Santiago Bellido: En trazos de lápiz y pincel

Santiago Bellido Blanco (Valladolid, España, 1970) es arquitecto doctorado por la Universidad de Valladolid y profesor de Geometría y Dibujo en la Universidad Luisíada de Oporto (Portugal). Dibujante y pintor, ya ha realizado varias exposiciones en su región natal de Castilla y León (“De vistazos”, Valladolid 2007, ha sido la última).
testimonios | 04 feb 2005

Desde los 10 años ha tenido en el cuaderno de dibujo un compañero fiel del que no se separaba y en el que ha ido plasmando esos fogonazos visuales que más llamaban su atención.

Dice tener la suerte de hacer lo que le gusta. Quizá una curiosa disonancia en su trayecto sea el periodo en que estuvo haciendo el servicio militar —obligatorio entonces en España— como oficial de complemento. Sin embargo, en esa época empezó a tener gente muy distinta a su cargo y a dar sus primeras clases. Afirma que disfrutó tanto con aquello que, desde entonces, ha querido seguir dando clases.

Santiago ha dibujado en los últimos tiempos algunos cuadros y escenas muy relacionadas con los Agustinos Recoletos. En realidad empezó ya de joven, cuando era alumno del Colegio San Agustín de Valladolid. Una de sus primeras obras fue un cómic con la vida de San Agustín. Muchos años después, se ha enfrentado al reto de dibujar toda una serie sobre la vida de San Ezequiel Moreno.

Actualmente es el diseñador habitual de la portada de la revista de antiguos alumnos de ese colegio de la capital castellano-leonesa, Alarva. Una portada que prepara con trazo sencillo, ágil, lineal, pero cargado de sentido y sentimiento, casi como viñeta periodística o como un auténtico ejercicio literario de género editorial pero en lenguaje gráfico visual.

Pero si Santiago Bellido está en estas páginas es por otra de sus facetas: la de creyente que vive su fe con libertad y decisión en un mundo —el de las artes gráficas— casi por tradición alejado de los ambientes cristianos. Él mismo lo cuenta.

 

No os oculto mi fe…

Soy creyente practicante. Sí, tengo suerte. Siempre he tenido relación con Dios. Pertenezco a una familia practicante y he tenido una formación cristiana. Quizá los primeros momentos especiales —en los que uno nota que está arropado, acompañado y ligado de forma íntima a Dios— hayan tenido lugar durante las convivencias espirituales que organizaba el colegio en el que estudié, el San Agustín de Valladolid.

Mis momentos más alegres son siempre de relación con los amigos, de autoafirmación de mi propia personalidad junto a los demás. Disfruto de las cosas pero, más propiamente, de mi participación en esas cosas. Mis momentos alegres son bastante templados. La fe cristiana me da un punto de vista y también un lugar concreto dentro de cada una de las situaciones.

En este último sentido, yo no oculto mi fe —y tampoco hago alarde de ella—. La gente con la que me relaciono sabe que soy creyente, y eso me da un papel referencial y respetado dentro del grupo.

También mis momentos tristes son templados. Tengo mis miedos, pero hasta ahora no se han cumplido. La perspectiva que me da la creencia en la vida futura me sirve para relativizar las desgracias y, por suerte, tengo una gran capacidad para olvidarme de las cosas.

La duda: todos los días, un rato

De hecho, nunca he sentido que Dios estuviese muy lejos, o ausente. Momentos de duda se tienen todos los días, un rato. Los medios en que me muevo no son muy creyentes: pero no encuentro pruebas para no creer. Si Dios desaparece de mi vida, yo me convierto en la persona más importante del mundo, y eso es un poco pretencioso.

Creer en Dios, cuando poca gente cree en Él, no es menos satisfactorio que cuando lo hace todo el mundo. Íntimamente lo es más, supongo. ¿Se puede creer hoy? Esta pregunta sólo puede tener sentido para un no-creyente.

Me temo que los no-creyentes no son personas felices. Pasan demasiado tiempo hablando de Dios e intentando convencernos de que los equivocados somos nosotros. La respuesta está delante de ellos. La religión no es cosa de nuestros abuelos; es cosa de todos nuestros antepasados, en todos los tiempos, en todos los lugares del mundo. ¿Hemos estado todos equivocados menos ellos, que siguen el pensamiento circunstancial de un mundo visiblemente desnaturalizado? Al menos, que se den la oportunidad de considerar la otra opción.

Yo no soy creyente porque quiera serlo; algunos de mis amigos ateos dicen que les gustaría creer y que no pueden. Yo quiero ser creyente porque ya lo soy, y por eso me esfuerzo en seguir siéndolo. Si busco motivos objetivos, que el mundo tenga una lógica poética, que la historia sea progresiva y coherente, que tengamos un referente ideal que siempre nos lleve a mejorar, que exista la justicia y, por encima de ella, la bondad, que no esté nunca solo… me parecen suficientes.

También me siento unido a la sociedad en que vivo. Me gusta pasármelo bien, ir de fiesta con los amigos, viajar por ese mundo feliz y de colores que presenta la publicidad. Resulta que es real, y que se puede disfrutar incluso sin el coche-bebida-perfume-móvil-ropa que dicen que necesito.

Pero, claro, la nuestra es una época en que los “alternativos” somos los que seguimos creyendo. Curiosamente mi fe me hace “postmoderno”. De todas formas, no creo que se convierta en simple moda, por el momento.

Como me desenvuelvo mejor en el trato personal: como creyente a veces consigo que consideren mis puntos de vista, sin parecer a la vez una persona encasillada y aburrida.

Siento que si Dios me ha pedido que renuncie a una buena vida, no le he respondido. No llegaré muy lejos sin un sacrificio personal más acusado, pero de momento no he dado ese paso. Al mismo tiempo, creo que no he sido muy tajante con Él, con negaciones demasiado serias, sólo le he dado pequeños “noes” diarios. Pero mi conciencia funciona, creo, y no me deja engañarme durante mucho tiempo.

La Iglesia, referente coherente

La Iglesia tiene que ser un referente coherente en nuestra sociedad. No tiene que amoldarse a los nuevos tiempos, sólo demostrar que vale igual ahora que antes. Son infinitos los testimonios de aquéllos que se dicen creyentes pero no practicantes por culpa del mal ejemplo de la Iglesia. Eso es una excusa. Quien cree, se esfuerza por mejorar lo que está mal, no abandona su fe para practicar otra personal. Quien no quiere creer, no creerá en cualquier caso; pero, al menos, la Iglesia debería ser lo más intachable posible para una institución con una parte humana. Y cuando haya errores, lanzarse a corregirlos de una forma ejemplar.

La sociedad sólo quiere de la Iglesia aplicaciones prácticas, el resto lo pueden considerar hasta intromisiones ofensivas. En cualquier caso, echo de menos una mejor prensa. Los cristianos somos los que deberíamos ser más felices, pero todos nos ven como unos tristes reprimidos. Así no hay manera de ser testigos de algo. En ese sentido, la disponibilidad de las instituciones de ayuda a los necesitados, el voluntariado y los proyectos de desarrollo, es posible que resulten ser los testimonios más positivos que los cristianos y la Iglesia dan hoy a la sociedad.

Todo va a tener que mejorar.

Pienso que, efectivamente, otro mundo es posible. Aunque yo trabajo sólo con mi “pequeño mundo”. Si la gente sabe que soy creyente, no puedo por menos que intentar ser fiel a esa imagen. Mantener una cierta coherencia resulta ser un ejemplo en determinados ambientes en los que no se plantean que se pueda ser católico y culto, o incluso católico y “normal”. Además, rezo.

Lo que Dios nos pide a todos es mucho, y yo no he dado mucho. Yo sé que no soy creyente sólo por mantener las apariencias, o evitarme conflictos familiares, o no plantearme las cosas. Sin embargo, alguna vez se me ha reprochado no tener un mayor compromiso en forma de voluntariado, y no dejan de tener razón. Mi capacidad para sacrificar mi tiempo es muy pequeña.

Lo que no quiere decir que no lamente la situación en la que estamos, y creo que, hablando de la sociedad en su conjunto, estamos peor que antes. Los referentes de conducta y los modelos a seguir son sustituidos por imágenes de éxito personal y realización secular. Antes, se podía ser mejor o peor, pero se sabía lo que estaba bien y lo que se debía hacer. Se sabía que los demás lo sabían. Ahora, no estoy tan seguro. Por otra parte, tengo una visión positiva de la situación: todo va a tener que mejorar.

Tampoco se puede negar la dimensión mística del mundo. Desplazar otras realidades mundanas para alcanzar el desarrollo espiritual es una opción —la de la vida religiosa— de la que no se puede prescindir. Yo no he marcado esa casilla, pero quiero que la opción esté siempre presente en la Iglesia. Deseablemente, muchos agradecerán la ocasión de seguir ese camino más espiritual como el de la vida agustino-recoleta. Por ellos, y por los demás.

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