El convento de Monteagudo, escenario donde dieciséis jóvenes profesan públicamente seguir a Cristo como agustinos recoletos

El 4 de este mes de agosto ha tenido lugar en el convento de Monteagudo una hermosa celebración eucarística, en la que el prior general de la Orden de Agustinos Recoletos, Miguel Miró, tomó la profesión de sus votos temporales a dieciséis jóvenes, originarios todos ellos, salvo un español, de diversos países latinoamericanos.
noticias | 08 ago 2018

Los primeros días del mes de agosto año tras año el convento de Monteagudo (Navarra, España) se convierte en un punto en que convergen las miradas de gran parte de los frailes de la Orden de Agustinos Recoletos, pues termina el año de noviciado un grupo que consagra su vida al Señor siguiendo el estilo de vida de los Agustinos Recoletos, estilo que han experimentado a lo largo de todo un año y que consideran como su forma personal de vivir el evangelio de Jesús.

El día de las profesiones es un día de fiesta. Aunque la misa con el rito de la profesión suele ser por la tarde, muchos de los religiosos van llegando al convento a lo largo de la mañana, al igual que los familiares y amigos de los jóvenes que profesarán los votos, por lo que el amplio refectorio conventual ya se llena para la comida del mediodía, que comparten todos en un clima de alegría fraterna.

En esta ocasión comenzó la celebración a las cinco de la tarde. La procesión de entrada la abría la cruz con los ciriales, y la seguían los novicios que iban a profesar, todos los profesos en la etapa inicial de formación, los jóvenes que habían comenzado el noviciado, unos cincuenta sacerdotes concelebrantes y, cerrando la procesión, el prior general Miguel Miró y dos obispos agustinos recoletos: Fortunato de Pablo, obispo de Chota, en Perú, y Ángel San Casimiro, obispo emérito de Alajuela, Costa Rica, que presidió la celebración eucarística.

El coro de Tarazona (Zaragoza), bajo la batuta de don Javier Royo, interpretó magistralmente los cantos litúrgicos.

Fray Miguel Miró en la homilía recordó a los participantes en la asamblea, con un guiño especial para los novicios, que al Señor se le encuentra no en el ruido y en las cosas llamativas, sino en el silencio y en las cosas sencillas; que la unión y la concordia, con base en la humildad, son un reto que ha de asumir todo cristiano, como exhorta san Pablo a la comunidad de Filipos; que, tal como pide Jesús en sus declaraciones a los discípulos en la última cena, la comunión, también pedida por el papa Francisco al Capítulo General de la Orden celebrado en Roma en octubre de 2016, ha de convertirse en objetivo inspirador de todos los Agustinos Recoletos: “Hemos de ser creadores de comunión” tanto en las comunidades como en las Provincias y la Orden, de igual modo que en los ministerios en que se desempeñe la labor pastoral.

Después de la homilía siguió el rito de la profesión que emitieron por grupos, de acuerdo con la pertenencia de los respectivos novicios, de modo que el prior general los aceptó dentro de la Orden de Agustinos Recoletos y los afilió así: Cinco fueron afiliados a la Provincia de San Nicolás de Tolentino; cinco, a la Provincia de Santo Tomás de Villanueva; cinco, a la de San José y uno, a la de Santa Rita.

El prior general a continuación les entregó los signos específicos de su pertenencia a la Orden: el hábito con la correa, y las Constituciones. Después, con el gesto del abrazo que recibieron los neoprofesos de todos los agustinos recoletos presentes en la ceremonia, quedó sellada la aceptación de todos y cada uno de ellos en la comunidad recoleta.

Prosiguió la celebración eucarística del modo acostumbrado. A todos los asistentes en la ceremonia se les dio a comulgar bajo las dos especies.

Hubo un tiempo de silencio sagrado después de la comunión antes de la oración de postcomunión.

También, según la costumbre, un neoprofeso salió al ambón con el objeto de expresar los propios sentimientos y los de sus connovicios.

Cuando, por fin, terminó su intervención el neoprofeso, fray Javier Jiménez, prior de la comunidad de Monteagudo, en un gesto de agradecimiento, entregó al director de la coral de Tarazona y a su coro una placa de feliz memoria. La asamblea rubricó el gesto de la comunidad de Monteagudo con un fuerte aplauso.

A la bendición episcopal final le siguieron algunos cantos mientras todos los ministros abandonaban la Iglesia, deseosos de respirar un aire más fresco que el de la iglesia, testigo de la larga ceremonia.

La comunidad conventual invitó a todos a un refrigerio en el claustro del convento que las circunstancias dotaron de en un atractivo especial, por el frescor de las bebidas y por la temperatura más suave de la luna que pronto estuvo invadida por los asistentes.

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