Gema María, agustina recoleta contemplativa: “Compartir todo con mi comunidad me ayuda en mi crecimiento en todos los sentidos”

En el monasterio de Santo Toribio de las Agustinas Recoletas de clausura en Vitigudino (Salamanca) nos encontramos con la hermana Gema María Saizi, de origen tanzano, que el 2 de febrero emitió sus votos solemnes. Le hemos pedido su testimonio de vida y vocación.
testimonios | 26 abr 2018

¿Cómo te presentarías a nuestros lectores?

Mi nombre es Gema María de la Santísima Trinidad; tengo 26 años; mis padres son Anthony Saizi, fallecido hace tres años, y Aurelia Revelian, que vive en Kagera (Tanzania). Somos nueve hermanos: cuatro chicos y cinco chicas; soy la más pequeña de todos.

Soy natural de Tanzania. Nací en Kagera-Bukoba, en donde viví allí hasta que cumplí nueve años. Después fui a vivir a la región del Kilimanjaro-Moshi, con mi tía, hermana de mi madre. Mi tía era viuda y sin hijos, así que me adoptó como hija. Estuve con ella hasta el momento que vine a España.

Terminé los estudios de Secundaria en el colegio local. Toda mi familia es católica. La fe es muy viva y participada. Asistía a la parroquia de mi zona y formaba parte de la Cofradía de la Santísima Virgen, de la Cofradía del Sagrado Corazón, del grupo carismático y del grupo de jóvenes.

El cristianismo empezó a desarrollarse en Tanzania en el siglo XIX. Tiene, por tanto, pocos años de inserción. En la zona en que vivía, la mitad de las personas, más o menos, son musulmanes y la otra mitad cristianos. Estudiamos juntos en los colegios y la convivencia con ellos en general es buena.

¿Cómo ha sido tu historia y tu discernimiento vocacional hasta llegar a ser monja?

A la edad de nueve años hablé con una chica que estaba preparándose para ir a un monasterio y, mientras hablábamos, ella me dijo:

— Yo empecé a amar a Jesús cuando era pequeña como tú.

Estas palabras se grabaron en mi corazón y empecé a preguntarme si era verdad que amaba a Jesús, tal como me dijo la chica. Desde aquel día deseé amar mucho a Jesús, con todo mi corazón.

Después de unos años tuve deseos de ser religiosa y fui a comunicárselo a una pariente de mucha confianza. Pero su respuesta fue negativa; enfadada, me dijo:

— Las religiosas no son personas como tú.

Desde entonces ese deseo se fue apagando poco a poco. Terminé por rechazar todo deseo de ser religiosa y me dediqué a cosas del mundo. Pero después de mi primera comunión se revivió ese antiguo deseo de ser religiosa; aun así, lo rechacé otra vez.

De nuevo pasaron unos años. Un sábado, al salir de la iglesia después de la misa, me encontré con el padre Apolinar Kiondo, párroco de mi parroquia. Después de saludarle, empezó a preguntarme varias cosas. Al fin me preguntó si quería ser religiosa y, como ya no quería, le contesté que no se lo había dicho a mis padres; él insistió: “¿pero, y tú quieres?”. Me quedé callada. Después de esto siguió hablando con las personas que le esperaban.

Yo me marché, pero con un corazón muy angustiado. Estaba también indignada con el párroco por haberme preguntado esas cosas. Pasé ese día llena de tristeza e inquietud en el alma. Quedó claro en mi corazón que mi vocación era ser religiosa. Además sentí en mi interior que era mi obligación seguir este camino.

Al tener este sentimiento, me entristecí mucho porque entonces estaba llena de vanidades y mis deseos eran estudiar una carrera, tener trabajo, ayudar a mis padres y ser una persona importante en la sociedad; esta lucha interior no me dejaba en paz. Entonces, para apagar el remordimiento de conciencia, me decía a mí misma: “sí, seré religiosa, pero no ahora, sino después de tener trabajo y ayudar a mis padres y gozar un poco en el mundo”.

Llegó una semana en que hubo un encuentro carismático. Durante estos días Dios fue iluminando mi alma poco a poco, dándome a entender cómo es la vanidad del mundo y lo que está en él. En mi alma se provocó una gran repugnancia de todo deseo que tenía de las cosas del mundo, al ver lo caduco y pasajero que es, y lo bueno y dulce que es Jesús; decidí abandonar todo y seguirle hasta el fin sin volver atrás, costara lo que costara.

Entonces empecé a buscar dónde me quería Dios. Comencé a probar en la vida religiosa en mi país, pero no encontré satisfacción, pues eran religiosas misioneras, de vida activa, había poco tiempo de oración.

Un día me estaba hablando el padre Apolinar sobre las distintas formas de vida religiosa y me dijo que hay formas de vida religiosa activa y contemplativa. Después de explicarme bien, yo le pregunté:

— ¿Qué le parece, yo valgo para la vida contemplativa?

Entonces empezamos a buscar un convento de este género de vida en mi país. Él no conocía ninguno, pero me dijo que había un sacerdote, el padre Mateo Munishi, director del Seminario y vicario para religiosas de la Diócesis, que conocía religiosas contemplativas, pero fuera de Tanzania. Me comuniqué con él, me enseñó una foto de la comunidad de monjas de Vitigudino que me agradó, y empecé a prepararme con él en el Seminario.

Estuve cerca de un año viviendo en el Seminario ayudando a las religiosas en la cocina, participaba en las oraciones y en los trabajos de la casa. Luego hicimos los trámites de la documentación para venir a España, y un 14 de diciembre entré en el convento de las monjas Agustinas Recoletas de Vitigudino como aspirante. Allí me encontré con otras dos hermanas de mi país.

¿Qué personas, episodios u otras cosas te han ayudado especialmente en este proceso de discernimiento vocacional hasta hacer la profesión solemne como agustina recoleta?

En los inicios en mi país me ayudaron dos sacerdotes: Apolinar, párroco de mi parroquia, y el vicario diocesano para religiosas, Mateo Munishi. También tengo que recordar a los miembros de los grupos eclesiales a los que pertenecía.

Desde otro punto de vista, pero muy importante, me ha ayudado la lectura asidua de la Biblia, sobre todo algunos pasajes del evangelio de san Mateo Mt 16,24-26 y Mt 19,10-12– y el de la carta primera de san Pablo a los Corintios 7,32-35.

Y me ha ayudado de forma especial la lectura de la vida de algunas santas: Gema Galgani, Teresita del Niño Jesús, María Faustina Kowalska, Gertrudis la Magna, Margarita María Alacoque… y, últimamente, la vida mística de nuestra madre fundadora Mariana de San José. Todas ellas, grandes contemplativas.

Aquí en España, mi maestra de novicias, las prioras y mis hermanas de Comunidad con sus ejemplos y oraciones también han sido un referente. El compartir todo con ellas me ayuda en mi crecimiento en todos los sentidos, sobre todo espiritualmente.

¿Qué dificultades has sentido en este proceso vocacional?

He tenido de todo. Al ser de otro país, con diferente cultura, costumbres, idioma, al comienzo cuesta ir adaptándose; pero, gracias a Dios y con la ayuda y el consejo de las personas que me han acompañado durante estos años, he podido seguir adelante.

Lo que más me costaba era entender y hacerme entender. La ventaja que tenía era que, al haber dos hermanas de nuestro país, aprendí pronto el idioma; podía seguir el rezo de la Liturgia de las horas con el breviario, aprender los cantos y, gracias a Dios, ahora puedo tocar poco a poco el órgano, dado que es tan importante para nosotras el canto en la oración litúrgica.

Por lo demás, el trabajo ordinario de casa lo llevo bien y he tenido también que aprender a coser y bordar que es nuestro trabajo para ganar nuestro sustento cotidiano.

En lo referente a lo espiritual, estoy muy contenta, porque puedo dedicar muchas horas a la oración, a estar con Jesús, que era lo que más deseaba.

¿Por qué monja de por vida y contemplativa agustina recoleta?

Siento que Dios me quiere a la vida contemplativa; siento ese deseo de estar en intimidad con el Señor, acompañarlo en todo momento, a través de mi trabajo, de mi descanso, de la recreación comunitaria. Quiero ayudar a reparar tantas injurias que cometemos los seres humanos al corazón sufriente de Jesús.

La vivencia agustino-recoleta en comunidad al estilo de nuestro padre san Agustín, a través de la oración, el trabajo, la convivencia fraterna… ha sido muy importante y lo que más me ha marcado. El ideal siempre deseado de “todas unidas con una sola alma y un solo corazón en Dios”es un fuerte aliciente en mi vida.

Y también ofrezco un icono que me ayuda en esta determinación: ser como María, es decir, vivir mi vida oculta en unión íntima con Dios y con las hermanas en una misma misión de ayudar a la madre Iglesia y a toda la humanidad con nuestras pobres oraciones y sacrificios. Todas unidas con una sola alma y un solo corazón en Dios.

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