Jenaro Fernández (1909-1972), agustino recoleto.

Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.

En el Capítulo general de 1950 fray Jenaro fue elegido procurador general con residencia en Roma para, en palabras de las Constituciones, “tramitar todos los asuntos de la Orden ante la Santa Sede”. No era nuevo para él. En 1943 había acompañado a su hermano Agustín en el desempeño de ese oficio y en 1947-1948 había ayudado a fray Pedro de la Dedicación, muy limitado tras un accidente de tráfico. También con frecuencia respondía consultas canónicas de los religiosos y en 1942-1944 atendió a tres consultas del cardenal Alessandro Verde.

El cargo marcó un hito fundamental de su vida y aseguró su permanencia en Roma, único lugar donde ultimar sus investigaciones y el más a propósito para desarrollar sus múltiples cualidades. Incluso como canonista experimentó un cambio notable; antes se le interpelaba como persona particular experta, ahora intervendría de oficio en las cuestiones que frailes e instituciones de la Orden ventilaban en Roma.

Además, el cargo le colocó en puesto más visible, y, en consecuencia, aumentaron estas consultas, que ya no solo procedían de religiosos particulares, sino también de la Curia general y de los mismos Dicasterios romanos.

Este servicio a la Orden, a la Iglesia y a los fieles serán las tres ocupaciones que llenarán su agenda sus restantes 22 años de vida. Los doce primeros como procurador general, los seis siguientes como consejero general y los cuatro últimos de nuevo como procurador y, desde 1970, como postulador de las causas de canonización de la Orden.

IV.1. Recoletas y Descalzas

Tras conseguir la autonomía jurídica en 1912, surgió en los Agustinos Recoletos un nuevo interés por fortalecer su vinculación espiritual con las Agustinas Recoletas, la rama femenina contemplativa. Ellos y ellas compartían partida de bautismo, el acta V del Capítulo de la Provincia de Castilla agustina en Toledo de diciembre de 1588, que mandó “destinar o levantar de nueva planta tres o más monasterios de varones y otros tantos de mujeres en los que se practique una forma de vida más austera”.

Durante el siglo XIX, tan anómalo para la vida consagrada en España, esa relación quedó desdibujada. Apenas la Recolección masculina gozó de libertad para organizar su vida, reafloró la conciencia de su identidad carismática con las Agustinas Recoletas y fue fortaleciéndose día tras día, hasta su consolidación definitiva durante el generalato de fray Eugenio Ayape (1950-1962).

El fruto más visible del despertar carismático, quizá también más granado, fue la Federación de las Agustinas Recoletas de España. En julio de 1954, en sintonía con la Constitución Apostólica Sponsa Christi (1950), los 31 monasterios de recoletas en el país la constituyeron para ayudarse mutuamente y mejorar la formación inicial y permanente.

En 1955 eligieron al primer Consejo federal y abrieron el primer noviciado común en Valdemoro (Madrid), trasladado a Madrid en 1962. También el propósito de ayudar a los monasterios más necesitados de personal encontró rápida aplicación. En marzo de 1955 eran 22 las monjas que prestaban servicio en monasterios diferentes al de origen.

La intervención de fray Jenaro fue determinante. Exploró la voluntad de las monjas, sugirió el nombre del encargado de seguir la marcha del expediente, fue el principal redactor de los Estatutos federales, dirigió la Asamblea en la que se aprobaron y quedó definitivamente encauzada la Federación (marzo de 1953), y respondió a las dudas y cuestiones ante un organismo tan nuevo y alejado de la tradición monástica femenina.

La aprobación de los Estatutos por la Congregación de Religiosos y el posterior nombramiento de fray Gregorio Herce como primer asistente (9 de noviembre de 1954) habrían podido poner fin a su intervención en este asunto. Pero no fue así. Tanto Herce como su sucesor, Juan Manuel Anchuela, siguieron consultándole sobre legados, dotes, clausura, formación, traslados de monjas y cuestiones de gobierno y disciplina.

Jenaro se sentía obligado a prestar esas ayudas. En agosto de 1955 animaba a Herce a preguntarle “cuanto quiera, que ese es mi oficio”. Se sentía a gusto tratando asuntos de unos monasterios en los que encontraba “tesoros de espiritualidad”. Su correspondencia con los asistentes y las prioras fue siempre continua, buena parte se conserva y constituye un balcón privilegiado para asomarse a su interior.

Finalizado el Vaticano II volvió a ocuparse de ellas. En diciembre de 1966 consiguió que fray Eugenio Ayape las acompañara en la redacción de sus Constituciones postconciliares y él mismo facilitó la tarea con una circular y tres anexos.

El primero contenía 14 textos conciliares que podrían servir de arranque en puntos como los votos, la liturgia, la inserción en la Iglesia local, la formación inicial y el apostolado. Este último reproducía el número 40 del decreto Ad Gentes sobre la participación de los institutos de Perfección en la obra misionera de la Iglesia.

El segundo anexo era un amplio cuestionario que todas las monjas debían responder individual o colectivamente. Jenaro le dio mucha importancia, tanto por estar ordenado en el motu proprio Ecclesiae Sanctae como porque insistía en que redactar sus Constituciones era tarea de las monjas: “Lo que yo escriba”, dirá, “lo han de ver las religiosas”; son ellas las que “las han de vivir, no yo”. El tercer anexo señalaba los principios para su elaboración.

Sus esfuerzos por erigir la Federación de Agustinas Recoletas de México corrieron peor suerte. De 1952 a 1962 movió todos los resortes disponibles y en 1956 llegó a conseguir que la Congregación de Religiosos la aprobara. Pero ahí terminaron sus logros.

Los obispos, influidos por la neta oposición del arzobispo de México, se negaron a ejecutar el decreto romano. La implantación de la clausura, condición indispensable para las Federaciones, no sería, según el primado, ni posible ni conveniente. Al final del Concilio las monjas quisieron reanudar las gestiones, pero Jenaro no se hizo ilusiones: la Federación estaba en manos de los obispos y Roma nunca pasaría por encima de ellos.

A lo largo del proceso Jenaro hizo gala de notable flexibilidad. Nunca dudó de la necesidad de tener en cuenta las peculiaridades mexicanas. Incluso se mostró dispuesto a arrinconar sus preferencias por los votos solemnes y la clausura papal estricta, si eran óbices insuperables para la Federación, de la que él esperaba un fortalecimiento de la identidad agustino-recoleta de las monjas y una mejora de su formación.

Más intensa, duradera y frecuentísima fue su colaboración con las Agustinas Descalzas de San Juan de Ribera a partir de 1952, veinte años en los que las monjas requirieron su consejo en la constitución y consolidación de su Federación, en la adaptación de sus Constituciones al Concilio o en múltiples cuestiones menudas.

El ambiente era complejo y delicado. La relación entre Recoletos y Descalzas no era tan evidente como entre Recoletos y Recoletas; venían, ciertamente, del clima de plenitud religiosa que había alumbrado a los Recoletos, pero la historia de ambas comunidades había discurrido por caminos distintos. Las Descalzas se mantuvieron siempre en la órbita del Arzobispado de Valencia y su espiritualidad tenía tintes carmelitanos.

Aparecieron escollos como la adhesión en 1953 de las Descalzas de Almansa y Denia a la Federación Recoleta o la intervención en 1955 de Claudio Burón, promotor de la Federación de los monasterios femeninos españoles de la Orden de San Agustín.

El desinterés personal de fray Jenaro, su competencia, su respeto por las peculiaridades de la Orden y el halo de santidad que le rodeaba hicieron posible la Federación de seis de los siete conventos de Descalzas y la adaptación de sus leyes a las directrices romanas sin el menor menoscabo de su identidad espiritual y de su autonomía jurídica. En agosto de 1970 pudo subrayar ese empeño por mantener su espíritu primitivo:

“He conservado todo cuanto se ha podido conservar de las Constituciones precedentes, que las monjas justamente aman, porque transmiten el espíritu del fundador y proceden, casi al pie de la letra, de las Constituciones de santa Teresa de Jesús. También se hace uso abundante del epistolario de san Juan de Ribera. En él aparece la verdadera razón de ser de las Agustinas Descalzas”.

Las monjas fueron las primeras en percatarse de la belleza del alma de fray Jenaro, pero no fueron las únicas. El obispo auxiliar de Valencia, a pesar de disentir abiertamente con el fraile recoleto, no pudo menos de reconocer en una de sus cartas: “Ya sé que es usted hombre de mucha experiencia y de suma delicadeza espiritual y humana”.

IV.2. Instituto histórico, Agencia Misional AMAR y Ratio institutionis

La recuperación y cultivo de la tradición recoleta fue una de las líneas prioritarias del generalato de fray Eugenio Ayape (1950-1962), mismas ideas que anidaban en el ánimo de fray Jenaro. Les fue fácil colaborar en iniciativas que dieron frutos sazonados.

Una de ellas fue el Instituto Histórico de los Agustinos Recoletos (diciembre de 1957). Jenaro ya había pensado en él dos años antes, pero la idea, novedosa, no encontró el debido eco. Luego pudo abrirse camino. Los vocales del Capítulo general de 1956 dudaban de su utilidad, pero no se atrevieron a rechazar una idea que contaba con el apoyo decidido de Ayape. La recogieron en esta acta redactada por el mismo fray Jenaro:

“A fin de que las gestas de los nuestros sean conocidas por propios y extraños y crezca de día en día el amor y el aprecio de la Orden, se ordena la fundación del Instituto Histórico de la Recolección del modo que parezca al definitorio general”.

Algunos pensaban que las circunstancias no eran las idóneas para su creación, pero Ayape y Jenaro lograron que el 19 de diciembre de 1957 el Definitorio general diera luz verde. Ese mismo día Ayape ejecutó el proyecto, fijó su sede en Roma y nombró como miembros por oficio a los cronistas de la Orden y de las Provincias.

El día de Navidad, en una extensa circular, encareció al estudio de la historia con citas de san Agustín y Pío XII. El 21 de febrero de 1959 confió su dirección a fray Jenaro, con Jesús Berdonces, Esteban Soria y Jesús Villanueva como colaboradores, recién egresados de las facultades romanas de Misionología e Historia Eclesiástica.

Jenaro asumió el cargo con su habitual seriedad y durante los trece años que estuvo al frente se esforzó. sin fortuna. por darle vida. Prácticamente su actividad se redujo a la de su director, que continuó enriqueciendo la bibliografía histórica con la edición de las Actas de los Capítulos generales (1601 a 1829), del II Libro Registro del generalato (1690-1846) y de monografías sobre la Prefectura Apostólica de Palawan, la erección de la Provincia de Santo Tomás de Villanueva y la autonomía jurídica de la Recolección.

En julio de 1959, a los pocos meses de su nombramiento, propuso temas concretos a algunos religiosos, pero sin éxito. Ese mismo año pensó en la conveniencia de dotar al Instituto de una revista y tres años más tarde sugirió la celebración en Roma de un congreso de cronistas. Ninguna de estas propuestas llegó a cuajar.

Mejor suerte corrió la participación de la Orden en la Exposición Universal “La Iglesia Hoy”, celebrada en Roma en la apertura del Vaticano II. En esta y en otras iniciativas contó con la colaboración de fray Jesús Berdonces, después su brazo derecho en la Agencia Misional Recoleta (AMAR), creada en junio de 1958 y puesta bajo su dirección.

Entre 1950 y 1961 el deseo en la Iglesia de mejorar la formación de sacerdotes y consagrados produjo una serie de documentos pontificios. El más importante fue la constitución Sedes Sapientiae (31 de mayo de 1956).

La Curia general se apresuró a llevarla a la práctica. El 3 de septiembre dedicó una sesión a su estudio y a renglón seguido la transmitió a los priores provinciales, la imprimió en la revista oficial Acta Ordinis y encargó a una comisión (fray Jenaro, Martín Braña y Gregorio Armas) un estudio para llevarla a la práctica, que a finales de diciembre estaba casi ultimado. Luego debieron de surgir inconvenientes. La redacción definitiva, de Jenaro y José Abel Salazar, fue aprobada por el Definitorio general el 26 de agosto de 1957 y por la Congregación de Religiosos el 2 de febrero de 1959.

Eran casi cien páginas que abarcaban todo el ciclo formativo en sus vertientes religiosa, académica, espiritual, apostólica y agustino-recoleta. Incluso dedicaba algunas páginas a la formación permanente, con indicaciones sobre el estudio personal, la asistencia a congresos y semanas de estudio, el año de perfección y el cuidado de las bibliotecas. Hoy se advierte la pobreza del capítulo dedicado a la formación agustino-recoleta: aún no había llegado la revalorización de los carismas particulares del Concilio.

IV.3. Capítulos generales

Fray Jenaro participó en cuatro Capítulos generales consecutivos: 1950, 1956, 1962 y 1968. En el primero participó como discreto o perito. A los otros tres asistió en virtud del cargo que desempeñaba. En todos tuvo una actuación destacada y activa en los debates de carácter jurídico y práctico.

Jenaro buscó la recuperación de la tradición espiritual recoleta, la elevación del nivel cultural y la atención a las misiones. Quería que la Orden optara por una vida espiritual más intensa, “fin específico de nuestra Recolección y su principal ocupación a lo largo de la historia”, e insistió en la necesidad del recogimiento, de confeccionar libros de piedad, cambiar el Ceremonial (desprovisto de todo hálito recoleto), de introducir del año de perfección, de potenciar la vida litúrgica, de organizar reuniones espirituales abiertas a laicos, la renovación anual de los votos y la fundación de una casa en Talavera de la Reina (Toledo), donde estuvo el primer convento recoleto, un “foco de espiritualidad, casa de ejercicios para superiores, lectores, etc.”.

Para elevar el nivel cultural propuso mejorar la colación del lectorado y abrir una casa en Salamanca para favorecer la cercanía con el “movimiento científico”, participar en asambleas y congresos, y fundar una revista cultural. También veía con buenos ojos las asambleas y congresos propios. Hizo frecuentes llamadas de atención sobre la higiene, la alimentación, la gimnasia, el juego, las vacaciones, el recreo y el esparcimiento.

En el proceso, siempre movido y a veces frenético, previo al Capítulo general de 1968, desempeñó un papel muy activo. Como vicario general le tocó constituir las Comisiones, examinar las respuestas de los religiosos, resolver dudas, firmar nombramientos y mantener una asidua correspondencia con los implicados. Como perito en derecho se le encomendó la elaboración del ordo capituli, la agenda temática capitular.

Fue el vocal que en más temas intervino y quizá también el más respetado. Su participación en la preparación previa y, sobre todo, su sólida preparación canónica, su familiaridad con la historia de la Orden, su conocimiento de los documentos pontificios y de la jurisprudencia de la Congregación de Religiosos, de la que era consultor y miembro de la Comisión de capítulos generales, resultaron preciosas.

Su simple presencia infundía confianza. Sus intervenciones desembrollaron más de una situación y contribuyeron a aclarar dudas sobre la colegialidad, a distinguir el texto fundamental del adicional, a perfilar las figuras jurídicas del prior general y su Consejo, a formular los textos con lenguaje jurídico y a sintonizar con las ideas vigentes en otros Institutos de vida consagrada.

Sus relaciones con la Curia vaticana le permitieron ilustrar al Capítulo sobre la nueva fórmula usada por la Congregación Consistorial en la encomienda de los territorios misionales a los Institutos religiosos, y a disuadirle de demorarse en la formación por ser tema que se estaba ventilando en las Congregaciones romanas.

Esperaba que el Capítulo dejara bien asentada la identidad carismática de la Orden. Toda ocasión era buena para recordar sus orígenes, subrayar sus valores paradigmáticos y tratar de incluirlos en el edificio legal que se estaba construyendo.

Insistió en la necesidad de insertar profundamente a la Orden en la vida de la Iglesia y crear un espíritu de Orden que dejara atrás sus manifestaciones más provincianas, así como en una discreta combinación de los aspectos doctrinales, jurídicos y parenéticos, que, según las directrices pontificias, debían estar en todo texto constitucional.

Se declaró a favor de una mayor integración de los hermanos no clérigos en el tejido comunitario y le inquietaba el predominio de los aspectos jurídicos sobre los familiares y pastorales en la descripción de la figura del prior provincial y de las visitas canónicas.

En general, se mostró abierto, partidario de la libertad del Capítulo y sin miedo a cambios y ensayos contra derecho, siempre que respetaran la naturaleza de la Orden y las orientaciones romanas. Incluso le habría gustado ver en el Capítulo a las prioras generales de las cinco Órdenes y Congregaciones recoletas femeninas.

IV.4. Consejero general (1962-1968)

En octubre de 1962, tras la renuncia del prior general y la automática promoción del vicario general, ascendió a vicario general de la Orden. El nuevo general era muy distinto, pero también él contó en todo momento con la experiencia y disponibilidad de Jenaro. Le confió papel relevante en la preparación del Capítulo de 1968, le encomendó la presidencia de los Capítulos de 1963 y 1966 de la Provincia de Santa Rita y la visita canónica a la mayoría de los ministerios latinoamericanos.

En diciembre de 1962 fue nombrado representante de la Provincia brasileña ante la Curia general, oficio apenas sin entidad que él no tardó en dar. Con la Provincia de Santa Rita, recién erigida y necesitada de ayuda, mantuvo una corriente de simpatía por el resto de su vida. Se informó de sus necesidades y ofreció cuanta ayuda pudo proporcionar, y la Provincia no cesó de acudir a su consejo.

La relación se hizo más estrecha cuando el prior general le confió la presidencia del Capítulo provincial de 1963. Jenaro dejó un gratísimo recuerdo por su habilidad en conjugar las exigencias de una vida austera y acorde con la tradición contemplativa y comunitaria de la Orden con la afabilidad, el espíritu eclesial y el progreso de la Provincia. El Consejo provincial solicitó de nuevo su presencia en el Capítulo de 1966, siendo además un deseo común de muchos religiosos brasileños.

En ambos Capítulos Jenaro se esforzó por robustecer la identidad carismática de la Provincia. En el primero instó a los capitulares a dar un rumbo justo y, para no perderse, respetar tres señales: intensa vida espiritual y cultural, oración mental en común y dedicación a los empobrecidos. En el segundo insistió en la fidelidad a la Iglesia.

El 27 de noviembre de 1965 el prior general le encomendó la visita canónica a las comunidades de Argentina, Brasil, Colombia, Perú y Venezuela. Partió de Roma el 6 de octubre y no regresó hasta 245 días después. Vivió la experiencia con intensidad, como una gracia que Dios le deparaba para conocer la obra de sus hermanos, y la llevó a cabo con la responsabilidad que ponía en todo. Plasmó día tras día en un diario sus impresiones y la actitud con que cumplió la encomienda, gravosa y honorífica a la vez.

Con meticulosidad y respeto a las normas y usos, llegó a casi todos los lugares donde había recoletos, dialogó con los religiosos, visitó casas, templos y sacristías, revisó los libros oficiales, se interesó por las relaciones comunitarias, la vida de piedad, el cumplimiento de las disposiciones del generalato sobre la pobreza y animó cuanto se entendía por observancia religiosa, que era para él el “sostén de toda actividad”.

Rebasó este estrecho marco disciplinar y se preocupó de mejorar la formación permanente, actualizar los métodos pastorales y extender la acción pastoral con buena atención al confesonario, cuidado de la predicación e nuevos servicios que estimularan el fervor del pueblo. Dio a conocer el Concilio y aprovechó toda ocasión para aconsejar su estudio y su puesta en práctica, como dijo en Macuto (Venezuela):

“[El Concilio Vaticano II] ha imprimido un nuevo vigor a la vida cristiana y en lo relativo a las parroquias quiere movilizar a los laicos en el servicio de la Iglesia. Hay que ponerse al día en los métodos de apostolado, hay que instruir a los seglares en la doctrina conciliar y hacerlos partícipes en el desarrollo del culto, obras sociales, educativas…”.

Promovió el uso de la lengua vernácula en la liturgia, las misas vespertinas, el apostolado laico, la renovación de las asociaciones tradicionales –Orden tercera, Cofradía de la Consolación, Talleres de Santa Rita, hermandades– y la creación de la Legión de María, los Cursillos de Cristiandad, del Movimiento Familiar Cristiano y otras modernas.

Pedía a los religiosos involucrarse más en iniciativas sociales y prestar más atención a los empobrecidos. También puso sumo cuidado en no proyectar una imagen de simple inspector. Escribe el cronista sobre su visita a Santa Fe (Argentina):

“Durante la plática, hizo notar que no llegaba a esta casa con la austeridad y rigidez de un inspector o de un simple visitador, sino, más bien, como un padre que anhelaba ver a sus hijos, interesarse de sus problemas y dificultades, si las había, y alegrarse con sus éxitos. La afabilidad y serenidad que trasparentaba su rostro, rompían las barreras y facilitaban el intercambio de ideas”.

IV.5. Procurador general (1968-1972) y postulador (1970-1972)

El Capítulo general de 1968 le volvió a nombrar procurador ante la Santa Sede. No debería haber cambiado gran cosa el ritmo de su vida, pues los asuntos eran, más o menos, los mismos, y las personas le eran más conocidas, ya que con algunas mantenía relaciones de trabajo. La realidad fue distinta.

La crisis vocacional había llegado, las deserciones aumentaban y él las tramitaba. No es difícil imaginar el dolor con que estudiaría esos expedientes. Su sensibilidad se sentiría lacerada al ver tanta defección, aunque no dejó rastro a su diario.

El Consejo general continuó acudiendo a él. En 1969 le encomendó un estudio sobre el derecho de los exgenerales a participar en los Capítulos provinciales; en 1970 le encargó un proyecto de ayuda a la misión de Lábrea (Amazonas, Brasil). En 1971 redactó, junto con fray Abel Salazar, una fórmula de profesión religiosa y al año siguiente se le pidió opinión sobre el nombramiento de un consejero general.

Más novedoso fue el nombramiento de postulador de las causas de canonización. En su diario anotó que nunca había pensado “en cosa semejante. Lo quiere el Señor por medio de los superiores. Que se haga su voluntad”. Fue de su agrado, cuadraba con su vocación y, sobre todo, esperaba que se le pegaría algún polvillo del trato con los santos.

La muerte le sorprendió cuando apenas había podido trazar el plan de trabajo, entrevistarse con oficiales de la Congregación de Ritos e iniciar algunas gestiones sobre un presunto milagro atribuido al entonces siervo de Dios Ezequiel Moreno.

 

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