“En España fui ordenado sacerdote, y en la Sierra de Chihuahua comencé, en verdad, a ser sacerdote”

Santiago Gómez (Castildelgado, Burgos, España, 1943) es agustino recoleto y fue ordenado sacerdote el 7 de julio de 1968. 50 años después escribe estas reflexiones personales sobre medio siglo de servicio al Pueblo de Dios entre México y España. Actualmente acompaña a la Iglesia local de la Parroquia de Nuestra Señora de Buenavista de Getafe (Madrid).
testimonios | 13 jul 2018

En la fiesta de san Juan Bautista —al día siguiente de la celebración de mis bodas de oro sacerdotales, en mi parroquia de Getafe— al leer en el Evangelio las palabras “¿Qué va a ser de este niño?”, me vinieron al recuerdo esas mismas palabras, pero dichas por mi madre, cuando yo era un niño de siete u ocho años: “¿Qué va a ser de este hijo?”

Yo, en ese momento, sufría de tuberculosis y mi futuro vital no era nada halagüeño. Luego, Dios y la penicilina —recién llegada a España— hicieron el resto.

Viene todo esto a cuento de las celebraciones de estos días, en que uno, personalmente está más sensibilizado y, sin quererlo —o queriéndolo— los recuerdos de su infancia, de su juventud, de su educación y formación… vienen más fácilmente a la cabeza.

El día 23 de junio, sábado, víspera de san Juan Bautista, celebramos, con una gran asistencia de feligreses, mis bodas de oro sacerdotales. ¡Cincuenta años! Toda la vida.

Durante la santa Misa, en la que concelebraron conmigo una docena de agustinos recoletos y varios sacerdotes diocesanos, en la homilía, hice un resumen de lo que había sido mi vida apostólica. De ello entresaco algunas ideas.

Comienzo con mi primera educación religiosa y el nacimiento de mi vocación misionera: mi madre me enseñó a rezar y fue mi primera catequista. Me contaba la vida de algunos santos y aún recuerdo cómo me llamó mucho la atención la vida de santa Teresa de Ávila y su experiencia andariega y de fundadora; la de san Francisco Javier y sus trabajos misioneros; la de santa Bárbara, la de santa Genoveva de Brabante

Mis primeros pasos entre los Agustinos Recoletos comenzaron cuando de jovencito ingresé en el seminario de la Orden en Lodosa (Navarra). Y, desde ese momento hasta hoy, la Orden Agustino-Recoleta, a través de sus superiores y de los demás religiosos, ha sido guía, educadora, formadora, protectora… y, siempre, madre. Y espero, con la gracia de Dios, que así lo sea hasta mi muerte.

Durante mi adolescencia y juventud una idea y deseo movía mi espíritu: la vida misionera. Sentía la necesidad de ir a misiones como una exigencia personal. Hice la profesión religiosa a los veinte años de edad, en el noviciado de Monteagudo (Navarra). Y, unos años más tarde, sería ordenado sacerdote: fue el 7 de julio de 1968, en Marcilla, de manos de Francisco Javier Ochoa, obispo agustino recoleto. Y, tras la ordenación, se inició mi actividad apostólica.

Durante cincuenta años da tiempo a que haya muchos campos en los que desarrollar una actividad apostólica: sucesivamente, en tres ámbitos muy distintos; pero siempre con el mismo objetivo: predicar el Evangelio.

Primero fui misionero en distintos lugares de México, durante una treintena de años. Después, a lo largo de seis años, conocería el apostolado a través de la enseñanza colegial. Y continuaría, finalmente, con el trabajo parroquial, mi tarea actual.

Los años más llamativos para mí, sin duda, fueron los años en México, sobre todo en la Sierra de Chihuahua. La Orden Agustino-Recoleta me destinó a uno de mis infantiles y apostólicos deseos. Allí trabajé, fundamentalmente, en dos lugares: en Mesa del Huracán, en el estado de Chihuahua, y en la propia Ciudad de México...

En la Sierra pude conocer de primera mano lo que es trabajar con los pobres, en lugares alejados de la civilización, en poblados diseminados y necesitados de evangelización y de todo. Suelo decir que en España fui ordenado sacerdote y en Mesa del Huracán comencé, en verdad, a ser sacerdote: a servir a la gente sencilla, ignorante, pobre y necesitada.

Vuelto a España tras tres décadas en México, mi vida siguió. Primero formándome. Una faceta, esta de la formación, que en México había estado un poco en el olvido. Tras un tiempo de reciclaje, obtuve la licenciatura en Teología Pastoral y fui destinado al Colegio San Agustín de los Agustinos Recoletos en Valladolid, capital de Castilla y León, España.

Es una forma distinta de ejercer el apostolado: la enseñanza de la asignatura de Religión a alumnos de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) y a jóvenes de Bachillerato. Fueron seis años en una etapa difícil por nueva y por el mismo trabajo de enseñar a adolescentes y jóvenes en una sociedad a la que tuve que reaprender a entender.

Hoy sirvo al Pueblo de Dios en la Parroquia de Nuestra Señora de Buenavista de Getafe (Madrid). Por edad estaría ya próximo a la jubilación y al retiro, pero con mucho ánimo recalé aquí. Mi tarea es predicar el Evangelio de otra manera: los tiempos y los lugares obligan a ello.

Lo he estado haciendo a través de la catequesis a los niños de Primera Comunión, de la pastoral vocacional, de las visitas a los enfermos, de los cursos prematrimoniales, de la capellanía semanal en una residencia de discapacitados… E, incluso, predicar el Evangelio con el contacto de cada día con la gente, en la calle, en el paseo, en el hospital, o en el supermercado… y en el bar.

Las bodas de oro son una buena ocasión para dar gracias y pedir perdón.

Gracias a Dios por todo el bien que me ha hecho. Por esa primera llamada, como a todos vosotros, que me hace ser hijo de Dios e hijo de la Iglesia; y también por mi segunda llamada a la vocación religiosa y al sacerdocio.

Y gracias a quienes han colaborado a ello, desde mis padres que me envolvieron en un ambiente de fe, a mis superiores y hermanos agustinos recoletos y, por supuesto, a toda la comunidad cristiana, el pueblo de Dios.

Y junto a “gracias”, perdón.

Por supuesto, perdón al Señor por no haber estado en muchas ocasiones a la altura de lo que Él pedía de mí…. Y, perdón también por las veces que he fallado a la gente, o no han encontrado en mí el consejo o la ayuda precisos…

La fiesta terminó con un piscolabis de confraternización en los patios de la parroquia: Misa y mesa. Como hice ese día, quiero dar gracias a todos los que han hecho que pueda llegar a estos cincuenta años de sacerdocio. Y también a los que se han tomado la molestia de leer estos mis recuerdos.

Gracias.

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