Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.
V.1. “Formar almas contemplativas”
Fray Jenaro fue un enamorado de la vida consagrada, para él un gran don de Dios. Nada más profesar escribe en su diario una preciosa oración por las vocaciones de niños, jóvenes y adultos; de humildes y nobles; de sabios e ignorantes; entre quienes le honran y entre los que no. Luego pide que cada comunidad recoleta sea un “cenáculo” y por la santidad y la perseverancia de todos: “que ninguno suba al altar y se ligue con votos sino santificado por Vos y haced que todos perseveren fieles a Vos hasta la muerte”.
Miraba con interés todo lo relacionado con la vida consagrada. En sus estudios jurídicos prestó especial atención al Tratado de religiosos. Visitó con frecuencia a frailes y monjas, interesándose por sus cosas y llevándoles una palabra de cariño, de paz y de estímulo a la santidad. Sor Visitación Arroqui, agustina recoleta del monasterio madrileño de la Encarnación, recordaba la impresión que le produjo Jenaro en 1958:
“No hablaba más que de Dios, de la Iglesia y de la Orden. Le gustaba repetir las ‘cuatro eses’ y las ‘tres erres’ en que debe distinguirse la religiosa: debe ser, decía, serena, sencilla, sonriente y santa, y entregarse a Dios sin retardo, sin retorno y sin reservas. Y las siguientes frases: fervor en el alma, alegría en el dolor y obsesión en la santidad; toda la gloria para Dios, la alegría para el prójimo y las penas para mí. Estos pensamientos, salidos de los labios de un santo, calaban hondo en nuestros corazones”.
Sus cartas a monjas y religiosas rebosan de amor a Dios, de serenidad y confianza. Las anima a ser santas desde hoy, sin esperar a mañana.
“La santidad para un alma religiosa es como la cosa más ordinaria. Mire, hija mía, sor Justa, no crea que es cosa del otro mundo desear que quien esto escribe sea un santo, que la persona a quien escribo sea una santa, que usted y yo hagamos santos a cuantos podamos”.
Quería que vivieran en paz, que de sus labios no saliera una palabra ofensiva, que fueran modelos de dulzura y mansedumbre, actitudes que él había interiorizado desde joven y que ahora se le agolpaban a la mente y pugnaban por llegar a los puntos de su pluma.
“Ceder, tolerar, callar”: así rezaba el programa que se había trazado en 1940 tras leer a santa Teresa de Jesús y san Francisco de Sales. De este recogió su exhortación a la mansedumbre: “Si quieres hacer el bien, sé manso; si quieres hacer mucho bien, sé muy manso; si quieres hacer el bien sin medida, sé manso sin medida”.
Su modelo fue siempre Jesús. Su paciencia, su dulzura y su mansedumbre estaban siempre en sus labios. A quienes les parecía un modelo inimitable, les respondía que la tarea podía parecer difícil, pero, si se vivía en la presencia de Dios y se acudía a las jaculatorias, resultaba fácil. Escribió en 1956 que “la jaculatoria es remedio para todas las contrariedades de la vida”.
Cuando hacia 1950 la Congregación de Religiosos comienza a confiarle la ejecución de algunas de sus directrices –clausura de las monjas, visita a los monasterios, celebración de Capítulos especiales, elaboración de Constituciones postconciliares– o la tramitación de cuestiones jurídicas y disciplinares, no opone reparos, aun cuando su agenda no estuviera como para admitir nuevas encomiendas.
V.2. Camaldulenses de Monte Corona
A partir de 1952 la Congregación de Religiosos le encargó estudios sobre las Federaciones de monjas de clausura, la dimisión de los religiosos, el derecho a tener propiedades de los Capuchinos belgas y holandeses y otros temas. Pero la principal encomienda fue asistir a los Camaldulenses de Monte Corona, que atravesaban momentos de desconcierto. Los acompañó en los momentos más significativos de su vida entre 1954, cuando preside su Capítulo general, hasta 1967.
A petición de los monjes, en 1959 se le nombró asistente y presidió el Capítulo de ese año y la dieta extraordinaria del 1962. En 1964 es nombrado visitador apostólico, superior con capacidad de decidir. Presidió el Capítulo de 1965, al que él llamó Capítulo de la Resurrección, cuando se pusieron bases firmes para mirar al futuro con esperanza.
La escasez de vocaciones, las deficiencias formativas, la alimentación inadecuada, el descanso insuficiente, la diversidad de pareceres, la incomunicación con los yermos de Polonia y las deudas del de Frascati, que era su casa general, fueron las dificultades que Jenaro fue afrontando con serenidad y paz, sin vacilar cuando hubo necesidad de cambiar horarios o prescindir del superior general, instruido y observante pero de mentalidad anticuada y con un nerviosismo fuente de “disensión y angustia”.
En el Capítulo de 1965 logró apartarlo y puso en pie una Curia nueva con tres monjes competentes. Entonces consideró concluida su misión y presentó la renuncia. En trece años reorganizó el noviciado, arrendó los yermos de Nápoles y Garda (1962), concentró a los monjes en Frascati, Nola y Rua, y revisó e inició la acomodación al Concilio de las Constituciones.
Con el fin de mejorar su formación, en el Capítulo de 1959 hizo aprobar un acta sobre la redacción de una Ratio Institutionis basada en la constitución Sedes Sapientiae; y de la sección dedicada a los estudios se encargó él personalmente (1960).
V.3. La renovación conciliar
Tras la conclusión del Concilio los Institutos de vida consagrada tuvieron que acomodar sus leyes a la nueva visión antropológica y eclesial. La tarea era ingente y para echarla a andar fue necesario elaborar directrices, recurrir a especialistas en Derecho y montar estructuras que velaran sobre su puesta en marcha y garantizaran el logro de objetivos.
A fray Jenaro le llegaron pronto las consecuencias de este nuevo clima. El 18 de enero de 1966 el Santo Padre le nombró consultor de la Congregación de Religiosos. No cesaron las encomiendas: presidencia de Capítulos, visitas oficiales, revisión de Constituciones, recursos, votos sobre Capítulos, conferencias, ponencias y retiros…
Algunas encomiendas implicaban cambios en estructuras consideradas consustanciales, como la clausura de las monjas, los derechos de los religiosos laicos en los institutos clericales, la facultad de los superiores generales de los institutos laicales de dispensar de votos temporales, el diaconado permanente, etc.
Imposible detallar tantas intervenciones, como la asistencia a las Batistinas (julio de 1966) y a las Capuchinas del Sagrado Corazón (agosto de 1970), y los ejercicios espirituales a los Maristas y a los Agustinos Descalzos.
En el estudio de tanto texto, Jenaro actuó con seriedad, coherencia y libertad. Tuvo siempre presentes las normas del motu proprio Ecclesiae Sanctae y el espíritu del Concilio. Consciente de la atmósfera cambiante de la Iglesia y la sociedad, y de la necesidad de abrirse a nuevos horizontes y roturar nuevos campos, no se cierra a experiencias nuevas, aun cuando sean contrarias al Derecho. Sólo exige que cambios y experiencias estén bien señaladas y respeten los criterios de la autoridad competente.
Sus votos sobre nuevas Constituciones suelen comenzar con un juicio general, con frecuencia positivo: “Las Constituciones de los Dominicos están verdaderamente bien hechas”; de los Capuchinos escribe: “No quisiera pecar de exageración, pero tras leer con detención el nuevo texto, me parece una obra maestra en el fondo, en el método y en la redacción”.
Después señala los puntos que merecen atención, ya por sus aciertos, ya por ser poco afortunados, incompletos e hasta desenfocados. Se centra en tres aspectos: la fidelidad a la inspiración original del Instituto, el espíritu conciliar y el equilibrio entre doctrina y espiritualidad, por una parte, y las normas jurídicas, por otra. También ve con buenos ojos la cita de textos de los fundadores y del Concilio.
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