La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 26 del tiempo ordinario

Nm 11, 25-29: ¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta! Sal 18,8.10.12-13.14: Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón. St 5,1-6: Vuestra riqueza está corrompida. Mc 9,38-43.45.47-48: El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si tu mano te hace caer, córtatela.
José Antonio Ciordia pastoral | 27 sep 2018

Corremos tiempos difíciles. Para unos, quizás la inmensa mayoría, en algunos círculos, no existe ni el bien ni el mal en el campo moral; el sentido de la existencia humana es, para ellos, hacer acopio de experiencias que puedan de alguna forma dar momentánea satisfacción a la persona. Para otros les va a resultar difícil en tal ambiente dar con la verdad y falsedad objetivas, con lo bueno y lo malo, que den auténtico sentido a su existencia. La palabra de Jesús en este caso va a crear división y ruptura en la conciencia y conducta humanas. Hay una verdad absoluta, Dios; y una moral de base, su voluntad, enraizada en su ser, bondad suprema. El hombre va a tener que ajustarse a ello, tomando la postura adecuada, para ser él mismo una realidad firme y objetiva. No es de extrañar, por eso, la exigencia de Jesús a dejar de lado toda oferta o valor que vengan de otro campo y pongan en peligro la elección debida: ojo, mano, pies … Para que el hombre se encuentre a sí mismo, se alcance en verdad a sí mismo y logre enteramente la meta que Dios le ha propuesto, la salvación en su amistad, ha de ir renunciando a elementos que puede le parezcan en algún momento parte irrenunciable de su ser, pero que, en verdad, lo colocan en camino de autodestrucción.
Conviene notar, de todos modos, que estas exigencias vienen enmarcadas en el contexto del escándalo, mal diabólico por naturaleza. El salmo canta conscientemente la validez objetiva de los mandamientos de Dios. En él encontramos una adecuada y hermosa oración, para no caer en la tentación de caminar al margen de las directivas de Dios: “Preserva a tu siervo de la arrogancia”. Es menester pedírselo, y con frecuencia.
Pero el tema primero de este evangelio dirige nuestra atención en otra dirección: Prohibición, por indignación, de parte de los discípulos de ejercer virtudes mesiánicas fuera del estrecho círculo que rodea a Jesús: “Esos que lanzan demonios en nombre de Jesús, no son de los nuestros”. Jesús se opone enérgicamente a semejante postura. Con ello concuerdan las palabras de la primera lectura, Libro de los Números. El Espíritu es libre, y es generoso, y es universal y se derrama abundante sobre todo viviente, por encima de toda condición humana. No hemos de poner obstáculo alguno a su intervención, pues es de Dios y conduce a Dios. La aceptación o reconocimiento de la presencia del Espíritu salvador en otros es sumamente cristiano. Hemos de ejercitarnos gozosamente en ver las cosas así.
Bien sabemos, segunda lectura, que Santiago en su carta procede como quien blande el hacha en sus manos y corta aquí y allá, según percibe la presencia de una protuberancia insana en el marco frondoso de la vida cristiana. Drástico y cortante. Cirujano, pues, que no anda con paños calientes. Lo hemos notado en las lecturas de los domingos pasados. En la lectura de hoy manifiesta en mismo procedimiento. Muchas veces curar es amputar.
No hay duda de que las muchas riquezas, y aun el deseo de disfrutarlas descompasadamente, pone en serio peligro el ejercicio de la rectitud y de la justicia. Santiago se detiene en este último caso: injusticia que podríamos denominar “social”. Los dones de Dios, pensemos en las riquezas, llevan en sí una orientación social: disfrútalas y que las disfruten. La acumulación de bienes sin una dimensión social empedernece a su poseedor y aplasta cruelmente a los que de él dependen. Entonces las riquezas de las que te engríes poseer serán tu tumba, te devorarán sin compasión alguna. Hemos de aprender de ello.

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