Una crisis de refugiados de hace 80 años para imitar hoy

Las crisis de refugiados de hoy no son un fenómeno nuevo para la humanidad. En 1938, hace ahora 80 años, los Agustinos Recoletos en China hicieron frente a una, y su actuación ejemplar ofrece un testimonio vivo y real del que tomar nota en nuestros días.
noticias | 28 sep 2018

El estallido de la guerra total de Japón contra China, con un tipo de guerra más moderna y la gran capacidad destructiva de los bombardeos aéreos, provocó allí por donde pasó una gravísima situación de mortandad y de grandes movimientos de refugiados: masas de gente que huían de la guerra en busca de protección para sus personas y sus bienes.

Cuando el frente de la guerra avanzaba por el río Amarillo hacia la provincia china de Henan, la situación tocó de lleno a la misión de los Agustinos Recoletos en la entonces llamada ciudad de Kweiteh, hoy Shangqiu. Los propios misioneros han dejado por escrito las vivencias de aquellas inciertas jornadas de guerra.

“En cuanto aparecieron en el horizonte los primeros presagios de la proximidad inmediata de la guerra, las gentes, aterrorizadas, comenzaron a venir en avalanchas a la misión. Venían con todos sus enseres. Cristianos y paganos, sin distinción. Y sin distinción se admitía a unos y a otros” (Ecos de nuestra Misión de Kweiteh).

La gente traía el poco dinero y bienes que podían llevar consigo y todos, ricos y pobres, ponían todo lo que tenían en manos de los misioneros con una confianza ciega en su probidad y honradez.

En esto destacaron las misiones de Ningling y, sobre todo, la de Yungcheng, hasta el extremo de que, en ambas, una vez posesionados de ellas los invasores japoneses, no quedaba nadie fuera de los límites de los terrenos de la misión de los Agustinos Recoletos. Toda la población se había refugiado en ellas.

Esta situación se prolongó hasta que las ciudades fueron tomadas de modo efectivo por los japoneses; en algunos casos, como en las misiones arribas mencionadas, esta realidad de refugio de la población en las infraestructuras de la misión agustino-recoleta se prolongó durante más de dos meses.

“Solamente la cuestión de la alimentación de esos miles de personas [...] creaba una situación terrible, difícil de explicar con palabras. […] [Los misioneros agustinos recoletos] repartieron a manos llenas cuanto tenían en casa y luego, cuando ya no había reservas, hubieron de entrevistarse con los [japoneses] vencedores, pidiéndoles ayuda para remediar aquella necesidad. […] Gracias a la caridad inagotable de [los misioneros y su valentía frente al ejército invasor], el problema pavoroso de la alimentación de tantos cientos y miles de pobres gentes del pueblo, víctimas y no agentes de la guerra, pudo ser solucionado.
[…] Cuando llegó la hora fijada por los invasores para que la gente volviera a sus casas a reanudar sus tareas habituales, las puertas de la Misión se abrieron otra vez de par en par para dar salida a aquella riada humana tan castigada como agradecida”.

 

Entre 1939 y 1941

Tras la invasión militar, la gente refugiada en los centros de misión retornó a sus casas y actividades habituales por orden del ejército japonés; sin embargo, fueron cientos y miles los que no pudieron hacerlo. Vagaron y vivieron de limosna, acogiéndose a los muros protectores de la ciudad para salvar la vida ante una situación de extrema inseguridad.

Varios condicionantes ocurridos al mismo tiempo agravaron la situación de estas personas. Así, las dificultades económicas y de abastecimiento, el encarecimiento de los precios con una inflación desbocada, la rapiña y el saqueo de guerrilleros y bandidos de diversa condición, hicieron que aquellas multitudes abandonadas fueran presa del hambre y del terror.

A los damnificados de la región de Kweiteh se les unieron cientos de miles de personas provenientes de las zonas orientales del vecino Vicariato de Kaifeng. Las inundaciones provocadas tras la destrucción de las presas del río Amarillo durante las operaciones militares habían provocado en Kaifeng una situación lamentable.

El territorio quedó dividido en dos mitades: la oriental, con presencia militar y bajo gestión nipona, y la occidental en la zona china. Cerca de un millón de personas habían muerto anegadas por las aguas y cerca de otro millón, que habían podido salvarse a costa de perderlo todo, se vieron obligados a desplazarse hacia las regiones vecinas en busca de alimento y refugio, tal como se cuenta en las biografías de Noè Tacconi (1893-1942), primer obispo de Kaifeng, publicadas en Bolonia en 1999.

La misión de los Agustinos Recoletos en Kweiteh, tras las grandes penalidades sufridas, se encontró, además, con una nueva prueba: la sequía. El agustino recoleto Mariano Alegría describía así la trágica situación que se creó para el pueblo:

“Desde que comenzó la guerra han sufrido con paciencia inalterable toda suerte de calamidades; la penuria, el destierro, la vida errante, los bandidos, los guerrilleros, el despojo. Ahora que la vida comenzaba a entrar en el carril de una normalidad relativa, pero normalidad al fin, han tenido que soportar los efectos de la especulación que ha puesto los artículos más necesarios de la vida a precios inaccesibles; y cuando la nueva cosecha podía representar el remedio, siquiera parcial, a tanta pesadumbre, la sequía pertinaz agosta en flor la esperanza del mañana. Otra vez en el horizonte la privación, la miseria, el sufrimiento. ¿Hasta cuándo, Señor?”.

El agustino recoleto obispo de la misión, Francisco Javier Ochoa, había visitado Beijing, donde había recibido dinero, y a finales del 1938 consiguió, con el permiso de los japoneses y tras muchas dificultades, llegar hasta Shanghai y ponerse en contacto con la Procuración de la Orden de Agustinos Recoletos en China.

Además, a finales de año, el prior provincial de la Provincia de San Nicolás de Tolentino de la Orden de Agustinos Recoletos visitó la misión para comprobar la realidad in situ.

Propaganda Fide, la Institución vaticana para el cuidado y atención de las misiones católicas en todo el mundo, en respuesta a un previo Informe del estado de la misión de Kweiteh, comunicó al vicario apostólico que el Gobierno japonés había indemnizado al Vicariato de Kaifeng por los daños materiales que había sufrido.

Así, desde Roma pensaban que los misioneros recoletos también podrían tratar con las autoridades locales la posibilidad de una indemnización. De este modo, la misión agustino-recoleta se pudo hacer con algo de dinero con el que hacer frente a las diversas necesidades.

El vicario apostólico vio con claridad la situación nueva que se presentaba en el Vicariato con miles de personas necesitadas y desde el primer momento se dispuso a ponerle remedio. Así lo describen las crónicas de la época:

“Decidióse, pues, que cada distrito recogiese en uno o dos puntos, según la capacidad de los locales aprovechables para el caso, el mayor número posible de gente hambrienta, de la que había de ser pagana la mayor parte.
[...] Y cuando todo estuvo preparado, el vicario apostólico repartió a cada misionero una cantidad de dinero acomodada al número de recogidos que cada uno tenía. La mayor parte de ellos reunió de 300 personas para arriba. La cual cifra, multiplicada por 10, que era el número de distritos, da el número de 3.000 a 3.500 personas alimentadas por el Vicariato durante el periodo de tiempo nada despreciable de tres meses”.

Pero no sólo asistían a la necesidad material de los refugiados, sino que en aquellos centros abrieron catecumenados en los que nutrían las necesidades espirituales de los cristianos y de los catecúmenos. Ahora los catecúmenos no se hallaban en multitud de pequeños pueblos dispersos por la zona rural, sino que se concentraban en los centros de asistencia establecidos. Una circunstancia que facilitaba la Evangelización.

“Abrimos pues nuestros catecumenados, en los cuales hemos dado de comer a los cristianos más necesitados, a los catecúmenos y a muchos paganos. Estos últimos, aunque no se han bautizado, se han vuelto a sus casas muy contentos y con una buena semilla del evangelio dentro de sus corazones.
Gracias a este medio de los catecumenados, que era el único que este año podíamos adoptar, hemos bautizado más adultos que los años anteriores, llegando el número de bautismos de adultos a unos mil doscientos”.
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