
Durante seis días, un grupo de laicos de la Familia Agustino-Recoleta ha participado en Roma de las celebraciones del Jubileo, acompañando a los religiosos, monjas y religiosas durante el Jubileo de la Vida Consagrada.
Seis días en Roma. Seis días de gracia y reencuentro. En el corazón de la Iglesia, bajo la mirada de Pedro y Pablo, hemos vivido el Jubileo de la Vida Consagrada como una auténtica experiencia de comunión.
Llegamos de distintas latitudes y culturas, pero con un mismo carisma latiendo en el alma: ser agustinos recoletos, hombres y mujeres consagrados y laicos llamados a vivir “un solo corazón y una sola alma orientados hacia Dios”.
Desde el primer día Roma nos abrazó con su historia de fe. Cada piedra, cada basílica, cada encuentro nos recordó que somos herederos de una tradición viva que se renueva en nosotros. La oración común, la Eucaristía celebrada con solemnidad y alegría, el compartir cotidiano de comidas y caminos fueron tejiendo una red de fraternidad que hacía visible el Reino.
El Jubileo no fue solo una conmemoración, sino un paso por la puerta de la fe: símbolo del deseo de dejar atrás lo viejo y entrar en una vida más auténtica, más evangélica, más trinitaria. Escuchar la Palabra en comunión con monjas, frailes y religiosas de vida activa nos hizo experimentar que el Espíritu sigue soplando con fuerza, renovando la vida consagrada y sus muchas formas, pero manteniendo su esencia: el amor apasionado por Cristo.
En esos días ha resonado con más fuerza en todos nosotros la llamada agustiniana a la interioridad. Roma nos ha invitado a mirar dentro de nosotros, hacia el “hombre interior”, allí donde habita la verdad.
La contemplación de los lugares santos, la oración silenciosa ante la tumba de santa Mónica o el eco del rosario rezado fraternalmente todos juntos despiertan ese deseo de volver al corazón, donde Dios renueva todas las cosas.
También fue tiempo de misión compartida. La presencia de ARCORES, de las Fraternidades Seglares, de los frailes, de las monjas contemplativas y las varias Congregaciones de religiosas de vida activa mostró que el carisma agustino recoleto es un don para toda la Iglesia, no patrimonio de unos pocos.
Cada conversación entre todos nosotros, cada gesto de servicio, cada canto compartido se convirtió en un testimonio de comunión y esperanza.
Regresamos con el corazón agradecido y encendido, agradecidos por haber vivido una experiencia de Iglesia viva y universal, encendidos por el deseo de seguir entregando nuestra vida, de modo sencillo y alegre, en el lugar donde cada uno ha sido enviado.
El Jubileo Peregrinos de la Esperanza 2025 ha sido un Pentecostés de nuestra consagración: una llamada a renovar los votos en unos, las promesas en otros, a fortalecer la fraternidad, a abrirnos al Espíritu que hace nuevas todas las cosas.
Como Familia Agustino-Recoleta hemos vuelto con una certeza renovada: la comunión es nuestra vocación más profunda y el deseo de ofrecer en nuestro entorno un mayor testimonio.
Si permanecemos unidos en el amor, el mundo podrá reconocer en nosotros el rostro misericordioso de Cristo, el Consagrado del Padre.




