La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo 15 del tiempo ordinario

Am 7,12-15: Ve y profetiza a mi pueblo. Sal 84,9ab-10.11-12.13-14: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Ef 1,3-14: Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo. Mc 6,7-13: Los fue enviando.
José Antonio Ciordia pastoral | 11 jul 2018

Podemos ambientarnos hoy para la celebración del Día del Señor, abriendo nuestros labios y corazón a una bendición; a una bendición a Dios. Pero no tendría gran valor, si la bendición no tuviera una motivación bien concreta y digna. Y no lo sería, si no partiera de una comprensión por nuestra parte, cuanto más profunda mejor, de lo que nos mueve a bendecirlo. Pablo nos ofrece esta vez el material adecuado para ello. Es la segunda lectura.

Perceptible en esta bendición la presencia de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Comienza con la mención del Padre, se centra marcadamente en el Hijo y aparece unido a él, al final, el Espíritu Santo. Nuestra estructura humana – somos imagen y semejanza de Dios, no lo olvidemos -, es trinitaria; se manifiesta con toda claridad en la revelación de Dios en Cristo. Nuestra comunión con Dios ha de ser, por tanto, trinitaria. Para una más comprensión y celebración gozosa del Día del Señor, baste observar la estructura trinitaria la Santa Misa en su conjunto y en particular, según alguno de sus momentos: Saludo inicial, Gloria, Credo …
Como contemplación central, Cristo Jesús. En él y con él, nuestra mirada al Padre y a toda la Comunidad eclesial. Pero en una perspectiva singular: con un “nosotros” bendecidos por Dios en Cristo, bajo la dirección santificadora del Espíritu Santo, como prenda de nuestra herencia en los cielos: lo que somos, en disposición de lo que vamos a ser, ha de ser objeto constante de nuestra consideración. De no vernos y contemplarnos tal como somos a los ojos de Dios, sería cerrar las puertas a una educación correspondiente a nuestra vocación; en consecuencia, desconocimiento de nosotros mismos y, en parte, desconocimiento de Dios. ¿Cómo podremos de esa manera apreciar su bendición y devolvérsela de corazón? ¿Cómo podríamos ordenar nuestra vida con relación a Dios y a los hombres?

El evangelio, llano en sí y trasparente, continúa acercándonos a Jesús taumaturgo y revelador del plan salvador de Dios. Con la novedad, en este caso, de una determinación por parte de Jesús de introducir a los suyos en su obra salvadora: el envío de dos en dos de ellos a anunciar la buena nueva en su nombre y poder. Es de especial interés notar las condiciones en las que han de moverse aquellos que, en su nombre, han de alargar la salvación de Dios en el tiempo y en el lugar a todo pueblo y nación: misión universal. De momento es solo para Palestina; en el futuro, será para toda la humanidad. Esas condiciones válidas entonces, válidas ahora: entera entrega y absoluta disponibilidad; no permitan los enviados que nada y nadie los distraiga de la misión de evangelizar. La primera lectura insiste en la vinculación que existe entre el profeta y Dios, que lo envía: no es una mera decisión personal, por muy devota y santa que parezca, ser profeta; es decisión divina, y, como tal, inquebrantable ante cualquier dificultad. El profeta, el enviado, cuente con la asistencia de Dios en todo momento y lugar: Dios habla por él, y Dios está por encima de todo poder y autoridad.

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