La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 34 del tiempo ordinario SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

Dn 7,13-14: Su dominio es eterno y no pasa. Sal 92,1ab.1c-2.5: El Señor reina, vestido de majestad. Ap 1,5-8: El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios. Jn 18,33b-37: Tú lo dices: soy rey.
José Antonio Ciordia pastoral | 22 nov 2018

El título de la solemnidad marca la elección y orientación de las lecturas. Pero las lecturas marcan, a su vez, contenidos salvíficos específicos de la solemnidad. Hemos de tenerlos en cuenta para que la celebración, debidamente apreciada y sostenida por los textos ofrecidos, mantenga su carácter de solemne celebración cristiana; especialmente a partir del mensaje del evangelio, que, en este caso, viene de Juan. Y bien sabido es que Juan, el “teólogo”, nos ofrece la figura de Cristo en gran profundidad. Pidamos ayuda al Señor para sacar el mayor provecho de su proclamación.
La escena forma parte del relato de la “pasión” según este evangelista. Y ocupa un lugar céntrico, tanto en el aspecto material, a la mitad del relato, como en el teológico y doctrinal, cumbre de la manifestación de Jesús ante los poderes de este mundo. Y los poderes de este mundo están representados por las figuras del Imperio, Pilato, poder civil, y por los Sumos sacerdote y Sanedrín, poder religioso. Uno y otro, estos poderes condenan a Jesús, y lo condenan a muerte, a muerte infame, totalmente injusta, como malhechor y blasfemo; en el fondo condenan a Dios en su plan de salvar al hombre. Misterio sorprendente para todas edades y siglos venideros.
El cuadro, de momento, coloca frente a frente el poder civil, con su representante Pilato, y el poder sagrado de Dios, Cristo Jesús. Y el enfrentamiento se concreta en el título “rey”, que le atribuyen y se atribuye Jesús. En la trastienda, afuera en el patio del tribunal, se hace oír la voz del poder religioso del lugar y del momento, sacerdotes y pueblo: “Crucifícalo”. La condena, de por sí, aun ignorantes de ello, va dirigida a Dios.
La proclamación central de la escena viene a ser: “Yo soy Rey”. Rey auténtico, en profundidad y en extensión, de carácter divino, donde la libertad, la bondad y el amor son esenciales. Los súbditos han de entrar por esas puertas y han de encontrarse con Dios mismo en su máxima bondad como participantes del mismo reino: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Y “ser testigo de la verdad” puede ser la respuesta a la pregunta de Pilato: “¿Qué has hecho?” Adora, hermano, a tu Rey; viene de Dios y conduce a Dios y te integra en Dios. No es de este mundo, pero está ya en este mundo. No te dejes llevar por la dinámica de los valores de este mundo; más bien, anula esas fuerzas deshumanizadoras con la fuerza de la acción del Espíritu Santo. Has nacido para ser “rey” en el Rey, como para ser “hijo” en el Hijo y “señor” en el Señor de los señores. Es tu día, porque es el día de tu Señor. Celébralo de corazón.
Basta leer el texto del Apocalipsis para darse cuenta de que nos encontramos con la misma confesión de Jesús Rey: “Príncipe de los reyes de la tierra”. Esta vez en boca del vidente. La confesión se convierte en alabanza: “A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Con una certera visión del futuro, promesa y amonestación: “Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron”. Como anuncio, desde el mismo cielo, es el profeta Daniel: “Su poder es eterno, no cesará; su reino no acabará”. ¡Benito sea Dios!

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