La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 24 del tiempo ordinario

Is 50,5-9a: Ofrecí la espalda a los que me apaleaban. Sal 114,1-2.3-4.5-6.8-9: Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida. St 2,14-18: La fe, si no tiene obras, está muerta. Mc 8,27-35: Tú eres el Mesías... El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.
José Antonio Ciordia pastoral | 13 sep 2018

La manifestación de Jesús, la revelación de su personalidad y misión, va ensanchándose y perfilándose con más decisión a medida que avanza el relato evangélico. En Marcos, tocamos el final de una primera parte, “misterio del Mesías”, y nos encontramos con la puerta abierta hacia otra, “misterio del Hijo del Hombre”. La primera podríamos calificarla como “Quién es Jesús”; la segunda como “¿Cuál su misión?”; aunque persona y misión son en Jesús una unidad inseparable.

La confesión de Pedro: “Tú eres el Mesías” da con la personalidad del Maestro; la reconvención de Jesús a su persona da pie a una manifestación de la misión de Jesús: “El Hijo del Hombre tiene que …” Ante la primera, silencio: “Les prohibió decírselo a nadie”; pues podía ser mal interpretado su mesianismo. Ante la segunda, una instrucción de Jesús: “Y empezó a instruirlos”.

Si el título “Mesías” podía inducir a los oyentes a un falso triunfalismo de Jesús, el siguiente, “Hijo del Hombre”, podría provocar un escándalo prematuramente. Jesús debía correr ese riesgo con los suyos: los discípulos necesitaban, pues seguían a Jesús, conocer la naturaleza de su mesianismo: pasión, muerte y resurrección.

Pablo hablará más tarde del “escándalo de la cruz”. Escándalo fue para el pueblo judío y escándalo fue, a su vez también, para los discípulos que huyeron despavoridos, al comienzo de la pasión. Hemos de acostumbrarnos nosotros también a integrar uno con otro estos dos elementos de la personalidad de Jesús, Mesías e Hijo del Hombre. Y no solamente, mirando a Jesús; nuestra personalidad, enraizada en la suya, ha de contar con los dos elementos: somos ungidos, mesías, hijos de Dios, y somos también partícipes de su condición de entrega: morir con Cristo y resucitar con él.


La lectura primera prepara con todo acierto, aunque de lejos, el misterio de Jesús: Jesús, el Siervo sufriente de Dios: “No oculté el rostro a insultos y salivazos”. La dinámica de la salvación de Dios amagaba ya en el profeta la misteriosa misión de Jesús de alcanzar la plenitud de su mesianismo a través del sacrificio de sí mismo en obediencia a la voluntad de Dios; el justo, en beneficio de los injustos. Era el plan de Dios. Reconocemos, por lo demás, en las palabras del profeta uno de los cuatro “Cánticos del Siervo” que contiene su libro, resplandecientes rubíes de la pasión salvadora del Señor.


Santiago, aunque camina un tanto al margen de las lecturas primera y evangelio, ofrece instancias bien sonoras y exigentes a los seguidores de Jesús. No nos engañemos: “La fe sin obras está muerta”. Porque la fe no es solamente un asentimiento a proposiciones de corte intelectual como verdaderas, sino también, y además, es una adhesión vital a la persona que las comunica; en este caso al mismo Dios en su plan salvador de acoger al hombre como partícipe de la herencia eterna. La luz que proyecta la verdad debe conducirte jubilosa y eficiente a un encuentro con Dios y con el hombre mediante el ejercicio de la caridad. No es lo mismo contemplar un paisaje desde fuera que, desde dentro, formar parte de él. Así la fe y la caridad.

Síguenos en facebook twitter youtube Español | Portugués | English Política de privacidad | Webmail

Agustinos Recoletos. Provincia de San Nicolás de Tolentino.

Paseo de la Habana, 167. 28036 - Madrid, España. Teléfono: 913 453 460. CIF: R-2800087-E. Inscrita en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia, número 1398-a-SE/B. Desarrollado por JustMónica para OAR Agustinos Recoletos. Provincia de San Nicolás de Tolentino. © 2018.