Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.
VIII.1. “Seré una pequeña víctima a lado de Ti, gran víctima de amor infinito”
Fray Jenaro tuvo salud delicada. Su figura menuda y la palidez de su rostro producían esa impresión. Desde joven sufrió de estreñimiento, con fiebres y cansancio. En el verano de 1936 el tifus le dejó en cama durante más de un mes y en junio de 1942 también acabó en la consulta. Pero en 1946 sus males comenzaron a cobrar importancia: desde entonces y hasta la muerte convivió, en intervalos más o menos largos, con jaquecas, bajadas de tensión, problemas digestivos, insomnio y agotamiento psíquico.
En diciembre de 1947 el pensamiento de una muerte próxima se insinuó con fuerza en su mente, pero no le quitó la paz. Se puso en manos de Dios y esperó con serenidad lo que Él dispusiera. Le quedaban 25 años de vida para aprender a convivir con sus limitaciones. De vez en cuando tuvo que hacer frente a recaídas y dolencias pasajeras, pero hasta 1966 su salud fue aceptable.
Su asunción del dolor fue completa, sin reservas. Su semblante nunca perdió la sonrisa y nadie advirtió en él el más mínimo gesto de impaciencia o nerviosismo. Este pensamiento del cura de Ars dirigía su conducta:
“La cruz es el regalo que Dios hace a sus amigos. Es preciso pedir el amor a las cruces y entonces las cruces se vuelven dulces. Me lo ha enseñado la experiencia. Yo tenía muchas cruces, tantas que casi no podía con ellas. Pedí amor a las cruces y comencé a ser feliz”.
De los ejercicios espirituales de 1964 salió con el propósito de inmolarse como Jesús en la Eucaristía, de servirle como él quisiera, de despreciarse a sí mismo y de pedir cruces. En mayo de 1968 se operó del oído y la sordera fue una mortificación bastante dolorosa:
“El Señor me ha mandado una tribulación por la que deberé aislarme cada día más, alejarme del comercio y de la comunicación con los hombres: la sordera. Oh, quisiera transformar esta palabra en otra que tiene también tres sílabas: santidad. Es Dios quien lo quiere: hágase, hágase su voluntad con amor”.
A principios del 1970 el pensamiento de la muerte se le clavó en la mente y ya no le abandonó. Ese año, al finalizar los ejercicios espirituales, se interpeló: “¿Serán éstos los últimos ejercicios de mi vida? La salud se va a pedazos. El Papa pide el ofrecimiento de sacrificios y de la vida por la Iglesia”.
VIII.2. La muerte
El 26 de junio de 1972 celebró la misa de 10, como cada día. Luego debía ir al centro de Roma y aprovechó que un religioso de la comunidad iba a hacer ese mismo trayecto en motocicleta. Al poco de salir, en una calle descompuesta, el conductor no pudo evitar el choque con un camión en sentido contrario.
Fray Jenaro cayó de cabeza sobre el asfalto y se produjo graves lesiones. El 3 de julio, tras siete días de agonía, entregó su alma al Creador, rodeado del cariño y de la oración de religiosos, devotos y admiradores.
El funeral, celebrado al día siguiente en la Basílica de San Pedro y San Pablo, fue una manifestación multitudinaria de duelo. Se recibieron telegramas, billetes y cartas de pésame de Cardenales, obispos y superiores generales, como el P. Arrupe. La mayoría llevaban la firma de frailes y fieles y las palabras más repetidas eran carísimo, alma bella, inolvidable, veneradísimo, buenísimo, afectuoso, presuroso, dulzura paterna, paciencia, inagotable, sentido de paz, cordialidad.
Fray José Abel Salazar, el religioso que mejor lo conocía por haber convivido 25 años con él y haberle confesado durante 20, pensó en seguida en su proceso de beatificación. Su deseo se cumplió el 13 de junio de 2008 en una solemne ceremonia en el palacio lateranense presidida por el cardenal Camilo Ruini, vicario de la Diócesis de Roma.
Dos años más tarde, el 28 de junio de 2010, el cardenal Agostino Vallini clausuraba en la misma sede la fase diocesana. Actualmente se espera la confección de la Positio, pieza clave que condicionará el futuro de este proceso.



