La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 32 del tiempo ordinario

1R 17,10-16: La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías. Sal 145,7.8-9a.9bc-10: Alaba, alma mía, al Señor. Hb 9,24-28: Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. Mc 12,38-44: Esa pobre viuda ha echado más que nadie.
José Antonio Ciordia pastoral | 08 nov 2018

No debe extrañarnos oír a Jesús condenar la postura de los escribas, teniendo en cuenta la suya propia, como expresión de la voluntad del Padre, “de haber venido no a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por todos”. Condenable, por tanto, el afán del provecho personal, y aún injusto, en el ejercicio de lo que uno pudiera haber entendido como expresiones de religiosidad y caridad. Ese nefasto mal puede anidarse también en actitudes “clericales” de nuestro días. Hemos de corregir con decisión, y oportunamente, una conducta de ese tipo. Porque la tentación de enriquecimiento personal es muy sutil y taimada. El Señor Jesús fue desnudado para vestirnos a nosotros, empobrecido para enriquecernos, condenado injustamente para justificarnos, crucificado para declararnos libres … Hemos de aprender a soltarnos de nuestro afán de poseer y revestirnos de los sentimientos de Jesús.
También hemos de aprender a mirar desde arriba y desde dentro para apreciar el valor de las acciones. Mirar como Dios mira. El episodio de la viuda, depositando unas moneditas en el gazofilacio del templo, es realmente conmovedor, edificante y emotivo. Dios mira el corazón y aprecia sus decisiones, aun las más humildes. Ninguna de ellas queda fuera de su alcance, sea en su versión material, unas moneditas, como en el espiritual, una escondida oración por la Iglesia. Es para darle gracias constantemente. La primera lectura nos ha abierto el camino para movernos en ese terreno: el profeta y la viuda pobre. Dios proveerá
La carta a los Hebreos, segunda lectura, se extiende todavía en la exposición del sumo sacerdocio de Jesús. Su muerte, sacrificio al Padre, no se repite más; queda válido y vibrante ante sus ojos, con su poder salvador presente y rebosante de gracia en Cristo glorioso. La vuelta a este mundo no será para ofrecer otro sacrificio, pues basta el ya ofrecido, sino para, con su poder, “salvar definitivamente a los que le esperan”. Vivimos de lo que sucedió y estamos a la espera de lo que, por ello, ha de venir. No podemos vivir dignamente y entender el presente sin el futuro, ni esperar el futuro sin el pasado-presente en el que vivimos.

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