La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 29 del tiempo ordinario

Is 53,10-11: Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años. Sal 32,4-5.18-19.20.9-2: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. Hb 4,14-16: Acerquémonos con seguridad a trono de la gracia. Mc 10,35-45: El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.
José Antonio Ciordia pastoral | 18 oct 2018

La carta a los Hebreos, segunda lectura, nos ofrece una excelente oportunidad para zambullirnos en la realidad sorprendente de Jesús Sumo Sacerdote. Elemento éste, adherente a su persona, que redondea y enriquece inesperadamente el concepto de Masías, tan esperado por el pueblo para el descendiente de David, “señor” y “rey”. Ambos títulos le pertenecen por igual manera, como también el de Profeta y el de Maestro; a caballo de estos dos elementos fundamentales, el título “Hijo del hombre. Todos ellos son remate y conclusión de sendas tradiciones, mesiánica, cultual, profética y sapiencial; cada una con su carga particular; todas juntas, explosión de grandeza y manifestación de lo divino en Jesús.
Pero la denominación de Jesús como Sumo Sacerdote viene encuadrada en una calificación sorprendente y emotiva: Jesús posee la capacidad y virtud de “compadecerse de nosotros”. De faltarle esa cualidad, no hubiera llegado a merecer tal título, nos dirá el autor líneas adelante. Y es capaz de sentir compasión por nosotros, precisamente porque ha vivido nuestra condición de necesidad y debilidad; menos en el pecado: “ … Ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”. La primera lectura, de Isaías, unos versos del cuarto Cántico del Siervo, lo anuncia como elemento dentro del plan de Dios de salvación: “El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento”. Escándalo fue para los judíos y necedad para los gentiles, confesará Pablo.
En estilo narrativo, episodios existenciales de la vida de Jesús, según el evangelio del día, el evangelista confirman esta visión en la interpelación de Jesús a Santiago y a Juan: “ … Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber …”, “Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Hemos de admirar a Jesús en ese concepto, pues es sustancial a su persona y a su obra de salvación. Y, por comunión con él, elemento integral del concepto de cristiano. Es la enseñanza inmediata que nos ofrece Marcos en el texto de hoy. Y hemos de escucharlo, hemos de meditarlo, hemos de asimilarlo. Que preceda, con todo, la contemplación de Jesús Sumo y Eterno Sacerdote en su dignidad e intervención en el plan salvador de Dios. Adoración, acción de gracias, petición: “Por eso, acerquémonos con confianza al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie en el tiempo oportuno”. Mantengamos viva esta exhortación y vivámosla con entereza. La celebración eucarística ofrece un amplio campo de consideraciones y aplicaciones a la religiosidad cristiana. ¿No es ese mismo Jesús, Sacerdote, Maestro, Profeta, Mesías, a quien recibimos en la eucaristía con el don de sí mismo para hacernos partícipes de su sacerdocio, sabiduría, divina palabra y unción del Espíritu Santo? Toda una maravilla.

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