calientes del mundo, el situado entre la ciudad norteamericana de El Paso (Texas) y la mexicana de Ciudad Juárez (Chihuahua).

El servicio de acogida es para familias que entran legalmente a Estados Unidos, pero de forma temporal, puesto que deben pasar por un proceso de investigación para ver si cumplen con la legalidad vigente para ser candidatos al estatus de refugiado y así obtener el asilo.

Cada lunes, los voluntarios de la Parroquia de San Antonio tienen la comida preparada, las instalaciones para pernoctar limpias y con todo lo necesario para descansar, el área de higiene personal y las duchas equipado con jabón y toallas, y la ropa donada previamente seleccionada ya está lavada y planchada para quien la necesite. Unos juguetes sobre una mesa esperan a los más pequeños.

El primer día la calle estaba llena de curiosos para ser testigos de la llegada del primer autobús; dos periodistas ya habían grabado las instalaciones y habían entrevistado a varios voluntarios.

En torno a 30 inmigrantes llegan para ser hospedados en las instalaciones preparadas a este fin. Hay familias completas. En algunos casos llegan sin nada, dado que se ha reportado en el lado mexicano las autoridades les obligan a despojarse de todo: maletas, celulares, juguetes de los niños, y todo tipo de pertenencias personales. No conocemos la razón. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los solicitantes proceden de países centroamericanos.

Aquel primer día incluso había más voluntarios que inmigrantes, porque fueron todos los inscritos para conocer cómo sería la dinámica de cada lunes y cuánta gente iba a necesitar cada equipo de voluntarios para tender correctamente a los recién llegados.

Una vez que llegan los solicitantes de asilo, se les indica dónde dormirán, se les enseñan las instalaciones y se les da de comer. A continuación, caso por caso se comienza a llamar a sus familiares ya presentes en Estados Unidos, para informarles que sus seres queridos ya están en el país y para conocer su dirección exacta y organizar el reencuentro.

Se entrega un teléfono móvil sencillo para que los recién llegados puedan mantener desde ese momento la comunicación con sus familias, además de algunos recursos suficientes para poder comer una vez que salgan de Anthony. Puesto que el siguiente paso es gestionar el viaje para la reunificación familiar.

Anthony está en el extremo sur del centro de Estados Unidos y las familias de los solicitantes de asilo están repartidas por todo el país. El viaje se hace en autobús hasta Nueva York (tres días) o Houston (13 horas en vehículo privado), por ejemplo. Los voluntarios buscan por Internet, compran e imprimen los billetes.

Al terminar el día, todos se retiran a descansar, no sin antes dejar cargando sus sistemas electrónicos de vigilancia amarrados en los tobillos, con los que las autoridades de fronteras e inmigración les siguen los pasos por todo el país, hasta que queda aprobada la concesión de asilo.

Otro equipo de voluntarios examina los horarios de salidas para organizar el número de vehículos de distintas capacidades con que se harán por la mañana los traslados hasta las estaciones de autobús de El Paso, en Texas, o Las Cruces, en Nuevo México, los dos grandes centros de distribución en la región.

Algunos de los refugiados cuentan sus crudas historias. Un joven padre recordaba que lo que les quedaba de viaje no era nada en comparación a las semanas que habían tardado en llegar desde Nicaragua hasta Ciudad Juárez. Caminaron durante días por montes, viajaron metidos en el maletero de un coche, pasaron hambre y sed. Lo peor fue cuando unos agentes de inmigración mexicanos detuvieron a su esposa, una de sus hijas y a su cuñado para deportarlos. ¿Por qué no se quedó con ellos? Porque el objetivo es que alguien llegue a la meta y así, después, conseguir traer al resto de la familia.

Dicen que los coyoteslas personas que se dedican a traspasar fronteras y guiar por los caminos a los emigrantes, ensayan todos los escenarios posibles antes de iniciar la ruta, y dicen a los migrantes qué decir y qué no se debe decir jamás cuando son interrogados. Cuando vienen familias juntas les recomiendan que no lo sepa nadie: “trátense como extraños, para que no los devuelvan a todos”.

Un niño con la máscara dePower Ranger que encontró entre tantos juguetes en el salón parroquial, preguntó antes de subir al autobús: “¿Nos llevan a la cárcel?”. Recordó así el lugar donde les tenían encerrados durante su estancia en México.

Aconsejan a los voluntarios de Anthony no encariñarse con los distintos grupos que van pasando. Pero no es una tarea fácil, ni que no cueste lágrimas.

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