Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.
“Todo por la gloria de Dios y el bien de nuestra madre la Iglesia”.
El Vaticano II dejó una huella profunda en Jenaro. Lo vivió con intensidad desde su anuncio el 25 de enero de 1959 y hasta su puesta en práctica. Seguidor atento y fiel de la vida de la Iglesia en general, comentó el Concilio con frecuencia en homilías y charlas. Fue consultor en su fase preparatoria y perito durante la celebración; y después promovió su conocimiento la aplicación de sus enseñanzas dentro y fuera de la Orden.
VI.1. Consultor de la comisión preparatoria
En el verano de 1960 se crean diez Comisiones preparatorias del Concilio con sus presidentes, secretarios y miembros. La destinada a estudiar la función de los obispos se constituyó el 26 de julio con 19 miembros y siete consultores: entre estos, fray Jenaro. El 14 de noviembre el Papa recibió a todas las Comisiones, y ese mismo día por la tarde la Comisión de Obispos daba los primeros pasos presidida por el obispo José Gawlina.
Se distribuyó la materia en seis apartados para otras tantas Subcomisiones, compuestas por un ponente, un secretario y varios miembros y consultores. Jenaro formó parte de cuatro de las seis subcomisiones: Relaciones entre obispos y curia romana, de la que fue secretario; Relaciones entre obispos y párrocos, Relaciones entre obispos y religiosos, y Cuidado de los fieles. En todas participó activamente, a menudo en calidad de secretario, función que también desempeñó en no pocas sesiones de las Comisiones mixtas y en las restringidas de su propia Subcomisión.
Entre el 14 de noviembre de 1960 y el 27 de julio de 1962 la Comisión de Obispos celebró 40 sesiones plenarias de unas tres horas. Las Subcomisiones tuvieron 20 reuniones y otras tantas las tres Comisiones mixtas en que participaban miembros de varias comisiones y se convocaban para estudiar temas que afectaban a dos o más de ellas.
No pocas de estas sesiones fueron conflictivas, con posturas muy enfrentadas que solo el paso del tiempo y la reiteración de reuniones suavizaron hasta llegar, en la mayoría de los casos, a un consenso. Las más agitadas fueron las de Relaciones de los obispos con la curia romana y con los institutos religiosos, y la aprobación de los Institutos Seculares Clericales, que algunos obispos miraban con suspicacia y dudaban de su legitimidad. También fueron fuente de tensiones la remoción de obispos y párrocos, la división de Diócesis y la supresión de Prelaturas.
Fray Jenaro intervino en los debates sobre el origen, naturaleza y alcance de las facultades de los obispos, que para él era cuestión que desbordaba ampliamente el cauce disciplinar, y sobre la atención pastoral a los emigrantes y a los fieles que sentían simpatía por el comunismo. Se opuso a la supresión indiscriminada de las Prelaturas, y, sobre todo, defendió el papel de los consagrados en la comunidad eclesial, abogando por la salvaguarda de su carisma, su disciplina interna y su exención jurídica.
Su principal contribución consistió en la diligencia, orden y exactitud con que preparaba los materiales que debían discutirse en las diferentes sesiones y redactaba sus actas. Estas debieron de ser del agrado de los participantes, lo que explicaría su presencia en juntas de Comisiones que contaban con secretario propio.
Cuando, poco antes de la apertura del Concilio, el Cardenal Pablo Marella, sucesor del Cardenal Mimmi en la presidencia de la Comisión de Obispos, tuvo que indicar los seis miembros no obispos que más se habían distinguido, dio cinco y uno fue fray Jenaro.
VI.2. Durante el Concilio
A mediados de septiembre de 1962 Jenaro fue uno de los 139 peritos del primer grupo del Concilio. El 15 de noviembre se le asignó a la Comisión de obispos y régimen diocesano, la de menos peritos: seis contra los treinta de la Teológica. En la sesión del 4 de diciembre ya actuó de secretario, función que desempeñó hasta la clausura, trabajo semejante al que había realizado en la etapa preparatoria, pero entrañaba mayor responsabilidad y a menudo tuvo que desarrollarlo bajo la férula inexorable del reloj.
Tres periodos fueron más laboriosos, el primero justo al inicio, pues la Comisión tuvo que rehacer el esquema sobre obispos y régimen diocesano, rechazado por la Comisión Coordinadora, y revisar el de atención a los fieles, que, aunque fue bien acogido, pedía correcciones. La tarea recaía fundamentalmente sobre los peritos residentes en Roma, entre ellos Jenaro. Debían clasificar, sopesar y poner en manos de los miembros de la Comisión las observaciones y propuestas de los conciliares.
El segundo periodo más intenso fue del 7 de noviembre de 1963 hasta fines de abril de 1964. Se dividió el esquema en cinco subcomisiones presididas por un obispo. Narciso Jubany, obispo de Gerona, quedó al frente de la tercera. Jubany quiso tener como secretario a fray Jenaro, en quien tenía plena confianza. El 1 de febrero de 1964 le decía:
“Antes de salir de Roma he tenido tiempo de redactar las notas de las cuales hemos hablado en la parada del autobús. Están hechas aprisa y corriendo. […] Queda usted en libertad para añadir, quitar, corregir y variar lo que usted guste y le parezca bien. Goza para ello de toda mi confianza, sin rodeos y sin restricciones mentales”.
Fueron meses complicados para la Comisión, obligada a rehacer de nuevo el esquema, abreviándolo y acomodándolo a la Lumen Gentium, y dándole una orientación más pastoral. Todo ello acarreó para Jenaro trabajo extra.
A más de participar en las sesiones del 7 de octubre, 7 de noviembre de 1963 y 25-27 de febrero de 1964, le tocó resumir y expedir los votos y enmiendas presentados tanto por escrito como en el aula conciliar, y hacerlos llegar a los miembros de la Comisión dispersos por el mundo (España, India, Alemania, Estados Unidos…); en más de una ocasión, les instó a acelerar sus envíos. También debía dar razón al rechazo de no pocas enmiendas sugeridas en el aula conciliar, respuestas que merecieron el aprecio de otros peritos. El padre Grasso, profesor de la Universidad Gregoriana, le confesó:
“Al leer sus respuestas a las enmiendas no aceptadas debo constatar con complacencia que están muy bien hechas. A algunas de ellas podría dar yo otra respuesta, pero la suya no solo es buena, sino que creo que es siempre mejor de la que podría dar yo”.
El tercer periodo de mayor intensidad comenzó a fines de agosto de 1964, a su regreso de Brasil, y se prolongó hasta septiembre del año siguiente, en que, sorprendentemente, se le permitió viajar a América del Sur. Esos trece meses constituyen un periodo clave en la historia de la Comisión y, por tanto, también en su actividad, con ritmos frenéticos.
Los conciliares se ocuparon de su esquema en dos ocasiones, en noviembre de 1964 y octubre de 1965, con gran esfuerzo de su secretario general y de los relatores y secretarios de las cinco subcomisiones, que daban el último toque a los textos, recogían los centenares de enmiendas de los conciliares, las analizaban y expedían a los peritos. Recibidas sus respuestas, las sintetizaban y remitían a los demás miembros de la Comisión, que volvía a reexaminar todo el material en una sesión plenaria en la que podían nuevas propuestas para insertar en el esquema; y era necesario dar razón de las enmiendas no aceptadas y preparar la intervención del ponente en el aula conciliar.
Jenaro participó de lleno en todo. Como secretario de la tercera subcomisión, le tocó redactar resúmenes, preparar cuadros sinópticos que facilitaran la comprensión rápida de la cuestión, amén de asistir, las más de las veces como secretario, a las sesiones restringidas, en las que la Comisión concertaba los últimos detalles.
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