La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 27 del tiempo ordinario

Gn 2,18-24: Y serán los dos una sola carne. Sal 127,1-2.3.4-5.6: Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida. Hb 2,9-11: El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Mc 10,2-16: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
José Antonio Ciordia pastoral | 04 oct 2018

Dejando a un lado, de momento, el mensaje de la segunda lectura, texto de la carta a los Hebreos, el tema, vigoroso en sí, está tocado, esta vez, por la primera lectura y el santo evangelio: el “matrimonio”; a la luz del Génesis y a la luz de la predicación de Jesús; institución de Dios en la creación, sacramento de Dios salvador en la obra de Cristo. En estas lecturas se insiste más en el primer aspecto que en el segundo; para éste último tendríamos que recurrir especialmente a Pablo en sus cartas a los Efesios y Colosenses. Dejemos esto último sobreentendido, y centrémonos en la correspondencia de las lecturas ya mencionadas, las que nos presenta este domingo.
Para entender en su profundidad este relato del Génesis, conviene, a mi parecer, proceder de la manera siguiente. Tengamos en mente, sin desprendernos de ello, la acción de Dios en el proceso de “formar” al hombre. Formado el hombre, en un primer momento, del polvo de la tierra, Dios da su segundo paso, poniendo a su disposición el “paraíso” entero, lugar encantador, jardín divino, parque regio. Pero el hombre, aunque poseedor de semejante lugar, no se encuentra a sí mismo: “No está bien que el hombre esté solo”. Hay que proseguir en la obra, El siguiente paso es poner a disposición del hombre, además del paraíso, la tierra entera, los animales: “El hombre puso nombre a todos lo animales”, son suyos. Pero en ello “no se encontraba ninguno como él, que le ayudase”. El hombre, en consecuencia, no se reconocía ni encontraba a sí mismo. Dios interviene de nuevo, y esta vez de forma definitiva: “Trabajó la costilla que había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre”.
Esta constatación da pie para una ulterior y más profunda reflexión. Podemos imaginarnos así la escena: Dios coloca a la mujer en frente del hombre, en el gesto de presentársela. Uno y otra se contemplan frente a frente; uno se ve en los ojos de la otra y viceversa. El varón se va a ver en ella y la mujer se va a ver en él; no pueden verse a sí mismos directamente, ni entenderse el uno sin la otra en la misión recibida de Dios: “Creced y multiplicaos”. La comprensión del uno y de la otra y su realización como realidad natural humana en que uno ha de verse en ella y ella en él. Y de verse, como seres de unidad original – la costilla tomada del cuerpo -, para, naturalmente, formar una unidad: “Serán una sola carne”. No como mera yuxtaposición, sino como profunda y vital integración, uno en el otro. Uno fueron al principio, uno será en su realización. No como algo mecánico, sino en la línea de lo más humano de su ser: en el amor. Y el amor arranca del hecho de que ella es un don de Dios para el hombre y el hombre un don para ella en la misma relación. En la línea del don alcanzaremos a entender lo que es amor. No solamente amor de persona a persona, sino de “varón” a “varona”, con toda su personalidad. Esa “a” de “varona” es de capital importancia para entender el amor matrimonial. Compresible la satisfacción y alabanza de parte de Adán: “Esto sí que es carne de mi carne y huesos de mis huesos …” No destruyamos lo que Dios unió. Trabajemos por la integración y aborrezcamos todo lo que implica desunión y ruptura. Pidamos para nuestros matrimonios la presencia en sus vidas del Espíritu de Dios.
La carta a los Hebreos, segunda lectura, pone delante de nuestros ojos un aspecto importante de la encarnación del Hijo de Dios: “No se avergonzó de llamarnos hermanos”. Nos hizo, en su fraternidad, hermanos los unos de los otros, partícipes, por tanto, de toda su riqueza mesiánico-filial: hijos de Dios y herederos de la vida eterna. Don este al que no podemos renunciar: es el sentido de nuestras existencia personal y colectiva.

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