La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 25 del tiempo ordinario

Sb 2,12.17-20: Lo condenaremos a muerte ignominiosa. Sal 53,3-4.5.6.8: El Señor sostiene mi vida. St 3,16-4,3: Los que procuran la paz están sembrando paz, y su fruto es la justicia. Mc 9,30-37: El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos.
José Antonio Ciordia pastoral | 20 sep 2018

La revelación de Cristo es revelación de Dios y es revelación del hombre. Somos imagen de Dios en Cristo, imagen de Cristo en Dios. Podemos, pues, ir, dentro de nuestra reflexión, de Cristo a Dios, de Dios a Cristo y, en luminosa ampliación, del hombre al hombre a la luz de Cristo el Señor, como del hombre a Dios y de Dios al hombre: ¿Qué es el hombre, qué es Cristo, qué es Dios? Tratándose de la actividad docente de Jesús – “Jesús instruía a sus discípulos” -, es providencial escucharlo, para llegar a su personal humanidad, para llegar al hombre, para llegar a Dios.
Líneas atrás, Jesús desveló su condición de “mesías”, con ocasión de la confesión de Pedro. Queda por dar un paso adelante y descifrar el enigma de Jesús como Hijo del Hombre. Este título entrelaza dos elementos básicos de la personalidad de Jesús: por un lado, se patentiza su condición humana; por otro, su condición sobrehumana: “Veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes con poder y majestad”, dirá Jesús a su tiempo al interrogador Kaifás. La condición humana lo hace susceptible de la más penosa humillación posible: “Será entregado y lo matarán”. Pero se despunta en ello una glorificación sin precedentes en la historia humana: “A los tres días resucitará”. El Calvario y el Tabor. Esto define a Jesús. Y esa definición se va a alargar a los suyos: el seguimiento a Jesús no va a llevar a nadie a “ser el primero”, sino “el último”. El gesto de esta imitación y seguimiento coloca al hombre en la acogida de Dios: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”. Jesús viene a identificarse con el pequeño. Es necesario crecer en pequeñez y menguar en grandeza para encontrarse uno con Dios en Jesús. Esta paradoja vital es vital para encontrarnos con el Cristo verdadero. La maravilla es también que en ese proceso de crecimiento hacia abajo, por decirlo así, te encuentras contigo mismo y con los demás en elevación humana y divina.
La lectura primera, Libro de la Sabiduría, nos habla no del “tentado y perseguido” injustamente, sino, todo lo contrario, del “tentador y perseguidor” contra todo derecho y razón. Su malicia no se limita a maltratar al justo, sino que se alza contra él precisamente por ser “justo”. ¿Cabe mayor malicia y desafuero? Postura que encontramos en la conducta humana en determinadas ocasiones. El impío detesta a honrado y se abalanza contra él por encontrar insoportable que alguien no comparta su personal malicia y perversidad. No deja de ser un misterio, como tampoco deja de ser una realidad un tanto frecuente, al menos llevada hasta el extremo. Con esa humanidad “horrorosamente descompuesta” se encuentra Jesús en el ejercicio de su misión. Lo incomprensible en Cristo es que su bondad y misericordia sobrepasan con creces, en bondad, la maldad del opositor: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”, rogará pendiente de la cruz.
Santiago continúa, segunda lectura, con su descarnada acusación y condena de todo tumulto que desequilibra y desquicia la comunidad cristiana: la soberbia, la codicia, voluntad de dominio, avaricia … Por el comportamiento de unos con otros, en nuestras comunidades, podremos llegar a conocer la autenticidad de su religiosidad y pertenencia a Cristo. No cabe engaño en ello. Hemos de estar atentos a esos brotes de malicia: altercados, peleas, griterío descompuesto, habladurías nocivas, acusaciones desordenadas … Todo ello procede de una enconada raíz que lo envenena todo. Una conducta de ese tipo denigra la comunidad y afea el hermoso rostro de Cristo. Se impone la oración, el ruego sincero y cordial, no viciado por ninguna de esos virus que pueden alcanzar el rango de asesinos mortales.

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