La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 28 del tiempo ordinario

Sb 7,7-11: En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza. Sal 89,12-13.14-15.16-17: Sácianos de tu misericordia, Señor. Y toda nuestra vida será alegría. Hb 4,12-13: La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón. Mc 10,17-30: Vende lo que tienes y sígueme.
José Antonio Ciordia pastoral | 11 oct 2018

Es bueno recordar, al menos de cuando en cuando, la impactante figura de Jesús sobre sus oyentes, tanto en el aspecto carismático – poder de sanar -, como en la extraordinaria fuerza que manifiestan sus palabras – “enseñaba con autoridad”. Lo patentiza, en este caso, la actitud del “hombre rico” del que habla el evangelio de hoy: “Corrió, se arrodilló y le preguntó”. Hemos de mantenerlo ante nuestro ojos, pues Jesús es lo que es; y lo que es, es “Dios-con-nosotros”, según S. Mateo, “Maestro bueno”, según S. Marcos. El buen hombre busca anhelante el encuentro con Dios, la salvación. Y, como instruido en la religiosidad de su tiempo, lo expresa con un “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” ¿Encontraremos hoy día a alguien que se interese por ello? Lo habrá con toda seguridad. De encontrarlos, encaminémoslos a Jesús. Notemos que la pregunta del joven es de capitalísima importancia.
El desarrollo de la conversación, lleno de resonancias en múltiples direcciones, comienza con la constatación por parte de Jesús de que hay que mirar a Dios como punto de partida: “No hay nadie bueno más que Dios”. De conocer algo, ha de venir de Dios; de alcanzar algo, ha ser desde Dios. Miremos a Dios, pues, para encontrar la respuesta; pero mirémoslo en Jesús. Dios y su voluntad dominan toda exigencia al hombre en la búsqueda de su destino. Ahí están los mandamientos: “No matarás, no cometerás adulterio …” Ese es el camino, no hay otro: los mandamientos, el cumplimiento de la voluntad de Dios. El hombre, en contra de ello, tiende a buscar caminos de tora índole, que se acomoden a su propia manera de pensar y querer; tentación más que frecuente. Hemos de soslayarla.
Y es precisamente en “hacer la voluntad de Dios”, donde hay que colocar la oferta de Jesús: “En una cosa te falta …” A este anhelante de mayor religiosidad, de mayor comunión con Dios, Dios mismo en Jesús se le presenta ofreciéndole el camino. “Sigue a Jesús incondicionalmente”; la renuncia a los bienes materiales, las riquezas que llamamos, no será en modo alguno una pérdida, sino una abrumadora ganancia: “Tendrás un tesoro en el cielo”. ¿No buscaba “heredar la vida eterna”? Pues ahí está. Pero la renuncia a esas riquezas no es desprecio caprichoso y sin sentido; es un medio de extender su corazón a los necesitados: “Dale el dinero a los pobres”.
El anhelante parece que buscaba una especie de seguridad religiosa en el disfrute de sus bienes. Dios se ofrecía a sí mismo en Jesús. Declinó la oferta: “…era muy rico”. Pero las riquezas no le satisficieron, ni dieron sentido a su vida: “Se marchó pesaroso” Por no perder las riquezas, prácticamente se perdió él.
La consiguiente discusión de Jesús con los suyos corre por cauces claros y conocidos: “¡Qué difícil va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!” Pero para Dios no hay nada imposible. El ser dominado e invadido por el poder de Dios encuentra un obstáculo, no insalvable, pero sí difícil de superar, en poder subyugador que ofrecen las riquezas. Hemos de tenerlo en cuenta.
Como colofón a estos pensamientos, la lectura primera: el elogio de la Sabiduría. Pensemos en Jesús como su más adecuado representante y el buen obrar en su compañía como el exponente del actuar “sabiamente”. Recordemos aquello de Santa Teresas de Jesús: “ … el que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”. Y como remate a la exposición, leamos detenidamente las palabras de la carta a los Hebreos, segunda lectura: “La palabra de Dios es viva y eficaz”. Si la elevamos a mayúscula , no encontramos con Cristo Jesús, la mismísima Palabra de Dios hecha carne.

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