"Los católicos tenemos que salir de nuestra zona de seguridad y comodidad para luchar por los derechos de todos, especialmente los más vulnerables"

Rio Branco, la capital del estado de Acre, acaba de convertirse en también capital de la violencia en Brasil. Sus fronteras y su selva la han convertido en lugar estratégico para el tráfico de drogas y personas. Hablamos con su obispo, el agustino recoleto Joaquín Pertíñez, sobre este y otros muchos desafíos.
noticias | 05 feb 2018
Punto de partida: una sociedad rota

PCC, CV y B13 son algunas de las pintadas que pueden verse en Rio Branco (385.000 habitantes), la capital del estado brasileño de Acre. Es una de las regiones más aisladas del país, y también de las más pobres, situada en la esquina noroccidental y con la mayor parte de su extensión constituida por selva amazónica cerrada.

PCC (Primeiro Comando da Capital), CV (Comando Vermelho) y B13 (Bonde dos 13) son en realidad organizaciones criminales; las dos primeras tienen presencia en todo el país, la tercera es local. Y están en guerra abierta por el control del Acre. Sus 1.400 kilómetros de frontera con Perú y Bolivia, grandes productores de cocaína, han atraído a las bandas criminales más importantes del país.

Antes de 2016, Acre no tenía estadísticas llamativas respecto al resto del país en cuanto a violencia y criminalidad. Estaba “en la media”. Eso sí, de 2005 a 2015 el número de homicidios creció un 75%. Pero a partir de ese año, todo cambia a mucho peor: así, por cada 100.000 habitantes en 2015 hubo 34 homicidios; en 2016, 62; y en 2017, superó los 75. Por hacerse a una idea, en Brasil la tasa de homicidios media para todo el país está en torno a los 27 y en España en torno al 0,3 por cada 100.000, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.

“Antes, quienes mataban y morían en Acre eran personas que se conocían, peleas de bar por borracheras, crímenes pasionales de despecho… Ahora ya no. Son casos de ejecuciones con un fuerte componente de crueldad. Es todo un grupo criminal matando a los del grupo rival”, dice para la BBC Brasil Rodrigo Curti, fiscal.

Llegaron no solo más asesinatos, sino también mucho más crueles: decapitaciones, descuartizamientos, en ocasiones grabadas con los móviles en vídeos que corren como la pólvora en grupos de Whatsapp; hay barrios enteros dirigidos por las bandas, donde ni la policía entra; y ciudadanos normales de a pie como auténticos rehenes a merced de estas bandas.

¿Qué pasó en 2016 para que todo cambiase? El PCC consiguió controlar todas las rutas de tráfico de droga y personas entre Paraguay y Brasil, una de las fronteras que más lucro ofrece. Así que el CV se puso a buscar alternativas. Acre entró en la disputa con sus fronteras no vigiladas, simples líneas de mapa imaginarias sobre una geografía real de selva y centenares de cursos de agua que pueden ser usados como vías de transporte fluvial. Y el B13 surgió como un actor más, aliado al PCC.

Por si no bastase, actualmente Acre tiene la segunda mayor tasa de presos encarcelados del país, 657 por cada 100.000 habitantes, el 45% de entre 18 y 24 años de edad. En las prisiones estos grupos criminales tienen su “universidad”, su “centro de operaciones” y su “noviciado”, nacidos precisamente en prisiones.


La Iglesia no es ajena al sufrimiento de un pueblo

Un agustino recoleto, Joaquín Pertíñez (Monachil, Granada, España, 1952) es la cabeza de la Iglesia en la región. Preside la Diócesis de Río Branco desde 1999, que abarca municipios de los estados de Acre y Amazonas (entre ellos la capital del Estado, donde está situada la sede), de 102.000 kilómetros cuadrados y casi 600.000 habitantes.

La reciente visita del Papa Francisco a Puerto Maldonado (Perú) ha permitido mostrar con toda su intensidad el papel de la Iglesia Católica en la región amazónica; más allá de esta visita, en la que el Papa quiso encontrarse de un modo más específico con los pueblos indígenas (Brasil envió cien representantes de sus diferentes etnias), hay toda una serie de indicativos que muestran que estamos ante un auténtico “momento eclesial de la Amazonia”.

Así, el año 2019 la Iglesia va a celebrar un Sínodo especial sobre la Amazonia; las reuniones y encuentros preparatorios, visitas, animación e ilusión de las Iglesias locales son totales. Por ejemplo, un cardenal visitó por primera vez en la historia la Prelatura de Lábrea, en el Amazonas brasileño, donde trabajan los agustinos recoletos desde 1925, preparando este momento eclesial.

En parte dentro de este movimiento preparatorio, se ha puesto en marcha la REPAM (Red Eclesial Pan-Amazónica), que es un organismo donde participan entidades eclesiales de todo el gran cauce amazónica (incluyendo países como Ecuador, Perú, Bolivia, Colombia y Brasil).

La REPAM tiene como principal objetivo concienciar dentro y fuera de la Amazonia, dentro y fuera de la Iglesia, sobre la importancia de defender los derechos humanos, la ecología humana, el futuro de esta región, porque de su supervivencia depende, en última instancia, el futuro del clima y la vida en todo el planeta.

Una vez más el Papa Francisco supo poner el dedo en la llaga con su encíclica Laudato Si`, donde específicamente se habló de la importancia de la Amazonia para la Iglesia y para la Humanidad.

Por su parte, la Iglesia de Brasil cada año lleva a cabo durante la Cuaresma una “Campaña de la Fraternidad”: aprovecha la vivencia espiritual preparatoria de la Pascua para reflexionar, rezar y ayudar de forma efectiva ante diversos retos.

En los últimos años algunos de sus puntos de observación han sido precisamente los biomas (destacando el amazónico), la ecología, los pueblos indígenas, el tráfico de personas o la violencia. Temas candentes en las Iglesias amazónicas.

Pertíñez acompañó hasta Puerto Maldonado a algunos de los representantes de las etnias indígenas en Acre, el 19 de enero. Pudo estar con el cardenal Baldiserri, secretario del Sínodo para la Amazonia, y el cardenal Hummes, presidente de la REPAM y de la Comisión Episcopal para la Amazonia de la Conferencia Episcopal brasileña. Y del 20 al 23 de agosto estará en Manaos para el III Encuentro de la Iglesia de la Amazonia Legal.

Queremos escuchar la voz de un buen conocedor de la Amazonia Occidental, dado que antes que obispo en Río Branco (Acre) fue misionero en la Prelatura de Lábrea (Amazonas) y delegado de la Provincia de San Nicolás de Tolentino de los Agustinos Recoletos en Brasil; desde el año 1988 su vida ha estado ligada directamente a la Amazonia. A él le damos voz a partir de aquí.


Joaquín Pertíñez: el momento eclesial de la Amazonia

El Papa Francisco constantemente nos pide a los obispos de la Amazonia que seamos valientes y que pidamos, pidamos... Pero, en concreto, no sabemos qué está queriendo que pidamos... Imaginamos algo, como puede ser el estudio y propuesta de algunas modificaciones en las normas para la ordenación de sacerdotes, una de nuestras mayores necesidades, pero no sabemos cuánto respaldo tendrían esas modificaciones porque nuestro problema, somos conscientes, no es el problema de todo Brasil.

El Papa ya manifestó que le gustaría, por ejemplo, que hubiera un ordenado en cada comunidad indígena... ¿Utopía? Cuando no tenemos clero suficiente ni en las ciudades y comunidades mayores, imaginemos el gran desafío que eso representa para toda la Iglesia amazónica.

Nuestra Diócesis de Rio Branco hace frontera con Perú y Bolivia, con los problemas propios de territorios de frontera, y más aquí donde las fronteras son artificiales y no hay ni fiscalización ni control, constituyéndose en corredores naturales para todo tipo de tráfico humano y material.

No se puede olvidar que hoy día la mayoría de la población de la región amazónica es urbana y está en grandes capitales de estado, tales como Belém (Pará), Manaos (Amazonas), Porto Velho (Rondonia) o Rio Branco (Acre).

En todas ellas hay inmensas bolsas de gente amontonada, inmigrantes de las áreas rurales, que sin un futuro de vida llegan a los grandes centros urbanos, aumentando las periferias de pobreza y miseria no sólo económica, sino de toda clase.

El cambio climático también nos ha tocado de lleno. En los últimos años hemos sufrido graves inundaciones que han puesto en riesgo la vida de miles de personas, tanto en las zonas rurales como en las urbanas.

Afectan de forma más cruel a las comunidades indígenas, que ven de repente los ríos secos, el agua contaminada, una escasa producción en sus áreas de cultivo, mucho calor, menos animales para cazar… Para ellos es una condena a muerte por inanición.

Esos impactos medioambientales, como siempre, afectan a los más pobres y menos favorecidos, y uno de esos grupos son los pueblos indígenas.

A todo eso se junta la amenaza continua sobre las tierras de los indígenas y sus culturas, reflejo de las leyes opresoras que el gobierno está tentando implantar de nuevo, contrarias a la Constitución de 1988.

Vivimos un retroceso evidente en la historia de los derechos conquistados a lo largo de los últimos años. Con la propuesta de enmienda a la Constitución Federal (llamado Proyecto de Enmienda Constitucional 215) se busca alterar el procedimiento de demarcación de tierras, lo que dejará esas poblaciones más vulnerables aún de lo que ya son.

Por otro lado, vemos cómo grandes proyectos industriales se están instalando en la Amazonia, pero traen grandes preocupaciones para todos. Los obispos de la región ya nos reunimos varias veces para tratar estos asuntos, por las consecuencias que ya estamos viviendo y las que pueden llegar en el futuro,

Se trata de proyectos del agro-negocio, con plantaciones de soja principalmente, centrales hidroeléctricas, que afectan principalmente al Estado de Acre con inundaciones nunca vistas anteriormente, deforestación y venta de madera para el extranjero, grandes explotaciones mineras...

En el caso del agro-negocio, por ejemplo, acaba con cualquier otro tipo de vegetación que no sea el que se produce de modo intensivo en monocultura. No podemos cerrar los ojos para esta realidad que trae consigo enormes impactos y agresiones al medio ambiente y al ecosistema completo, vegetales, animales y personas.

La tierra, el agua, el aire y la selva son ahora mercancía para los intereses de las multinacionales o de los poderes económicos y políticos, que no miran demasiado para los intereses de los pueblos de la selva.

Pareciera que para ellos todo se puede comprar y vender, colocando en riesgo la vida y supervivencia a las poblaciones tradicionales, indígenas y ribereños... Muchos de esos grandes negocios se han planificado desde muy lejos, sin contar con los más interesados, que son los que viven en la región y cuyos modos de vida están ligados de un modo íntimo y estructural al medioambiente que les rodea.

Mediante la REPAM precisamente la Iglesia busca una participación activa y corresponsable de las personas, las comunidades de base, las parroquias, las diócesis, las congregaciones y órdenes religiosas, las organizaciones y los movimientos eclesiales y sociales, Cáritas, Consejo Indígena Misionero (CIMI), Comisión de Pastoral de la Tierra (CPT), universidades y centros de enseñanza católicos…

Una participación que incluya escuchar, acompañar, apoyar, formar, servir y estimular, unir fuerzas para responder a todos esos grandes desafíos socio-ambientales y humanos que se presentan en esta nuestra realidad amazónica.

Las Iglesias de frontera nos estamos organizando para remediar, dentro de lo posible, las violaciones de los derechos contra los pueblos indígenas, las innumerables formas de violencia y crímenes contra jóvenes, el tráfico de personas, principalmente de menores, la explotación sexual, el trabajo esclavo...

Ante la omisión y muchas veces connivencia del poder, la Iglesia no puede dejar de defender a los grupos más vulnerables de la región. Nos hemos propuesto llevar a cabo un programa concreto que nos permita ir alcanzando esos objetivos.

Una de las acciones será la formación y sensibilización con los niños de la Infancia Misionera de las parroquias, alumnos de las catequesis, miembros de los grupos pastorales y de los movimientos sobre el cuidado de la Casa Común, la tierra.

También queremos implantar en las parroquias una comisión permanente de educación ambiental, responsable de identificar las cuestiones más graves en ese ámbito dentro de cada parroquia. Hay que entender que aquí las parroquias tienen una extensión parecida a la del municipio civil, algunas de ellas grandes como provincias en España.

Es deseo de nuestra Iglesia proporcionar a la sociedad espacios verdes, arborizar áreas en desuso propiedad de las parroquias y de las comunidades, así como de organizarnos para tener mejores prácticas, más sostenibles, en encuentros y reuniones, reciclando materiales, evitando las acciones más contaminantes, economizando agua y electricidad…

También buscaremos cómo implantar en la Diócesis una Pastoral Ecológica, organizada, que llegue a todos y que nos haga ver la Creación con otros ojos, desde una ecología humana como la propuesta por la Laudato Si`.

Por último, deseo que como católicos salgamos de nuestras zonas de comodidad y nos preocupemos más con los problemas que, aunque en un primer momento parezcan de otros, a veces lejanos, en realidad nos afectan a todos en nuestro planeta, a todo ser vivo, y se originan precisamente en prácticas humanas corregibles y denunciables.



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