La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 30 del tiempo ordinario

Jr 31,7-9: Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos. Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. Hb 5,1-6: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Mc 10,46-52: Maestro, haz que pueda ver.
José Antonio Ciordia pastoral | 25 oct 2018

He aquí los títulos que aparecen en esta perícopa evangélica referidos a Jesús: Jesús Nazareno, Hijo de David, Maestro. Todos ellos significativos; más significativos aún, si le añadimos el nombre personal, Jesús. El primero se enraíza profundamente en su condición humana; el segundo, entronca con la tradición mesiánica, es un título mesiánico; el tercero lo relaciona con su actividad docente en nombre de Dios; y el cuarto, Jesús, revelado desde arriba, lo declara, por encima de todos, “salvador”.
Hemos de admitir que el invidente Bartimeo mostró gran fe y extraordinaria audacia al confesar y proclamar abiertamente de Jesús Nazareno “Hijo de David”. La atmósfera político-religiosa que se respiraba en el momento, era sumamente sensible a tales aclamaciones. Podría inducir a una revuelta en los más exaltados de los defensores de las tradiciones patrias. De ahí que no nos sea tan difícil comprender la prohibición, proveniente de los apóstoles, de que gritara tales expresiones. La fe, expresada con audacia, le valió la intervención salvadora de Jesús. La fe lo llevó a Jesús, y Jesús, salvador, lo llevó a luz y su seguimiento. La fe en Jesús no es solamente la admiración por él, sino, y principalmente, seguir su camino, a él en persona.
Isaías, que prepara el terreno a esta manifestación de Dios en Jesús, nos acerca a él como “padre para Israel”. Será, ahondando, la gran revelación que Jesús hace de Dios: “Padre nuestro que estás en el cielo …” Y, siendo como es Dios “padre”, poderoso hasta lo infinito, ¿no estará dispuesto a curar de raíz nuestras congénitas limitación e impotencia? No hay duda de que sí. Es la resonancia, valiosa y cierta, que traspasa el mundo finito del tiempo y del espacio, ungiendo nuestra vitalidad con la suya eterna: “Porque allí no habrá lágrimas ni llantos, ni dolor ni muerte; “Todo lo hago nuevo: u cielo nuevo y una tierra nueva”. Con estas maravillosas disposiciones de Dios, el fiel cristiano mira seguro y jubiloso al futuro, porque el futuro está ya en sus manos por estar él mismo en las manos de Dios. Pero este futuro no asegura nada a los que se descuidan y duermen. Hemos de estar vigilantes.
La carta a los Hebreos, segunda lectura, continúa la exposición de Jesús como Sumo Sacerdote. El autor argumenta desde el salmo 109 (110), salmo universalmente reconocido como salmo “mesiánico”. Jesús, Mesías de Dios, es Hijo y es Sacerdote, proclamado tal por Dios en el salmo. El salmista, con todo, dirige nuestra atención a la cualidad de Jesús de “humano” y “siervo”, capacitado para representarnos ante Dios, transido y movido de nuestras debilidades, ya que “él mismo está envuelto en ellas”. No podemos olvidar esta cualidad de Jesús en su función de intermediario ante el Padre por nosotros.

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