Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.
La atención pastoral a los fieles fue uno de los anhelos más constantes de fray Jenaro. Le acompañó desde niño, cuando soñaba en las misiones brasileñas o despedía a los religiosos, que, año tras año, partían de Monachil hacia América, hasta los últimos días de su vida, en que quiso consumir las pocas fuerzas que le quedaban en servicio a la misión amazónica de Lábrea. Del 1968 es el siguiente desahogo:
“Me sentiría feliz con retirarme a las misiones vivas, pues ese apostolado me ha atraído desde niño. Sería hermoso poder realizarlo en mis últimos años y dejar mis huesecitos en campo de misión para quedar allí, junto a los indios, junto a los caboclos, hasta la resurrección de los muertos”.
En Roma, la vivencia de la catolicidad de la Iglesia dio nuevo impulso a sus urgencias pastorales. Pensaba, como san Agustín, de quien copió la frase que encabeza este apartado, que el católico no debe contentarse con su propia salvación. Ese grito de Agustín, “¡arrastrad a Cristo a cuantos podáis!”, resonó con fuerza en su corazón.
VII.1. Cofradía de la Consolación y Legión de María
El modo de ejercer el apostolado se lo impusieron las circunstancias. No dispuso ni de tiempo ni de un escenario que favoreciera esa proyección, siempre ocupado en tareas que exigían dedicación completa. Sus foros fueron dos pequeñas iglesias: hasta 1959, la de San Ildefonso, en vía Sixtina, en el centro de Roma; y luego la capilla de la Curia general, en el barrio residencial del EUR.
Su acción directa solo llegaba a los fieles que a ellas acudían, pero su celo pastoral no tardó en desbordar esos confines. La gente que asistía a su misa o escuchaba sus homilías, tan llenas de unción y delicadeza, tan familiares y tan concretas, quedaba prendada de un sacerdote que, con afabilidad y paz, mostraba el camino de la santidad y animaba a adentrarse en él sin tardanza y con decisión.
La asiduidad al confesionario, la visita a los enfermos del entorno, la ayuda a los empobrecidos y la promoción de grupos apostólicos reforzaban esa primera impresión y llevaban su nombre a otras zonas de la ciudad.
La Cofradía de la Consolación y la Legión de María fueron dos de sus principales instrumentos. Ambas fueron fruto de su celo. La primera la fundó en enero de 1951 en la iglesia de vía Sixtina y la dirigió hasta finales de marzo de 1959, en que se le aconsejó pasar el timón a otro religioso. Con algunos de sus miembros dio vida en 1952 a uno de los primeros Praesidium de la Legión de María de la Ciudad Eterna.
Su actuación en ambos casos puede calificarse de extraordinaria. Puso lo mejor de sí: la santidad, el amor a la oración, el espíritu de sacrificio, la laboriosidad, la capacidad de iniciativa, la sencillez, la afabilidad, el pragmatismo y la exigencia. Se esforzaba por crear un ambiente de familia, sin el cual su asociación podía degenerar en un ente frío, sin el calor y la alegría que debían impregnarla, si quería ser atractiva y eficaz.
“Me complace considerar nuestra cofradía como una familia, unida por un único amor: el de Jesús; alegrada con la presencia de una madre incomparable: María Madre de la Consolación; sin que esté ausente, al contrario, el quicio de la casa, el hombre, en nuestro caso san José, hermanos de la altura de san Agustín, santa Mónica, santa Rita…”.
Él seguía de cerca a sus miembros y conocía a todos. Cuidaba el contacto cercano, los acompañaba en su vida cotidiana, sus enfermedades y a la hora de la muerte. Una humilde hojita mensual a mimeógrafo —La voce della Legione—, le servía para estar en contacto con él y entre ellos, con palabras de ánimo y mensajes de optimismo cristiano.
Su pragmatismo tenía su origen en las palabras del Apóstol: “la caridad de Cristo nos apremia” (2Co 5,14) y le acompañó a lo largo de su vida. En el segundo número de La voce della Legione ya desplegó un abanico de posibilidades: organizar un ropero, preparar a los empobrecidos para la Pascua, asistir a los enfermos, promover vocaciones, enseñar el catecismo, organizar una cofradía masculina…
El catecismo y la ayuda a las misiones y a los empobrecidos se pusieron pronto en práctica. Más tarde llegarían la visita a las cárceles y la atención a mujeres que sufrían de explotación sexual comercial. En marzo de 1958 visitó a algunas en el Hospital de San Galicano, en el Trastevere, con palabras de cariño y comprensión sobre del amor de Jesús, que es donación, comprensión, benevolencia y caridad.
En alguna ocasión se planteó un interrogante sobre su excesiva exigencia pero, al parecer, era un recurso retórico para reafirmarse:
“Os exijo mucho, pero ¿acaso soy yo quien os lo exige? No; es Jesús quien quiere todo de nosotros, ya que Él se ha dado todo a nosotros. Dice san Agustín: ‘quiere todo de ti quien te ha hecho a ti’. Jesús quiere, por tanto, la santidad. Oh, no te espante esa palabra, como si fuese cosa imposible de alcanzar”.
Jenaro era consciente de la necesidad del esparcimiento. Hizo un hueco a la música, el arte que más le agradaba, y contaba con cofrades de buena voz. Luego llegaron el teatro, el cine y las peregrinaciones. El coro llegó a actuar en el Teatro Real de la Opera.
Con frecuencia invitaba a personas de prestigio o cedía la palabra a los asistentes. En 1951 invitó al agustino recoleto Victorino Capánaga, eminente agustinólogo, a Sebastiano Baggio y Sotero Sanz, funcionarios del Vaticano, y a Ernesto Eula, presidente del Tribunal Supremo.
VII.2. Su carisma, cuidar enfermos
Los enfermos siempre encontraron eco en su corazón. Nunca se permitió desoír su voz. A una enferma que le pedía que no la abandonara y se dolía de no poder ir a la iglesia, le respondió: “Pues, claro que sí, hija mía, con mucho gusto vendré a visitarla, porque en los enfermos veo a Jesús de modo especial”. A otra le replicó: “Pero, usted, hija mía, ¿no sabe que […] la casa de todo enfermo es como una pequeña iglesia, que todo lecho es como un altar y todo enfermo como una víctima que se asemeja a Jesús?”.
La atención que les prestó durante su primera estancia en Roma fue recogida por Esteban San Martín, que convivió con él de 1951 a 1954. Escribió sobre “el fuego divino que le quemaba por dentro”, le empujaba a dedicar su tiempo libre al apostolado, aunque recuerda que “sus delicias las tuvo siempre entre los pobres, enfermos, necesitados, marginados y perdidos”.
De las décadas siguientes queda el testimonio de dos priores generales y de los años posteriores yo mismo soy testigo. Desde las 15:30, en que acababa el rezo de vísperas, hasta las 18:30, en que comenzaba el pío ejercicio vespertino, rara era la tarde en que no se le veía salir presuroso de casa en busca de algún anciano o de algún enfermo.
VII.3. “Orientar almas…, formar almas”
Niveles semejantes alcanzó su dedicación al confesonario. Desde joven hasta que el oído dejó de acompañarle dedicó buena parte de su tiempo a la Reconciliación y dirección espiritual. Incluso cuando tenía ante sí improrrogables tareas de estudio o de gobierno, se las ingeniaba para reservar algún rato para este servicio.
En las visitas canónicas se ofrecía para confesar en los barrios más apartados. Cuando dirigió Martutene (1949-1950) confesaba semanalmente a los estudiantes del vecino Colegio de Santa Rita. En los 60 se trasladaba los sábados a vía Sixtina para confesar a los religiosos estudiantes y a algunos de sus antiguos fieles.
De los datos disponibles cabe deducir que descollaba por la paciencia, la capacidad de escucha y la comprensión al penitente; que tendía a la benevolencia y poseía el don de transmitir paz y serenidad. Todos ponderan su afabilidad. En una plática presentó al confesor como padre, médico y acompañante, sin referirse a su función de juez. Nunca entraba en detalles que avergonzasen o hiciesen sentirse juzgada a la persona.
Cuando topaba con alguien especialmente afligido, no tenía inconveniente en dedicarle horas. Clara de Benedetto le conoció en el confesonario de vía Sixtina durante la guerra. Atravesaba un momento de confusión emocional y espiritual y en él encontró la luz que a tientas buscaba. Cuarenta años después recordaba que Jenaro había cambiado su vida.
Jenaro se percató de la potencialidad de la comunicación epistolar. Quedan varios cientos de cartas suyas, una pequeña parte de las que escribió. Las de tipo espiritual enseñan los repliegues más íntimos de su ser, la intensidad de su vida espiritual, sus devociones, sus estratagemas para vencer las dificultades. Transmitía en sus cartas ese recogimiento dialogante con Dios, siempre con una llamada a la santidad
Escribía a una fiel de Florencia: “Hija, llénese usted de Dios para darlo a los demás. Sea usted un alma ardiente para difundir fuego por todos los lados”; aconseja a una monja a orar: “Hazme, Jesús, el Jesús de mi comunidad, el Jesús de mis enfermos, el Jesús de las calles por donde paso, que yo glorifique al Padre siendo ese Jesús”. Alude a la Iglesia, al optimismo, a la serenidad y a la resignación. Dice a su sobrina María del Carmen: “Piensa que eres hija de la Iglesia Católica; la debes conocer, la debes amar, la debes defender. Vive con la Iglesia y, cuanto te sea posible, interésate por sus problemas”.
VII.4. “No me cansaré de predicarte”
En octubre de 1956 el prior general le puso al frente de la iglesia de vía Sixtina, en la que ya había prodigado su celo pastoral casi cinco lustros; el nombramiento apenas debería haberle afectado, pero lo asumió como un aldabonazo de la gracia que le llamaba a un servicio más atento y generoso.
Tres años más tarde, cuando la Curia general de los Recoletos se trasladó a su sede actual del EUR, le tocó poner en marcha la nueva capilla y organizar el culto, escaso entre semana con dos o tres misas diarias y el ejercicio vespertino (rosario, lectura espiritual y reserva del Santísimo). Sin embargo, los domingos Jenaro concretó más intensidad en cinco misas que poco más tarde elevó a nueve.
En junio de 1959 recibió a las primeras terciarias, en julio estrenó el Via crucis, en octubre la Cofradía de la Consolación y un praesidium de la Legión de María. Cuando a finales de 1963 pasó el testigo a fray Jesús Berdonces, había formado una comunidad de fe integrada en el tejido social del barrio y estrechamente vinculada con los recoletos.
En su actividad apostólica alcanzaron relieve extraordinario sus homilías. La más antigua que tenemos es de octubre de 1951, pero la serie adquiere continuidad al año siguiente, y se prolonga desde el Domingo IV de Adviento de 1952 hasta el Domingo XII del tiempo ordinario de 1972, 25 de junio, el día anterior al accidente que le causó la muerte.
Conservamos los esquemas desarrollados indispensables para hacerse una idea de cómo predicaba, pero que no lo reflejan con exactitud. Eran fruto de una preparación cuidadosa que podía prolongarse toda la semana. Trasvasaba la esencia de lo que Jenaro leía y hoy son un balcón privilegiado para asomarse a su mundo cultural.
La información oficial la extraía de L’Osservatore Romano; la doctrinal, de La Civiltà Cattolica; y la eclesial, del periódico católico Il Quotidiano y de las revistas Città Nuova y La Rocca, de los Focolares y de Pro Civiltà Cristiana. Pero su fuente principal fue siempre la Biblia, durante sus últimos años el único libro que usaba en la meditación. Partía del evangelio del día y giraba en torno a él, con frecuencia añadía temas de actualidad y sobre la santidad, no tanto en sí como de los caminos que a ella conducen.
En la fiesta de Todos los Santos de 1970 predica que lo mejor es imitar a la primitiva comunidad de Jerusalén en la oración, la Eucaristía, el amor y la ayuda fraterna. Alguna vez denuncia injusticias, la desacralización de la vida y la pérdida de los valores morales, pero habla poco del pecado, excepto cuando las lecturas bíblicas lo afrontaban:
“De ordinario, en mis homilías os predico de Dios y de su amor por nosotros. Os hablo de Jesús, tema inexhausto e inagotable. La liturgia de hoy nos presenta un opuesto a aquel Dios-amor, a aquel Jesucristo-todo por nosotros: la liturgia nos habla de pecados”.
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