"El verdadero desafío de la presencia de la Iglesia en la Amazonia está en nosotros mismos, los católicos"

Jesús María Cizaurre (Valtierra, Navarra, España, 1952) es un obispo agustino recoleto que ha servido como misionero en la Prelatura de Marajó y, posteriormente, como obispo de Cametá y, más tarde, Bragança do Pará. Es un excelente conocedor de la realidad social y eclesial en la Amazonia Occidental. Le hemos entrevistado para conocer mejor aquella región y las expectativas de la Iglesia Amazónica.
noticias | 09 feb 2018
¿Qué hay en común y de diferente entre Marajó, Cametá y Bragança do Pará?

Después de haber estado durante 16 años trabajando en la Diócesis de Cametá, el 15 de octubre de 2016 asumí la Diócesis de Bragança do Pará. Ambas diócesis y también la Prelatura de Marajó, donde estuve anteriormente durante trece años, están localizadas en la región oriental de la Amazonia.

Las similitudes entre ellas son grandes. En las tres diócesis encontramos un pueblo sencillo que vive de la pesca, la agricultura familiar y de la extracción del açai, el fruto de una palmera local que últimamente tiene mucha demanda en todo Brasil y también a nivel internacional.

Podemos decir que, en general, es un pueblo pobre, olvidado por las autoridades políticas de ámbito nacional y regional, que ha visto siempre como las riquezas propias de la región son aprovechadas por los que vienen de fuera, que luego se van dejando solo miseria. Así fue en el tiempo del caucho, de la madera o del palmito; y hoy lo mismo ocurre con la energía eléctrica, los minerales, el agro-negocio y el açaí.

Pero es un pueblo muy religioso. La evangelización de esta gente comenzó de forma más sistemática con la llegada de las órdenes y congregaciones religiosas a la Amazonia, en la primera década del siglo XX.

En Cametá fueron los Padres Lazaristas holandeses, en Bragança los Padres Barnabitas italianos y en Marajó los Agustinos Recoletos españoles. Hoy es claramente perceptible esta presencia en las tres iglesias locales.

En Cametá, el trabajo evangelizador de los Lazaristas tuvo un acento social considerable; en Bragança los Barnabitas fueron excelentes misioneros, haciendo grandes distancias a caballo para anunciar la Palabra de Dios; y los Agustinos Recoletos, en Marajó, evangelizaron aprovechando el curso de los ríos y afluentes, anunciando la fe católica y llevando a los fieles los sacramentos en las famosas “desobrigas”.

A partir de los últimos años de la década de los años sesenta del siglo pasado, y con el respaldo del Documento de Medellín, las Comunidades Eclesiales de Base comenzaron a surgir de forma bastante espontánea en las zonas rurales.

Poco a poco, la modalidad pastoral de “desobriga”, que hasta entonces se realizaba, comenzó a cambiar pasando a una pastoral de visita a esas Comunidades de Base que, de forma permanente y semanal, realizaban la celebración de la Palabra. Las tres referidas Iglesias locales cuentan con bastantes Comunidades Eclesiales de Base que son la base de toda la evangelización que se realiza en las zonas rurales.

Aunque la situación económica de las dos diócesis y de la Prelatura no son totalmente autosostenibles, hay un esfuerzo común en las tres —y en otras diócesis del occidente amazónico— para crear el clero diocesano.

Hasta los años ochenta del siglo pasado todo el clero estaba formado por misioneros extranjeros. Ante la falta de vocaciones en Europa y la dificultad de traer nuevos misioneros, los obispos comenzaron a invertir en la formación del clero diocesano.

Así fue creciendo el número de sacerdotes diocesanos: Marajó ya tiene unos 10, Cametá alrededor de 25 y Bragança otros 35, aproximadamente. Este ha sido y continúa siendo un importante esfuerzo que, despacio, va dando resultado.

En cuanto a las diferencias podemos decir que también existen. En el aspecto cultural cada una tiene características propias. Yo he notado que, en los últimos años, con la llegada de la Universidad a esta región, hay un esfuerzo por rescatar la cultura popular: los bailes, cantos, manifestaciones religiosas, las leyendas populares, comidas, fiestas y otros.

En Marajó, que está geográficamente en las islas fluviales de la desembocadura del Amazonas, el turismo ha ayudado a dar valor a la cultura marajoara; em Cametá, la imprenta de la Diócesis viene publicando bastantes libros de autores locales; y en Bragança do Pará el Museo de Arte Sacro recoge muchos materiales de la cultura local.

Desde el punto de vista social las diferencias son pequeñas entre Bragança, Cametá y Marajó. Por lo general todas tienen desafíos como el desempleo generalizado, abuso y explotación sexual de niños y adolescentes, tráfico de seres humanos y salarios formales muy bajos.

No puedo dejar de anotar, como motivo de verdadera preocupación, la situación de Marajó que sistemáticamente ha sufrido el abandono de los gobernantes. Hoy buena parte de su población vive en la periferia hinchada de Belém, la cercana capital del estado de Pará, pasando grandes necesidades, incluso hambre.

Por otra parte, la violencia se ha generalizado al igual que las drogas, que están presentes hasta en los lugares más distantes e insospechados.

En lo religioso y pastoral no hay grandes diferencias. Diría solamente que cada Diócesis y la Prelatura, a lo largo de su historia, se han organizado de formas diferentes, pero en realidad muy parecidas. Por eso no he tenido dificultades en adaptarme y conocer a sus gentes.

Doy gracias a Dios por mi vivencia en todas estas zonas de la Amazonia Occidental. Lo veo como una gracia especial de Dios, que me ha permitido compartir la fe en Cristo Jesús con estas personas.


¿Cómo se vive en Bragança este momento eclesial de la Amazonia?

Como ya es del conocimiento de todos, el Papa Francisco anunció una Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la región Pan-Amazónica en Roma, en octubre de 2019. El objetivo es buscar nuevos caminos para la evangelización de los más de 25 millones de personas que vivimos en esta región.

De esta forma el Papa ha atendido a mucha gente que le pedía una atención especial de toda la Iglesia para la Amazonia. Aquí todos nos hemos sentido felices con este gesto bonito del Santo Padre y ya se ha comenzado a enviar colaboraciones de diversas partes a la secretaría del Sínodo.

Nuestra Diócesis todavía no ha mandado nada, pero ciertamente lo haremos, porque el momento es importante para toda esta región. En abril, durante la asamblea anual de la Conferencia Episcopal Brasileña, los obispos estudiaremos este tema y enviaremos sugerencias para el Sínodo.

Creo que nuestra mayor colaboración desde Bragança deberá estar en ver la realidad, mostrar lo que realmente sucede aquí y cuáles son los verdaderos y grandes desafíos sociales, ambientales y religiosos.

En el aspecto social, destacaremos que durante mucho tiempo se ha pensado en la Amazonia como “un bosque inmenso sin gente”, lo cual nunca ha sido verdad: además de los pueblos indígenas, en número considerable en algunas zonas, los ríos, islas y tierras siempre fueron habitados por una población descendiente de indígenas, europeos y negros.

Por parte de los poderes políticos y económicos siempre hubo una intención de explotar las riquezas naturales de la región, pero sin preocuparse por el desarrollo de estas gentes que vivimos aquí. La desigualdad con respecto a las regiones del sur de Brasil, por ejemplo, es enorme.

Desde el punto de vista ambiental ya no podemos negar lo que es evidente, aunque el gobierno con frecuencia utilice las estadísticas sobre deforestación para tapar la verdad. Lo cierto es que el bosque en la Amazonia es sistemáticamente derribado, tanto sea para la explotación de madera, como para pasto para el ganado, o para los cultivos del agro-negocio. Según algunas voces, en cuarenta o cincuenta años no tendremos más bosque en la Amazonia, con las consecuencias climáticas que eso lleva consigo.

Desde la perspectiva de la evangelización, existen serios desafíos que no son exclusivos de aquí, pero que aquí se agravan. Entre otros, la presencia de los evangélicos pentecostales y neo-pentecostales, que encontraron una tierra preparada por la pobreza y un pueblo muy religioso y poco evangelizado.

Con su sistema de iglesias pequeñas y autónomas se han diseminado arrastrando una buena parte a católicos. Hoy día parecen haber perdido un poco de su ímpetu inicial, pero continúan siendo un verdadero problema para la evangelización.

Conviene notar que el tránsito de fieles entre estas iglesias es muy grande; y en Brasil ha surgido el fenómeno de los “creyentes sin religión”: después de transitar en diversas iglesias, muchos llegan a la conclusión de que no necesitan de ellas para comunicarse con Dios.

Pero creo que el verdadero desafío de la evangelización está en nosotros, en la Iglesia Católica. La dimensión misionera de nuestra fe deja mucho que desear; nuestras pastorales se limitan a reuniones y a nuestras parroquias les falta salir a las periferias, visitar las familias; nuestras comunidades de base se limitan a la liturgia, olvidando las cuestiones sociales y los pobres.

En el año 2000, en América Latina pensamos en un proyecto de “Misión Continental” que, en Brasil, no ha salido del papel.

Por todo esto, tenemos puestas las esperanzas en este Sínodo, pues creemos que nos ayudará a encontrar nuevos caminos de evangelización y a renovar el entusiasmo misionero para anunciar en estas tierras la persona y el Evangelio de Jesús.
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