Domingo X del tiempo ordinario: Saber rectificar

«Efectivamente, hay que sumergirse en el propio interior para poder tomar aire y enfrentar de nuevo la vida en la superficie. Podemos perdernos e incluso ahogarnos en el mar de las excusas pero solamente el propio convencimiento de ese viaje sin parada de metro es el que va a encaminarnos hacia la felicidad plena».
Roberto Sayalero Sanz pastoral | 10 jun 2018

«Hoy voy a cantarte la canción del arrepentido. Si saltas vives, pero hay que saltar pa' 'dentro. Y no hay parada de metro que nos lleve a ese lugar. Donde los miedos se confunden con la vida y no queda otra salida que volvernos a encontrar con el presente. […] Hoy voy a contar la historia del que busca afuera queriendo encontrar culpables para sus problemas. Ese que va por la vida con la razón siempre y no sabe que no existe eso que defiende…» Así canta Melendi Al arrepentido. Efectivamente, hay que sumergirse en el propio interior para poder tomar aire y enfrentar de nuevo la vida en la superficie. Podemos perdernos e incluso ahogarnos en el mar de las excusas pero solamente el propio convencimiento de ese viaje sin parada de metro es el que va a encaminarnos hacia la felicidad plena.

En la vida diaria muchas veces nos equivocamos, o no llegamos, o no sabemos, o, incluso, a veces, no queremos… Ocasiones en que no estamos a la altura de lo que esperan de nosotros; veces en que herimos a otros, a veces siendo conscientes de ello, y otras sin darnos cuenta… Desde luego que no hay que ser un agonías, ni un perfeccionista obsesionado por hacerlo todo bien. Nuestra condición de seres limitados lleva consigo el equivocarnos, el no hacer las cosas como se debe, el pisar la felicidad ajena, el aprovecharnos de los demás.

Frente a esto, el ser humano que crece como persona, no es el que no se equivoca nunca, el nunca rompe un plato o habla más de la cuenta, sino el que reconoce sus fallos. El único pecado irreparable, al que se refiere el Evangelio de este domingo, es negarse a rectificar, no querer avanzar, no dejar que actúe en nosotros el Espíritu Santo, una especie de contrapeso que podemos colocar en nuestro “lado bueno” para que evite que nos inclinemos hacia el otro lado.

Bucear y cultivar nuestro interior es una tarea ardua y sorprendente a la vez. Labrar nuestra personalidad lleva consigo que nos acerquemos más a Dios, que nuestra experiencia vaya jalonando nuestros avances. Eso mismo le pasó a Jesús. No se conformó con lo que podían contarle de Dios, quiso experimentarlo por cuenta propia abriéndose al Espíritu. Otra de las escenas del evangelio de hoy muestra cómo Jesús dinamita el concepto cerrado y opaco de familia. Solo quienes dejan que Dios actúe, quienes son capaces de abrirse a la novedad son los que hacen la voluntad de Dios y son los verdaderos hermanos y hermanas de Jesús.

Saber rectificar es una de esas asignaturas en las que hay que matricularse obligatoriamente “por libre”, sin profesor. Los seguidores de Jesús contamos con ayuda extraordinaria pero aprobarla es tarea de cada cual. Cuando queremos actuar desde la seguridad de lo que creemos ser, no podemos avanzar, nuestras piernas están petrificadas. Lo mismo ocurre cuando creemos que todo lo sabemos, que no hay por qué esperar nada nuevo. No hay que aspirar a ser un héroe revestido de virtudes ni creerse infalible. Tenemos que aspirar a vivir con hondura, a abrir los ojos para buscar a Dios en nuestra vida y construir un mundo más humano y más justo, es decir, el Reino. Tendremos, como Melendi, que saltar pa’ dentro para después encontrarnos con el presente.

 

 

 

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