“Aprovecha cada experiencia de tu vida. En ella puede esconderse el futuro que estabas esperando”

Carlos Gomes do Nascimento, “Carlito”, tiene hoy 20 años de edad y estudia Filosofía en el Seminario San Agustín de Fortaleza (Ceará, Brasil). Procedente de una pequeña localidad llamada Morabas de Barra de Sotero, en el municipio de Croatá, del estado nordestino de Ceará (Brasil).
testimonios | 01 feb 2005

La experiencia de Calito parte de su pequeño pueblo, de un ambiente con pocas perspectivas de cambio y novedad. Después de su paso por la casa de acogida de los agustinos reocletos en Guaraciaba do Norte (Ceará, Brasil), Carlito es hoy seminarista y muestra su voluntad de ser agustino recoleto. Repasemos su experiencia, determinada por un auténtico carpe diema la vida: una apuesta por el futuro desde el presente, un aprovechamiento y disfrute máximo del día a día y de las experiencias que éste nos ofrece.

Proveniente de una familia numerosa de cinco hermanos y criado con sus abuelos desde que tenía un año de edad, Carlito residió gran parte de su infancia  en su pequeño pueblo agrícola, donde eran escasas las alternativas que pudiesen reforzar sus inquietudes por descubrir lo que había más allá de los peqiueños límites de Morabas.

De personalidad extrovertida, curioso y paciente, Carlito siempre disfrutó del conocimiento del otro y de los diferentes estilos de vida. Y así fue como tuvo su primera experiencia de vida religiosa en convivencia con un sacerdote diocesano, cuando tenía apenas 15 años, con el que residió durante un año en Tianguá y al que conoció por su participación en el área pastoral de su pueblo.

Esa primera salida del hogar familiar sería determinante para Carlito. Fue el inicio de un continuo encuentro con los diferentes estilos de vida religiosa. Por fin, conoció a los agustinos recoletos a través del formador del Seminario Santo Agostinho de Fortaleza, entonces residente en Guaraciaba. Con él coincidió en una visita al Seminario de Fortaleza y con posteriormente participó de un encuentro vocacional.

Y así, sin quererlo ni saberlo, se abrió ante sus ojos la oportunidad de mitigar una curiosidad que siempre había albergado en su corazón: cómo, por qué y para qué el ser de un “fraile”.

El cinco de febrero del año 2003, Carlito entró en la casa de acogida de Guaraciaba do Norte (Ceará, Brasil), donde se encontró con un nuevo espacio, nuevas personas con las que convivir y nuevas relaciones que establecer.

Procedía de un sistema familiar reducido a sus abuelos y a él: eran muchos los obstáculos a salvar en un encuentro con “los otros” fortuito y completamente novedoso. Sin embargo, pronto emergieron sus propios valores sociales, porque Carlito estaba deseoso de vivenciar otras realidades. Y se dio cuenta que él mismo estaba hecho de una “pasta” que le invitaba a la vida con esos otros.

La vida comunitaria, y con ella los espacios del compartir, del acogimiento, de la confianza y la comunicación abierta, de la inclusión incondicional en un nuevo y diferente tejido humano, capturaron su corazón y le abrieron los ojos a un modo de vivir con el que empezaba a identificarse.

El “sí” a la opción religiosa fue tomando forma progresivamente. De perfil analítico, paciente y reflexivo, Carlito fue haciendo suyas las normas de convivencia, donde primaba la responsabilidad y el compromisocon y para los otros aspirantes de la casa de acogida que, al igual que él, se iniciaban a una vida de crecimiento humano y espiritual en comunidad “de iguales”, lo que daba a sus vidas un matiz especial. Consciente de su elección, por primera vez en lo que recuerda de su vida, Carlito se sintió coherente y satisfecho.

El camino apenas acababa de iniciarse y, por el momento, Carlito sólo tenía que observar y observarse en el acontecer diario, donde se ponían de manifiesto actitudes de servicio, de entrega y de compromisos coherentes con las personas más desfavorecidas. Por algún tiempo se sintió espectador activo de las historias de vida de los tres frailes que convivían con ellos en la casa de acogida. Cada uno de ellos, con su forma de ser y con su ejemplo, le adentraron en la vivencia personal del carisma fraterno de los agustinos recoletos. Hoy Carlito recuerda a estos tres frailes como escultores, orientadores y maestros, en los que vio proyectados los valores por los que hoy apuesta, lucha y practica.

La integridad, coherencia y sensibilidad de fray Francisco, impulsor de la movilización social en Guaraciaba en pro de los más golpeados por las desigualdades e injusticias. La escucha incondicional y la comprensión de fray Gerardo que, sin hacer uso del paternalismo, le motivó al cambio y a la aceptación de las caídas como parte positiva del camino hacia un nuevo modo de ser. Y por último fray Juan Manuel, ejemplo de persistencia, sinceridad, responsabilidad con las labores diarias y trabajador incansable en respuesta a las continuas demandas pastorales de la comunidad de Guaraciaba.

Tres personalidades bien diferentes que aunaban esfuerzos para atenderle, formarle e implicarle, junto con los otros aspirantes, en su historia comunitaria. Se abría paso una forma diferente de ser y construir familia y aquellos tres frailes eran un ejemplo de que personas de orígenes, pareceres y formas de ser completamente diferentes tenían en común mucho más de lo que se podía imaginar.

Sin crear expectativas, Carlito se dejaba llevar, hacer y sentir por el día a día. Cumplía responsablemente con sus tareas más normales: limpieza, estudio, oración, deporte, actividades pastorales. La dinámica de crecimiento personal y social en aquel espacio formativo exigía un descubrimiento y aceptación de las diferencias. Un pensar en el otro y hacer por el otro, siendo beneficiado por la reciprocidad y la amistad de sus compañeros de viaje. Todo quehacer era empático y por el bien común.

Como era normal y de esperar, también surgieron los cuestionamientos, los miedos y las inquietudes ante aquel sin fin de experiencias y oportunidades que se abría a su paso. Todas intensificadas por su entonces condición de adolescente y los cambios asociados a esta etapa, donde se consolida la identidad personal y el encuentro con uno mismo.

Tras dos años en Guaraciaba, concluyó su tiempo de observador y llegó el momento de asumir el papel de protagonista de su nueva historia: pasar de aspirante a postulante, de conocer un estilo de vida que llama la atención a comprometerse a vivirlo.

El paso siguiente era el Seminario San Agustín de Fortaleza. Una más de las posibles puertas que se le abrían; pero, de hacerlo, con ella comenzaban una serie de compromisos y renuncias, de nuevas actitudes a aprender y valores a poner en práctica, como resultado de un discernimiento progresivo, claro y firme.

Tras un sí rotundo, entró en el seminario y hoy reconoce que su paso por la casa de Guaraciaba facilitó mucho su inclusión en el funcionamiento y día a día de la vida en Fortaleza.

Carlito anima a todos a que valoren cada vivencia, cada experiencia como parte de una construcción personal e integral.  Cada etapa de la vida debe ser afrontada y aprovechada plenamente, arriesgándonos a conocernos a nosotros mismos en nuestras grandezas y debilidades; posicionándonos en una sociedad en la que muchas personas temen encontrar una identidad diferente a la más común y general del colectivo social.

Carlito nos dice que hoy quiere ser agustino recoleto, con todo lo que eso implica aquí y ahora.

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