La Palabra en la Eucaristía dominical: Tiempo de Adviento

Una y otra vez, año tras año, volvemos a encontrarnos con las celebraciones del tiempo de Adviento y del tiempo de Navidad. Celebraciones que arrancan de nuestra fe, alimentan nuestra esperanza y motivan nuestra comunión con Dios y con los hermanos.
José Antonio Ciordia pastoral | 27 nov 2018 | José Antonio Ciordia, New Jersey

Comencemos por el tiempo de Adviento, sin perder de vista, naturalmente, la Navidad. Ambos tiempos guardan estrecha relación entre sí: La solemnidad de la Navidad, con su Octava y la solemnidad de la Epifanía, con el remate del Bautismo de Jesús, coronan las expectativas del tiempo de Adviento, y el tiempo de Adviento, a su vez, nos empuja hacia ellas con divinizado entusiasmo, religiosamente salvador.

Ya el término “celebración” ha de motivarnos a tomar una actitud adecuada a la vivencia religiosa cristiana católica que se espera de la comunidad eclesial, al iniciar este tiempo que llamamos de Adviento. Celebrar es festejar; es considerar y, en consecuencia, ensamblar vitalmente, como elemento propio de este tiempo, mente, emoción y voluntad, para que todo el ser humano cristiano sintonice, como realidad personal, con el motivo concreto de la celebración: esperamos al Señor y nos preparamos para el encuentro con él. Ha de ser algo festivo, sustancialmente gozoso, compartible con el resto de la comunidad, pues es celebración católica, universal, de toda la familia que lleva el nombre de Cuerpo y de Esposa de Cristo. Celebramos un acontecimiento de contenido religioso, pues en él nos encontramos con Dios; con Dios salvador en Cristo; por tanto, cristiano por naturaleza: En Cristo y hacia Cristo; con la Iglesiay hacia la Iglesia también. Y en ello, nos encontramos unos con otros y con nosotros mismos.

Y este acontecimiento, por incidir en este mundo y superarlo al mismo tiempo, como realización en plenitud, subrayamos su trascendencia, nos hace mirar al pasado, revivirlo en el presente y suspirarlo en su cumplimiento futuro. Entran en este movimiento, visto desde dentro, la fe, la esperanza y la caridad; desde fuera, y desde lo alto en verdad, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Como objeto de las tres virtudes señaladas, con su dinamismo integral, hemos de recordar y celebrar, como salvadoras, las promesas de Dios y sus intervenciones en la historia. Y, en primer plano, aparece todo lo concerniente, palabras y obras de Dios, a la venida triunfal de Cristo glorioso, consumación salvadora de Dios para la creación entera. Como elementos particulares, llega a nuestra mente, emoción y voluntad, el Señor que viene por nosotros para llevarnos a la casa del Padre: “Vendré y os llevaré conmigo para que donde yo esté estén también ustedes”; y, adherido a él, anverso y reverso de una misma moneda, el Señor Jesús, Rey y Juez universal: “Entrad, benditos, en el Reino de mi Padre celestial … porque tuve hambre y me disteis de comer …” El tema enlaza muy bien con los últimos domingos del año litúrgico que precede. Son de notar, a este propósito, los temas concretos que estas dos magníficas verdades encierran: arrepentimiento, conversión, buenas obras, vivencia comunitaria, reactivación de nuestra conciencia de ser miembros del pueblo santo de Dios y deseo anhelante de encontrarnos con él, etc. Hemos de celebrar, ya ahora, lo que nos vendrá después.

Otro elemento de la celebración del tiempo de Adviento es la preparación para recibir y festejar al Señor en su nacimiento de María Virgen, por obra del Espíritu Santo. Este es, quizás, el motivo más saliente del Adviento. Para festejar semejante acontecimiento es menester, en primer lugar, captar su valor e importancia. Y esa importancia ha de ser festejada en sus dos o tres vertientes: El acontecimiento en sí, Dios hecho hombre por nosotros; la repercusión de su carga salvadora en mi persona, yo y Dios hecho hombre por mí; y, por último, su impacto en el mundo y especialmente en nuestra comunidad, que es la Iglesia. Conviene, pues, que nos detengamos a contemplarlo en sí: lecturas bíblicas, exposiciones del misterio a partir de los santos y pastores: detenimiento en ello, a modo de contemplación y, de modo especial, conversación con Dios sobre ello: oración de petición, oración de acción de gracias, alabanza … En esa contemplación nos encontraremos sin duda alguna con el “tú” – Dios, Cristo, Espíritu Santo … don de sí mismo -, y con un “yo”, sobre el que llueve el inconcebible amor de todo un Dios, interpelado a una respuesta personal y comprometedora. Importantes las figuras que van a aparecer en este camino del Adviento: La Virgen María, San José, Juan Bautista …Queda por considerar el elemento corporativo o comunitario de la celebración: La Iglesia, Cuerpo de Cristo. El “yo” ha de moverse y realizarse en un “nosotros”, un plural constitutivo de nuestra personalidad religiosa. Las imágenes, los personajes, la palabra de Dios nos acompañarán en ello. Tiempo y dedicación.

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