Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.
“He dado mi salud en el servicio de la Orden y en el apostolado”.
La brillante defensa de esta tesis condicionó su futuro. Se le veía con respeto: en su Provincia seguían sus artículos en el Boletín y algunos religiosos acudían a él en demanda de consejo. Los superiores de la Orden pensaron haber encontrado al religioso capaz de elaborar un Bullarium que se venía reclamando desde hacía decenios.
Por otra parte, su corazón sacerdotal le impulsaba al apostolado. José Abel Salazar, que tantos años convivió con él y con él compartió ilusiones, aficiones y responsabilidades, defendía que la investigación nunca habría podido llenar el corazón de Jenaro, quien poseía alma de apóstol, necesitada de procurar el bien espiritual del prójimo.
III.1. Bullarium de los Agustinos Recoletos
Se ignora la fecha en que el Consejo General encargó a Jenaro esta compilación de todas las bulas papales y documentos del Vaticano que tuviesen que ver con los Agustinos Recoletos. El término “bullarium” fue acuñado por el canonista Laertius Cherubini en 1586, cuando publicó bajo este título 922 constituciones papales.
A partir de octubre de 1938 Jenaro frecuenta asiduamente el Archivo Apostólico Vaticano, que de forma más esporádica venía visitando desde 1935. Hasta 1943 repasa sistemáticamente y recopila Breves desde fines del siglo XVI hasta 1788.
Luego estudió los fondos de la Nunciatura de España, los legados Borghese y Pío y la Congregación de Obispos y Regulares. En 1942 consiguió permiso para investigar en la Congregación de Ritos y visitó los archivos de Propaganda Fide y de los Agustinos.
Desde 1943 ensancha el campo a España. Durante tres meses repasó los archivos recoletos de Marcilla y Monteagudo, y los nacionales de Madrid y Sevilla. Sorprende que en esta primera búsqueda dejara al margen el de Simancas (Valladolid).
Regresa a Roma por deseo expreso del prior general, que quería presentar al Capítulo general de 1944 la tarea, que alabó y pidió no interrumpirla hasta que se pudiera publicar. Los dos siguientes años reanudó y amplió la investigación mejorando la metodología. Esto exigía un tiempo que en la Curia general no comprendían.
En abril del 1946 el secretario general, por orden del prior general, le escribió una carta que turbó su habitual serenidad. No llegó a crearle un conflicto de conciencia ni a ponerle ante una disyuntiva real, porque para él la voz del superior era siempre la voz de Dios; pero por vez primera sintió la necesidad de exponer razones y desaconsejar la ejecución de una orden recibida. A finales de octubre le autorizaron a tomarse más tiempo.
Por desgracia, las fuerzas comenzaron a fallarle y a finales de diciembre de 1948 el prior general decidió enviarle a España. Salió de Roma el 16 de enero de 1949 con rumbo al colegio que su Provincia poseía en San Sebastián. A los cinco meses le llamaron a Madrid para ayudar a su hermano Agustín en la preparación del informe de estado general de la Orden. El 20 de septiembre volvió al norte como director del Colegio apostólico de Martutene, junto a San Sebastián.
Por fortuna, este periodo anómalo en que se vio zarandeado de una a otra ocupación fue breve. El Capítulo general de 1950 imprimió una dirección definitiva a su vida al elegirlo procurador general de los Agustinos Recoletos con residencia en Roma y encomendarle la continuación de la investigación del Bullarium hasta su publicación.
El 15 de julio llegó a la Ciudad Eterna. Sus ocupaciones iban a ser muchas y gravosas, dentro y fuera de la Orden, pero siempre le quedaría algún tiempo para culminar su obra. Tras confrontar sus copias con los originales, añadió más documentos y, finalmente, los distribuyó en cuatro volúmenes.
El primero (1586-1623) debería haber salido aún en 1954, pero no vio la luz hasta julio del año siguiente. La Orden lo recibió con alborozo. El prior general, de visita en Brasil, se apresuró a mandar a Jenaro una calurosísima felicitación. No menos entusiasta fue la acogida en la revista oficial de la Orden y en los boletines provinciales. La crítica especializada también fue muy positiva.
El éxito del primer volumen preparó el camino a los tres siguientes, que, a pesar de las ocupaciones de Jenaro, aparecieron con periodicidad razonable: 1961, 1967 y 1973, año de su muerte, “feliz de haber cumplido la misión que me confiaron los Capítulos generales”.
III.2. “La turba de mis penitentes y enfermos”
Esta faceta de su vida está menos documentada. Abundan los testimonios sobre su asiduidad en el confesonario, sobre la ayuda a los empobrecidos y sus visitas a barrios marginados de Roma. El 29 de diciembre de 1948, al recibir la orden de regresar a España, confió a su diario este desahogo:
“La conciencia está tranquila, porque he dado mi salud en el servicio de la Orden y en el apostolado. Dejo Roma y toda la turba de mis penitentes y enfermos, contento de ofrecer amorosamente este sacrificio a Jesús. Con Él y donde Él quiera hasta el fin”.
Su apostolado fue siempre callado y discreto, sin publicidad; con la escucha, de persona a persona o, a lo sumo, de pequeños grupos, atento a las necesidades espirituales, psicológicas y materiales de la persona; en el confesonario, en la sala de visitas, por teléfono o carta, en hospitales, residencias de ancianos, cárceles y barrios deprimidos. Y siempre acompañado de una sonrisa, palabras de ánimo, consejos y estímulos a adoptar una vida cristiana con el objetivo de la santidad.
La palabra santidad afloraba espontáneamente en sus labios y en su pluma. Esa aspiración a la santidad y de suscitar su deseo impregna las páginas de sus apuntes, pláticas y cartas. “Jesús, hacedme santo para que santifique a los demás”, escribió en su diario en 1949 cuando le encomendaron la dirección del seminario de Martutene.
Las páginas de su copiosa correspondencia están llenas consejos como este: “Llénese de Dios para poder darlo a los demás. Sea usted un alma ardiente para expandir el fuego por dondequiera que pase”. A los más preparados les recomendaba consagrarse a Dios con votos privados, cuyo alcance su mente de canonista siempre se preocupaba de precisar. Un formulario de los años 50, dirigido con toda probabilidad a Luisa Antinoro, legionaria de María y desde 1954 terciaria agustino-recoleta, muestra la prudencia de Jenaro en campo tan delicado.
Durante la guerra y la postguerra visitaba con frecuencia el campo de refugiados de Buozzi. En la primavera de 1943 dirigió allí unos ejercicios espirituales. El primer día habló del amor que Jesús nos ha manifestado y preguntaba cómo manifestar nosotros a Jesús nuestro amor; y respondía: pensando en Él, teniendo el crucifijo en casa, oyendo la misa, haciendo la comunión, llamándolo en la hora de la muerte. El segundo día lo dedicó a María, después de Jesús la creatura más bella y más grande.
Quienes escuchamos sus homilías percibimos siempre la misma ingenuidad, la misma lógica, la misma relación cordial con los fieles y la misma atención al detalle práctico. El primer sermón que ha llegado hasta nosotros es del 19 de junio de 1936 en Artieda (Navarra), en la fiesta del Sagrado Corazón. Predicó triduos a santa Rita en vía Sixtina, pláticas sobre el dolor y el sufrimiento…
También queda memoria de una homilía de primera Comunión de 1942, celebración que arrebataba su alma. En una postal de 1949 a su sobrina Cándida con motivo de esta ceremonia, estampó esas ideas que repetiría de mil formas en situación semejante:
“Cándida es tu nombre, cándida sea tu alma.
A Jesús, blanco lirio, ofrécele un regalo:
tu corazón, un corazón puro, ardiente, amoroso.
¡Jesús todo lo merece! ¡Es tan bueno!”.
En 1949-1950, siendo director en Martutene, confesaba semanalmente a los seminaristas del Colegio Santa Rita de San Sebastián. La escasez de documentos impide entrar en más detalles; sí hay testimonios sobre su fervor apostólico de esos años. Fray José María Echeverría convivió con Jenaro desde 1939 a 1942:
“Su labor pastoral en la iglesia y en la visita a enfermos y minusválidos era extraordinaria: incasable en atender a los que acudían al sacramento de la penitencia. […] Capítulo aparte merecen los desvelos por atender a los necesitados. En este tiempo [de guerra] se dejó sentir el hambre y muchos acudían al padre Jenaro en demanda de ayuda material. Él se las ingeniaba para recabar fondos con que poder ayudarles”.
Este suelto del diario católico Il Quotidiano se publicó a principios de 1949 con motivo de su regreso a España:
“El domingo pasado en la encantadora iglesuela de via Sistina 11 celebró por última vez el reverendo padre Jenaro Fernández Echeverría. […] Deberá partir para la casa madre de Madrid, a donde le ha llamado la paterna solicitud de sus superiores.
Durante diez años el óptimo religioso ha derrochado su bondad sin límites, su inteligencia y su salud en socorrer moral y espiritualmente a cuantos tenían necesidad de su óbolo, de sus consejos, de su elevada palabra de sacerdote pío y culto.
Acudían a él gentes de todas las categorías: banqueros, hombres de negocios, religiosos, gente humilde y gente noble, pobres y ricos. A todos visitaba, feliz de correr al lecho de un enfermo o de un moribundo, de dar todo lo que él recibía o, mejor, multiplicándolo, para que la oferta fuera más generosa […].
La multitud reunida en esta ocasión estaba conmovida al saludarle y al escuchar por última vez su voz, que siempre incita al amor fraterno y a la caridad cristiana”.
Otra muestra de su apostolado está en su actividad literaria. De febrero de 1939 a julio de 1941 publicó en la revista Santa Rita y el Pueblo Cristiano una veintena de artículos bajo el epígrafe de Vida católica sobre la situación de la Iglesia en el mundo. Sus temas favoritos eran las misiones en China y África, con particular atención a las de los Agustinos Recoletos, y los ejemplos de vida cristiana en la familia y en el trabajo.
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