La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 33 del tiempo ordinario

Dn 12,1-3: Por aquel tiempo se salvará tu pueblo. Sal 15,5.8.9-10.11: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Hb 10,11-14.18: Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Mc 13,24-32: Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos.
José Antonio Ciordia pastoral | 15 nov 2018

Presente y futuro; futuro y presente; con un pasado todavía vigente en un ahora y un después. Ninguno de ellos componen campos estancos, separados e independientes entre sí. Son un todo orgánico y armónico que nos define y que hemos de vivir. Dios lo tiene todo en su mano y a nosotros también. La celebración eucarística no puede olvidarla de ninguna manera: vamos caminando, de frente, hacia alguien que amorosamente nos espera, quien también amorosamente camina a nuestro lado. Consideremos nuestro presente delineando nuestro futuro y tratemos de contemplar nuestro futuro modelando nuestro presente. Jesús el centro y consumación de todo. Arreglemos, pues, nuestro presente para preparar nuestro futuro y tratemos de que nuestro futuro impregne nuestro presente. Dios, al fondo, se presente como Juez. Hemos de dar cuenta de nuestras acciones.
Este mundo, en el que vivimos nuestros tiempos, es contingente, perecedero, incapaz de sostenerse por sí mismo ante la intemperie de los siglos; se desmorona paulativamente. Pero no es tan solo eso, la libertad del hombre, o mejor, el uso de su libertad pone en cuestión la validez de sus intervenciones, que se presentan como “buenas” o malas”. Preceden “signos”, tanto en el orden digamos físico- catástrofes, cataclismos -, como en el moral - enfrentamientos de pueblos entre sí, persecuciones … que anuncian un final definitio Es menester estar alerta, pues la duración del mundo no es eterna, ni tampoco nuestra estancia en él es para siempre. Son palabras de Jesús y, por tanto, valederas en sí mismas: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”. El estilo es un tanto “escatológico”, como lo es también el de la primera lectura, libro de Daniel. A tenor de ellas, hemos de intentar formular aplicaciones a la situación concreta en la que nos encontramos. Pidámosle a Dios su ayuda. Podemos valernos del estribillo del salmo responsorial: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”.
Con el pie en el pasado y atentos al presente, miremos hacia el futuro en esta segunda lectura: “Jesús está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies”. Y no pasemos por alto la insistencia de esta carta en la eficacia eterna del sacrificio de Cristo: “Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrado”. Dado que vivimos en tiempos sorprendentemente cambiantes, donde parece que todo no dura más de un suspiro, hemos de mantener fijos los ojos, mente y corazón en la realidad suprema salvadora del sacrificio de Cristo.

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